sábado, 1 de noviembre de 2014

Impermanencia

Todo es impermanente.

Como el olor a bebé de tu piel, como el sonido de tu sonrisa grabado en mi mente. Ambos se difuminan en el corazón de mis recuerdos. Los recuerdos del ayer que me llevaron hasta aquí. Los recuerdos alterados por un sentimiento maltrecho, que atraviesa mi pecho en cada pensamiento que evoca tu ser.

Cierro los ojos y sigo viéndote. Tu imagen aún no se ha ido, y no creo que lo haga, pues ni tan siquiera es difusa. De cualquiera de las formas ahí permanecerás, siempre real, siempre tú, princesa. Eres ese recuerdo, esa imagen en mi cabeza que hace que mirar hacia atrás tenga hoy un olor a esperanza.

Estoy seguro que en todo este tiempo nuestros pensamientos se habrán cruzado en el mismo espacio temporal, pues solo basta con que hayas pensado una sola vez en mí para que así fuera. 


Me gustaría saber qué piensas y cómo ves el mundo ahora que eres capaz de pensar en abstracto, de ver el mundo de una forma diferente a cómo lo tiempo atrás. Ahora sé que algo ha cambiado en ti, por evolución, por necesidad, por madurez. Para ti hoy, lo real, como decía Piaget, es un subconjunto de lo posible, al contrario que antes. Lo real era lo que veías y oías amor, pero ahora tienes la capacidad de hacerte preguntas, realizar hipótesis y ver el mundo de una forma diferente. Me alegro por ello.


Ahora ya no sé dónde te llevan tus pasos; los que un día pisaban encima los míos mientras te agarraba fuerte por las manos. Siempre te agarré fuerte, y sé que lo notabas, pues percibía cómo te sentías segura, sobre todo cuando de tus labios salía el sonido de mi nombre. Sonaba diferente y especial.


Te quiero pequeña princesa para siempre…

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