miércoles, 17 de septiembre de 2014

LO MÁS DURO QUE ESCRIBÍ: CAP 6 (¿el último?)

Nada ha cambiado. Lo sé,  y lo sabía, y  lo sentía. Quizás hoy te extraño más que ayer, y quizás aquellas palabras que una vez me atravesaron, las que tantas veces oíste, no eran las palabras adecuadas, porque unas palabras no compran un sentimiento, porque yo hoy aún te amo, te extraño y te echo de menos princesa.

Nada ha cambiado. Porque yo hoy sigo preguntándome cómo sonará  tu nueva voz de mujer, sigo pensando cuán largo debes llevar el pelo y cuántos jóvenes andarán por ahí con el corazón palpitando por una mirada y una sonrisa tuya.

Nada ha cambiado.

Y mientras que sigo amándote, extrañándote, llevándote conmigo en mi pensamiento, en cada viaje, en cada recuerdo, aún hoy sigo viéndote reflejada en la mirada de aquella niña de tres años, o quizás de seis, o quizás de once.

Para ti princesa…

 Nada ha cambiado. Salvo el tiempo.

Ya han pasado tres meses desde que escribí el quinto capítulo de “Lo más duro que escribí”. Un capítulo que concluyó con un “continuará” y con la esperanza de que esa continuación fuera diferente a la que sigue, aunque mucho me temía que no iba a ser así.

Cuando decidí contar mi historia, mi vida, necesitaba gritar, alzar la voz ante la injusticia, una voz que muchos hombres quizás necesitaron oír. Y así fue. Algunos me escribieron por privado haciéndome llegar su apoyo, muchos en la misma situación que la mía, otros en situaciones aún peores. Esto debe acabar. ¿Pero cómo acabarlo?

Pues de la misma forma en la que ocurren las cosas. Haciendo algo, luchando, haciéndonos oír, teniendo principios y siendo fieles a los mismos, no dejándonos pisar por una ley llena de agujeros, unos agujeros que se tapan con el miedo, con el miedo a perder la libertad, quizás en los calabozos de los  sótanos de alguna comisaría.

Cuando escribí esa historia, que podría ser la mía, pero también la tuya y la de muchos otros hombres, algunos amigos me aconsejaron con la mejor de las intenciones que no lo hiciera. Era doloroso pensar en la posibilidad de no poder expresarme, de no poder hacer nada ante la injusticia, ante el rencor, ante la actuación de una mujer despechada que se aprovechaba, que se servía y beneficiaba del sufrimiento de aquellas mujeres que padecieron malos tratos, de aquellas mujeres que un día perecieron en manos de sus parejas. Un  acto desconsiderado, no solo hacia aquellos hombres inocentes, sino desconsiderado también hacia las demás mujeres que realmente temen por sus vidas. Lo que me hace pensar en si realmente se hizo por temor o por rencor. ¿Qué es lo que impulsó este acto? Nunca vi en esos ojos temor alguno…
Aún así, quizás por mi condición de tauro, lo hice. Y lo hice porque tenía la necesidad de hacerlo, tenía la necesidad de hacer algo que fuera justo, y me pareció justo que yo pudiera contar libremente mi historia. Lo que ocurrió después de contarla es lo que sigue…

Hasta que conté la historia se me había impuesto, de forma gratuita e injusta, una orden de alejamiento de seis meses y debía pasar ocho días de arresto domiciliario. En el trascurso de esos ocho días que debía permanecer en casa la policía venía a verme tres veces al día. Una a la mañana, otra a la tarde y otra a la noche. Era curioso porque esas visitas me producían una doble sensación. Por un lado me sentía apoyado y comprendido por ellos, pues no sé por qué extraña razón ellos siempre saben cuando uno es víctima de una injusticia. Como se suele decir, la policía no es tonta. Pero por otro lado, el hecho de que la policía venga a tu casa tres veces al día producía en mí una sensación un tanto desagradable. Sensación que se incrementó uno de esos días. Creo que fue el sexto, si no recuerdo mal. Vienen a verme, y mientras tomamos unas pastas con té caliente (esto último es broma) me entregan una notificación para que compadezca en los juzgados de violencia contra la mujer para declarar ante una nueva denuncia de la misma persona (esto último no es broma, aunque pudiera parecerlo).

Una nueva denuncia. Esta vez por un delito contra la integridad moral. Juicio por lo penal. El fiscal pide UN AÑO DE PRISIÓN y una orden de alejamiento de dos años y medio para con la madre y la hija. ¿Parece que el padre está consiguiendo aquello que se proponía?

Es decir. Ocurren unos hechos, me ocurren unos hechos, y yo los cuento, porque es mi historia y la cuento, cuento mi historia, mi vida, sin nombres, sin mentiras, y se me quiere meter en la cárcel. No doy crédito.
Se celebra el juicio y ella acude con un clan, pandilla, cuadrilla o como queráis llamarlo, que de alguna forma ha reclutado para testificar en mi contra. El padre, el hermano, el mejor “amigo”, la prima, la madre de la prima… ¿En serio? Esto es de risa. Pudiera parecer un capítulo de “Aquí no hay quien viva”. Faltaba Fernando no sé qué, el que hacía de portero, por cierto para mi gusto pésimo actor. Todos testifican en mi contra alegando cosas que realmente no acababa de entender. ¿Pero de veras que el padre, el hermano, el “amigo”, el novio (que también estaba citado pero no asistió porque por lo visto estaba malito), la prima y la tía iban a ser los testigos de una denuncia de ella? Me lo dicen y no me lo creo. Pero así fue… Ella se pone agresiva con el juez que incluso le tiene que llamar la atención y cuando el juicio acaba la emprende conmigo con insultos. Una lástima.

Pues el tiempo pasa y pasa, y hasta hoy no llega la sentencia. Absuelto una vez más. La verdad es que es una buena noticia, pues que en un país de corruptos, de mafiosos y de gente sin moral, sin empatía y sin recursos emocionales aún se haga justicia es una muy buena noticia.

Espero que este sea el final, el último capítulo de una historia dolorosa, y que como todo final sea el comienzo, el renacer de algo nuevo y mejor. Que todo haya servido para aprender, para que cada uno mire hacia dentro, hacia su propia alma. Que todo haya servido para que cada uno de nosotros luchemos y nos esforcemos para ser siempre la mejor versión de nosotros mismos. Todo esto me ha enseñado que a veces lo mejor que puede ocurrir es que no ocurra aquello que quieres que suceda. Por toda esta historia doy las gracias porque me ha enseñado a conocerme, a conocer mi corazón y a tener esperanza. Aún hay esperanza.
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Y la esperanza es lo último que se pierde. Y seguiré esperando y teniendo fe en que tú, princesa, reúnas los recursos y los conocimientos, mantengas vivo tu corazón, tu razón se haga fuerte y con ambas, con la razón y con la emoción que siempre acompañó tu inocencia sepas, en un futuro que espero no sea muy lejano, comprender que yo te quise, te quiero y te querré para siempre.





2 comentarios:

  1. ENHORABUENA por la absolución!!!...pasa página y mira hacia adelante, el pasado es un lastre que nos impide correr hacia el futuro, el pasado sirve para aprender de los errores.

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