martes, 23 de septiembre de 2014

UN ACTO DE FE...

Como suele decirse, todo final es el comienzo de algo. Y sí que es cierto que podemos entender cada situación novedosa como un final o un principio. Todo ello depende de lo apegados que estemos a cada situación y de lo difícil que nos resulte abandonar nuestra zona de confort o, por el contrario, dependerá de la disposición que mostremos a enfrentarnos a nuevas situaciones y a ampliar nuestros horizontes. Todo cambio implica una mejora, un aprendizaje y una evolución. Aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra es un mito, porque aunque volvamos a caer ante esa pedazo de roca inerte, siempre será diferente y nunca será tan desastroso.

Nuestro cerebro aprende y se modifica a cada instante. Ahora mismo, mientras lees estas líneas, está ocurriendo. Es lo que se llama plasticidad cerebral. Nuestro entramado de conexiones neuronales se modifican a cada instante, con cada conversación, con imagen que percibimos, con cada paisaje que contemplamos, con cada palabra que leemos, con cada palabra que escribimos…

Y de la misma forma que nuestro cerebro cambia y evoluciona nosotros cambiamos y evolucionamos. No podemos separar nuestra mente de nosotros como individuos como si de dos entes  independientes se tratara. Nadie querría vivir en un cuerpo sin mente ni en una mente sin cuerpo.

Atreverse a cambiar es atreverse a dar ese paso que tanto asusta. Porque asusta. Pero, ¿y si te dijera que ese cambio será SIEMPRE a mejor? Seguiría asustando, lo sé. ¡Para qué mentir!

Entonces, ¿qué hacer?

Debemos tener un acto de fe. Así es. Me explico.

Tenemos la falsa creencia, bajo mi  humilde punto de vista, que siempre tenemos que hacer aquello que nos apetezca, aquello que nos haga vibrar, aquello que haga que salten chispas de nuestro corazón. Quizás eso vaya bien para algún anuncio de bebida refrescante de extracto de cola y de otras muchas cosas que ni sabemos, pero no para la vida real. Eso no sirve para que evolucionemos, para que nos adaptemos, para que crezcamos, para que encontremos un camino que nos ilumine y nos engrandezca como individuos.

En una sociedad como esta, una sociedad que vive con prisas y aturrullada, una sociedad que nos está enseñando a obtener las recompensas de una forma inmediata y sin esfuerzo, todo cambio asusta. Porque el cambio no se produce de la noche a la mañana porque, como todo aprendizaje, necesita un proceso, como lo fue aprender un idioma, montar en bicicleta o usar Internet. Un proceso que no estamos dispuestos a llevar a cabo por la anticipación de la recompensa de la que hablaba. Queremos las cosas ya, y así nos va.

El acto de fe, como yo lo veo, es hacer no solo lo que nos hace sentir bien, sino lo que en un futuro nos hará no solo hacernos sentir bien, sino ser mejores personas. ¿Quién dijo que solo debemos hacer lo que nos guste en este momento? ¿Qué hay de aquello que podemos hacer AHORA y que nos hará sentir mejor en un tiempo? Súmale ahora el hecho de que la mayoría de las veces cuando hacemos algo que creíamos que no nos gustaba o que nos iba a hacer sentir mal el resultado es bien distinto al esperado, porque ahí entra en juego la instrumentalización de las acciones consonantes con nuestros principios y eso es algo que a todos nos hace sentir bien.

Ten ese acto de fe. Haz lo que tu honestidad y tus principios te impongan, y no lo que te alienten hacer de una forma automática, manipulada y conducida por unos cuantos dictadores.
Yo acabo de hacerlo.

No sé cómo poder expresar correctamente lo que ha supuesto en mi vida darme cuenta de que a veces lo mejor que te puede ocurrir es que no te ocurra aquello que deseas. Me ha costado muchos años, muchos dolores de cabeza y mucho dolor entenderlo. Cuando sabes lo que haz de hacer y no lo haces por miedo a dejar la “comodidad” de la vida que llevas te conviertes en una persona cobarde. Y yo lo fui. Esa disonancia me estaba matando día a día. Esa sensación de no estar teniendo una vida plena y no querer cambiarla, y no querer verlo…

Ahora mi vida a cambiado…

Una cuidad nueva, Granada, con el encanto que enamora a cada persona que recorre las calles de esta emblemática ciudad. Con la Sierra Nevada, El Albaicyn, La Alhambra, las tapas y cómo no, la cantidad de roca que rodea este encantador lugar…

Un hogar cerca de la universidad. Una de las mejores universidades de España para estudiar psicología…

Una compañera increíble que me está enseñando cada día a ser mejor persona, a comer con palillos (y no es china), a preparar unas ensaladas de quince pavos, a comer un poco de pescado cuando apetezca, a tonificar mi Qi de hígado, a ver la vida de una forma muy diferente a como la estaba viendo no hace demasiado tiempo.

Hoy me siento feliz…

Llegar a casa y recibir un abrazo, llegar a casa y ver a alguien al otro lado de la puerta. Y ese alguien está deseando verme.

Gracias Bea.

Gracias por estar, por existir, por regalarme tu tiempo, tu impresionante sonrisa, tus ganas de vivir, de sentir, de amar, gracias por enseñarme, por animarme a dejar la zona de confort, por apostar por mí…
Gracias por darme lo más bonito de tener, gracias por regalarme tu confianza…

"Hooolaa cositaaa"




miércoles, 17 de septiembre de 2014

LO MÁS DURO QUE ESCRIBÍ: CAP 6 (¿el último?)

Nada ha cambiado. Lo sé,  y lo sabía, y  lo sentía. Quizás hoy te extraño más que ayer, y quizás aquellas palabras que una vez me atravesaron, las que tantas veces oíste, no eran las palabras adecuadas, porque unas palabras no compran un sentimiento, porque yo hoy aún te amo, te extraño y te echo de menos princesa.

Nada ha cambiado. Porque yo hoy sigo preguntándome cómo sonará  tu nueva voz de mujer, sigo pensando cuán largo debes llevar el pelo y cuántos jóvenes andarán por ahí con el corazón palpitando por una mirada y una sonrisa tuya.

Nada ha cambiado.

Y mientras que sigo amándote, extrañándote, llevándote conmigo en mi pensamiento, en cada viaje, en cada recuerdo, aún hoy sigo viéndote reflejada en la mirada de aquella niña de tres años, o quizás de seis, o quizás de once.

Para ti princesa…

 Nada ha cambiado. Salvo el tiempo.

Ya han pasado tres meses desde que escribí el quinto capítulo de “Lo más duro que escribí”. Un capítulo que concluyó con un “continuará” y con la esperanza de que esa continuación fuera diferente a la que sigue, aunque mucho me temía que no iba a ser así.

Cuando decidí contar mi historia, mi vida, necesitaba gritar, alzar la voz ante la injusticia, una voz que muchos hombres quizás necesitaron oír. Y así fue. Algunos me escribieron por privado haciéndome llegar su apoyo, muchos en la misma situación que la mía, otros en situaciones aún peores. Esto debe acabar. ¿Pero cómo acabarlo?

Pues de la misma forma en la que ocurren las cosas. Haciendo algo, luchando, haciéndonos oír, teniendo principios y siendo fieles a los mismos, no dejándonos pisar por una ley llena de agujeros, unos agujeros que se tapan con el miedo, con el miedo a perder la libertad, quizás en los calabozos de los  sótanos de alguna comisaría.

Cuando escribí esa historia, que podría ser la mía, pero también la tuya y la de muchos otros hombres, algunos amigos me aconsejaron con la mejor de las intenciones que no lo hiciera. Era doloroso pensar en la posibilidad de no poder expresarme, de no poder hacer nada ante la injusticia, ante el rencor, ante la actuación de una mujer despechada que se aprovechaba, que se servía y beneficiaba del sufrimiento de aquellas mujeres que padecieron malos tratos, de aquellas mujeres que un día perecieron en manos de sus parejas. Un  acto desconsiderado, no solo hacia aquellos hombres inocentes, sino desconsiderado también hacia las demás mujeres que realmente temen por sus vidas. Lo que me hace pensar en si realmente se hizo por temor o por rencor. ¿Qué es lo que impulsó este acto? Nunca vi en esos ojos temor alguno…
Aún así, quizás por mi condición de tauro, lo hice. Y lo hice porque tenía la necesidad de hacerlo, tenía la necesidad de hacer algo que fuera justo, y me pareció justo que yo pudiera contar libremente mi historia. Lo que ocurrió después de contarla es lo que sigue…

Hasta que conté la historia se me había impuesto, de forma gratuita e injusta, una orden de alejamiento de seis meses y debía pasar ocho días de arresto domiciliario. En el trascurso de esos ocho días que debía permanecer en casa la policía venía a verme tres veces al día. Una a la mañana, otra a la tarde y otra a la noche. Era curioso porque esas visitas me producían una doble sensación. Por un lado me sentía apoyado y comprendido por ellos, pues no sé por qué extraña razón ellos siempre saben cuando uno es víctima de una injusticia. Como se suele decir, la policía no es tonta. Pero por otro lado, el hecho de que la policía venga a tu casa tres veces al día producía en mí una sensación un tanto desagradable. Sensación que se incrementó uno de esos días. Creo que fue el sexto, si no recuerdo mal. Vienen a verme, y mientras tomamos unas pastas con té caliente (esto último es broma) me entregan una notificación para que compadezca en los juzgados de violencia contra la mujer para declarar ante una nueva denuncia de la misma persona (esto último no es broma, aunque pudiera parecerlo).

Una nueva denuncia. Esta vez por un delito contra la integridad moral. Juicio por lo penal. El fiscal pide UN AÑO DE PRISIÓN y una orden de alejamiento de dos años y medio para con la madre y la hija. ¿Parece que el padre está consiguiendo aquello que se proponía?

Es decir. Ocurren unos hechos, me ocurren unos hechos, y yo los cuento, porque es mi historia y la cuento, cuento mi historia, mi vida, sin nombres, sin mentiras, y se me quiere meter en la cárcel. No doy crédito.
Se celebra el juicio y ella acude con un clan, pandilla, cuadrilla o como queráis llamarlo, que de alguna forma ha reclutado para testificar en mi contra. El padre, el hermano, el mejor “amigo”, la prima, la madre de la prima… ¿En serio? Esto es de risa. Pudiera parecer un capítulo de “Aquí no hay quien viva”. Faltaba Fernando no sé qué, el que hacía de portero, por cierto para mi gusto pésimo actor. Todos testifican en mi contra alegando cosas que realmente no acababa de entender. ¿Pero de veras que el padre, el hermano, el “amigo”, el novio (que también estaba citado pero no asistió porque por lo visto estaba malito), la prima y la tía iban a ser los testigos de una denuncia de ella? Me lo dicen y no me lo creo. Pero así fue… Ella se pone agresiva con el juez que incluso le tiene que llamar la atención y cuando el juicio acaba la emprende conmigo con insultos. Una lástima.

Pues el tiempo pasa y pasa, y hasta hoy no llega la sentencia. Absuelto una vez más. La verdad es que es una buena noticia, pues que en un país de corruptos, de mafiosos y de gente sin moral, sin empatía y sin recursos emocionales aún se haga justicia es una muy buena noticia.

Espero que este sea el final, el último capítulo de una historia dolorosa, y que como todo final sea el comienzo, el renacer de algo nuevo y mejor. Que todo haya servido para aprender, para que cada uno mire hacia dentro, hacia su propia alma. Que todo haya servido para que cada uno de nosotros luchemos y nos esforcemos para ser siempre la mejor versión de nosotros mismos. Todo esto me ha enseñado que a veces lo mejor que puede ocurrir es que no ocurra aquello que quieres que suceda. Por toda esta historia doy las gracias porque me ha enseñado a conocerme, a conocer mi corazón y a tener esperanza. Aún hay esperanza.
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Y la esperanza es lo último que se pierde. Y seguiré esperando y teniendo fe en que tú, princesa, reúnas los recursos y los conocimientos, mantengas vivo tu corazón, tu razón se haga fuerte y con ambas, con la razón y con la emoción que siempre acompañó tu inocencia sepas, en un futuro que espero no sea muy lejano, comprender que yo te quise, te quiero y te querré para siempre.