lunes, 2 de junio de 2014

LO MÁS DURO QUE ESCRIBÍ: CAP 5

No me tienes que contar solo los momentos felices, amables y fáciles de tu vida. No quiero saber de tus riquezas o posesiones. Háblame de las dificultades que encontraste, háblame de los desafíos a los que te enfrentaste con valor, háblame de las batallas en las que peleaste, háblame del miedo, del sufrimiento y del dolor. Entonces te conoceré.”
“Gerardo Bielsa”

Creo que todos tenemos preguntas sin respuestas transformadas en un silencio cobarde. Y sí que es cierto que a veces no decir nada puede ser la mejor de las respuestas, aunque también puede llegar a ser la mejor de las excusas.

Le cambié pañales y le lavé el culete muchas veces. Era realmente difícil poner el agua a la temperatura ideal para que no se quemara o no sintiera frío una cría de tres años. Le di el biberón, agua hasta la marca correspondiente, leche en polvo, gofio y un poco de cacao, pues nunca le gustó el sabor de la leche. Le di la mano mil veces cuando lloraba, otras muchas no lo hice, pues creía que tenía que aprender a que a veces en la vida hay que llorar y aceptar las cosas que no nos gustan. La intenté educar y enseñar lo poco que yo sabía, aunque eso fue todo un aprendizaje para mí. Me esforzaba. Intenté que tuviera lo mejor, siempre. Es como esas veces que partes una manzana en dos, y siempre te quedas con pedazo más pequeño. Intenté que fuera buena persona, porque no son los colegios religiosos, ni los amigos de mamá con sus dos minutos de presencia, ni un papá ausente trescientos veinte días al año los que hacen que empaticemos con la vida. Intenté hacerla reír, que sintiera amor y respeto por su padre biológico, aunque viera día a día como hacían que a él lo idolatrara, mientras que yo siempre estaba por detrás de alguien que no estaba. Era la sombra de un fantasma que, cuando se dejaba ver, convertían en un personaje de Walt Disney. Intenté enseñarla a estudiar, intenté que disfrutara de un libro, porque aunque su madre dijera que la vida no está en los libros siempre pensé que las palabras tenían más valor que los golpes. Intenté que entendiera que éramos un equipo, cuando en realidad era yo quien no se daba cuenta que jugaba en una liga diferente. Intenté abrazarla siempre que pude, quizá porque siempre supe que algún día lo echaría de menos. Intenté que comprendiera que la vida no es un camino de rosas, e intenté educarla para que no sufriera, quizá como yo lo estoy haciendo ahora. La quise más allá de los apellidos, de la genética, de la burocracia, de las apariencias, de las bromas y consejos de los que no se preocupaban por ella salvo esos dos minutos de gloria en los que la hacían reír, para después volver a marchar.

Ahora la distancia se vuelve abstracta. Como decía Rubén Tejerina: “Y créeme si te digo que estoy cerca, justo en la distancia de los pasos que me protejan de intentar quererte de nuevo. Y créeme si te digo que estoy lejos, pero justo en la distancia de los pasos que me permitan volver a tu lado si te hiere la vida… Te pienso, y el día acaba pareciéndose a ti..”
Pero nunca tendré esa respuesta…

Porque la arrancaron de mí en un momento en el que no podía, ni era capaz todavía, de saber que al mismo tiempo también me arrancaron de ella. Porque no conocía una vida en la que yo no estuviera presente, una vida en la que siempre, después de todo, estábamos allí los dos, secándonos las lágrimas, tendiéndonos la mano al borde de un precipicio escurridizo y mojado en el que ninguno quisimos estar nunca. Yo la salvé una vez, pero ella me salvó tantas veces que ahora no sé dónde agarrarme…

Y no sé, y me da miedo incluso, que un día llegue a pensar y a comprender que lo real va más allá de lo que le han querido mostrar, que entre el blanco y el negro hay una amplia variedad de grises que ella misma debe descubrir. Porque somos lo que somos por lo que hemos vivido, no por lo que nos han quitado.
Imagino ese día en el que vea todos esos colores a su alrededor y tenga la libertad de elegir, como cuando escogía el color de su pintauñas favorito, aunque a nosotros no nos gustase. Imagino ese día en el que me pudiera sentar enfrente suya, y no tener más que mirarle a los ojos y decirle que la quiero.

Ahora, como decía Rubén Tejerina “Estoy buscándome de nuevo en otro azul…” y es ese trocito de cielo, o de mar, donde siempre está reflejada su imagen y su sonrisa. Porque no existen nubes de tormentas, ni olas de poniente, que impidan que su reflejo siempre vaya conmigo. Y es ahora, cuando el sonido de su voz comienza a difuminarse, cuando más la echo de menos.

¿Y qué saben los que te dijeron que yo no te quería, los que me apartaron de ti, o te apartaron de mí, de las risas en la cama de esa casa con ruedas que fue nuestro hogar, de las historias de montañas nevadas para que no te quedaras dormida, de las princesas, de los cuentos de hadas, de la tetilla del biberón acariciando tus labios a las tres de la madrugada de una noche cualquiera, de cuando te enseñé a conducir, de cuando preparábamos la cena en una mesa de pétalos de rosa, cuando te tiraba hacia el cielo y siempre sabías, porque lo sabías, que mis brazos iban a estar ahí para recogerte?
Qué saben ellos, ¿verdad?

No quiero parar de escribirte, no quiero parar de sentirte, no quiero que te olvides de mí. Este es un mundo sucio, malo, lleno de giros y recovecos, y es fácil perderse por ahí afuera. No quiero que te pierdas, no quiero perderme sin ti.

Y espero que entiendas en el futuro, si algún día tienes el coraje de sentarte a leer mis palabras y mi dolor, que todo esto que escribo es porque necesitaba "gritar". Sé que ya lo sabes, y sé que cuando estés libre de las ataduras de una realidad que te han impuesto serás lo suficientemente fuerte para aceptar la realidad. 

Voy a seguir en la lucha, voy a seguir "gritando", por mí, porque ya era hora de que me liberara de la prisión a la que me vi sometido, de las injusticias, de las mentiras. Pero también lo haré por ti, porque te merecías el libre pensamiento, la verdad objetiva y merecías, ante todo, acercarte a la realidad.

Te quiero, a saco

Continuará....


  

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