miércoles, 21 de mayo de 2014

LO MÁS DURO QUE ESCRIBÍ: CAP 2

PARTE DOS: QUIERO VER A LA NIÑA

Durante meses intento por todos los medios hablar con la niña. Nunca había pasado más de un par de semanas sin verla, y ya llevaba un mes. El día de reyes le mando a la madre decenas de mensajes con la intención de que me dejara llevarle un regalo de reyes a la cría. Nunca contestó. Mi amigo lo intenta también; trata de ponerse en contacto con ella para pedirle, por favor, que me deje llevarle un regalo que le había comprado. Estuve en todos sus Reyes desde que tenía 3 años. Recuerdo el primero, quería impresionarla, nos pusimos a las 1 de la madrugada a llenar globos para que al despertar se encontrara en un mundo de colores. Eran tan pequeña que le hizo más ilusión el colorido del salón que los juguetes. El día 6, a última hora de la tarde, después de estar todo el día esperando una respuesta, me acerqué a su casa y la madre aceptó que la cría bajara dos minutos. La niña bajó, me saludó como siempre (demasiado bien para esa situación en la que ella tiene que bajar a recoger un regalo mío). Debía ser raro e incómodo para ella como lo era para mí. Abrió el regalo, le gustó mucho, me abrazó y estuvo contándome qué le habían puesto los Reyes Magos. A los dos minutos, ni uno más ni uno menos, la voz de la madre, impetuosa y punzante, hizo que yo tuviera que decirle a la pequeña que se fuera para arriba, ya que ésta, al oír la orden, no sabía qué hacer. Comenzó a mirarme. Estoy seguro que sintió compasión hacia mí, estoy seguro que en su frágil interior había un pedacito de mí que ella quería mantener.  Le dije que me había encantado verla y que la quería, que escribiera en el diario todo cuanto viviera y sintiera, que eso le serviría para que en un futuro pudiera recordar todo lo bueno que le sucediera. Recuerdo cómo me miraba con cara de asombro cuando le dije: “ahora te van a pasar cosas; cosas muy muy buenas, y otras no tanto, pero va a ser genial” Ya no me dejó verla nunca jamás. Nunca supe si llegó a utilizar el diario que le había regalado para que pudiera escribir todas esas cosas maravillosas que le iban a comenzar a ocurrir ahora que se estaba haciendo una mujer. No soy padre, pero no puedo entender, no logro hacerlo por más que lo intento, cómo se puede tener odio a una persona que ama a tu hija y que daría tanto por ella. De hecho el odio es un sentimiento que nunca llegué a conocer.

Han pasado cinco meses desde aquel día de reyes y solo la vi hace un par de meses cuando nos encontramos en una zona de escalada que solemos frecuentar. Estuve unas horas con ella, le ayudé con la tarea. Tenía que ubicar los ríos más importantes de España en un mapa y yo trataba de acordarme, como si mi vida estuviera en juego. Quería poder ayudarla, aunque fuera la última vez, quería volver a ser parte de ella por unos minutos, aunque en el fondo sabía que, efectivamente, sería la última vez.  Ella, la cría, incluso me gastó alguna broma. La cogí en brazos, me acerqué a su oído y le conté un secreto: ¿Sabes que te quiero? Da igual lo que oigas y lo que te digan. Te quiero, y eso no lo cambiará nadie. Lo sabes verdad?…” Asintió con la cabeza. Ya no la he visto más, ni hablado con ella, ni oído su voz. Un día, hace unos meses, convencí a un amigo para que le dejara en el buzón de su casa un atril que la peque quería para estudiar. Junto al atril una carta dirigida a ella que nunca recibió y que seguramente nuca fue abierta antes de llegar al primer cubo de basura.

Durante todos estos meses he intentado por activa y por pasiva que me dejara verla, que me dejara hablar con ella. Me bloqueó del teléfono, de Wahtsapp, y solo me respondía a algunos mails. Y siempre las respuestas eran NO. “Tú no eres el padre y no eres nadie para pedir poder ver a la niña”.
Cierto que no soy el padre. No lleva mis genes. ¿Acaso son los genes lo que los niños recuerdan de su infancia o, sin embargo, son los momentos vividos al lado de la persona que estuvo ahí? Que se lo pregunten a Konrad Lorenz. ¿Sabéis por qué no tenemos recuerdos anteriores a los 3 años de edad aproximadamente? El hipocampo, una estructura cerebral encargada de que se almacenen los recuerdos en nuestra cabeza, no se termina de formar hasta esa edad. Ella no tiene recuerdos de su vida sin mí. Y eso es algo que la genética no puede igualar.

Mis intentos desesperados por no perder el contacto con la niña, sumando a lo que había pasado en el verano de 2013, me llevaron a intentar hablar con el padre ella. Quería que alguien intercediera, que le hiciera comprender a esta persona lo que me estaba haciendo, que la cría no tenía nada que ver. Supliqué, rogué, “me arrastré”… ¡Quería ver a la niña!! O, tan solo, hablar unos minutos con ella…
En una llamada telefónica con el padre éste me insulta. Le pido explicaciones sobre el por qué de esos insultos.”¿Cómo puede insultarme después de que su hija me metiera en la cárcel y todo lo demás”? La respuesta fue contundente: “Tú no has estado en la cárcel, en la cárcel te voy a meter yo”.


Continuará…..

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