lunes, 26 de mayo de 2014

LO MÁS DURO QUE ESCRIBÍ: CAP 4

"Hay que reivindicar el poder de la palabra, poderosa herramienta que puede cambiar nuestro mundo. <>"

“Los rifles no pueden matar las palabras”. Algo así decía una canción que escuchábamos juntos por el camino serpenteante que nos llevaba a la gloria que se infectaría al cabo del tiempo. Ahora soy yo quien sortea con mis palabras las balas que dispara ese arma sin confiscar, un arma que solo algunas personas poseen, arma gratuita, que no necesita licencia para ser usada. Un arma de la que nadie oirá el sonido de sus disparos que nos atravesará el alma. Y no podremos evitarlo, a no ser que sea de esta forma, con palabras, las que los rifles no pueden matar.

Durante estos días he intentado expulsar, con palabras, todos esos sentimientos que mi mente ya no era capaz de retener por más tiempo. “Escribí, escribí, para no morirme”. Sentía que si no “gritaba” iba a explotar; y nunca encontré mejor forma de gritar que escribiendo. Porque cuando escribes tienes tiempo para reflexionar, corregir, repasar, pensar y respirar. Siempre me fue mejor escribir que hablar cuando un sentimiento de la magnitud de todos aquellos que he experimentado durante este tiempo se apoderaba de mí.

Pero no solo yo he escrito en estos últimos días de frio invierno. Muchas otras personas lo han hecho también. Algunos de forma anónima, otras con nombre y apellidos, muchos amigos míos, y algún que otro amigo de las tinieblas. Era consciente que no era yo el único hombre que estaba pasando por una situación en la que una mujer, aprovechándose de la ley, le quita la libertad a un hombre y deja que lo traten como un delincuente. Pero, ¿tantos? Un conocido casi pasa doce años en prisión por una denuncia falsa. ¿Dónde está el límite? ¿Cuánto debemos temer? La mayoría apenas asoman la cabeza, temerosos ante la repudia de una sociedad que aclama igualdad en las calles, frente a los parlamentos, mientras que en los callejones oscuros de nuestras ciudades, mientras cuando estamos dormidos, nos imponen estas leyes de las que nadie quiere, ni puede, hablar.  http://www.alertadigital.com/2014/01/03/26-hombres-asesinados-por-el-hembrismo-en-2013/

Datos de 2013:
·          48 mujeres asesinadas por el machismo
·          26 hombres asesinados por el hembrismo
·         5 niños asesinados por sus padres
·          8 niños asesinados por sus madres
       700 mujeres se han suicidado
·          2.700 hombres se han suicidado 

Me sorprende cómo nunca supe nada de esas veintiséis muertes de hombres a mano de mujeres, ni de esos dos mil setecientos suicidios de hombre que, en multitud de ocasiones, no tuvieron otra salida ante la injusticia, ante el horror, ante la humillación.

Creo que debemos un respeto y una consideración a todas esas víctimas que pagaron con su vida la locura de algunos seres violentos y desquiciados. Sinceramente, creo que esto no ayuda nada a que esas cifras disparatadas disminuyan. Policías, jueces y funcionarios sonrieron, irónicamente, incrédulos, cuando les expuse mi caso. “No puedes hacer nada. Esto, lamentablemente, es así”. En los juzgados de “Violencia contra la Mujer” veía la sonrisa de incredulidad de algunas funcionarias que, día a día, se encuentran con multitud de casos como el mío. Ellas lo saben, yo lo sé, pero cuando les preguntas solo sonríen, frunciendo el ceño, con resignación e indignación, cuando les dices que la juez no me dejó llevar a un testigo que sabía que ella me había agredido físicamente en más de una ocasión, cuando la juez sabía que el día que me denunció fue el día siguiente de que me encontrara con ella en la playa, después de que el padre escuchara de boca de mi amigo que yo debía tener más miedo de su hija que ésta de mí. En ellas vi la indignación y la repudia; quizá avergonzadas por estar en el bando privilegiado, quizás ellas también quieran igualdad, y no jugar con ventaja, como si de una partida de póquer se tratara en la que vale todo. No somos rivales, sino personas.

Hace una semana fui a escalar y me encontré con ella. Me fui a la otra parte de la zona de escalada. Lo más alejado que podía, en el otro extremo. Ella bajó de una vía y comenzó a hacerme fotos. Inmediatamente marché. Para irme tuve que pasar por su lado. Cabizbajo, sin levantar la mirada por un momento. Pero percibo su presencia. “Teme tanto” que se queda inmóvil junto a la puerta del sector por la que yo tenía que pasar para marchar, con su cuerpo dirigido hacia mí. Noto como miraba, amenazante, desafiante. ¿Acaso es cierto que teme o, por el contrario, estaba usando el arma que la ley le ha otorgado injustamente? Si realmente hubiera temido no se hubiera quedado en la puerta, mirándome desafiante, gozando, me atrevería decir, del momento, del poder.

No la molesté, no la saludé, ni tan siquiera la miré. Estaba apartado, lo más lejos que podía. Yo estaba con una amiga. Ella con un montón de amigos y su nueva pareja. ¿Por qué esa acción? Me dio mucha pena, porque me hubiera gustado que se hubiera preocupado por estar feliz, con su nueva pareja, disfrutando de esos momentos maravillosos que se tienen cuando comienza algo bonito, en lugar de estar disparando con su cámara, no sé con qué intenciones. Me da pena de ese chico, la verdad. Pero lo que sí me da coraje es que ella era alguien a la creí conocer desde siempre cuando empezamos la relación, y a la que parece que nunca llegué a conocer cuando todo acabó, después de ocho largos años. Ahora simplemente es alguien a quien solía conocer.

 “LO MÁS DURO QUE ESCRIBÍ” ha sido, sin duda, lo más duro que escribí jamás por muchas razones. Primero por exponer una parte de mi vida que todo el mundo escondería. Vivimos en una época en la que sólo mostramos nuestra mejor cara, quizás hasta retocada por la tecnología, para aparentar quienes no somos ante gente que no conocemos y a quienes no le importamos. ¿Qué diferencia existe entre publicar al mundo cuando encadenas la vía más dura de tu vida y en contar todo lo que te ha ocurrido y que ha torturado tu cuerpo, tu mente y tu alma? ¿Acaso no sigo siendo la misma persona? Yo creo que sí. ¿Acaso no soy más genuino, más auténtico, más yo? Segundo porque escribir todo esto implicaría unos daños colaterales, para mi familia, para ella y para la familia de ella. Pero como dije antes “escribí, escribí para no morirme”.

Ahora vivo con miedo. Miedo a que cuando, después de una hora de carretera, llegue a una zona de escalada en la que he quedado con amigos me encuentre con ella refugiada tras su rifle en forma de teleobjetivo, tratando de cazar a su presa y llevarle el trofeo a su padre. Vivo con miedo de no estar preparado cuando me llamen de comisaría por otra denuncia falsa e injusta. "Si ella llega, huye” ¿Sabéis qué triste es tener que oír esa frase de amigos, familiares e incluso de policías, abogados, funcionarios y jueces?

Todavía me decía el otro día una chica que si necesitaba “gritar” que me fuera a un psicólogo, que no debía contar nada aquí. ¿Yo? No tiene ni idea de a cuántos he visitado, a cuántas personas le he tenido que contar mi historia, cuántos tratamientos farmacológicos, cuántas terapias para vencer una mentira!! 

Cuando ocurre este último suceso, el de las fotografías, voy a la comisaría a informar del atestado y la policía me dice que he hecho bien, que cada vez que me encuentre con ella vaya y lo diga. Ellos están en primera línea. Ellos son los que cada día ven como muchas de estas mujeres despechadas se benefician del terror que sufrieron el año pasado esas 48 mujeres y, cómo no, esos 26 hombres.

Pero hoy, y siempre, me haré la misma pregunta:

¿Por qué me denunció al día siguiente? ¿Por qué no el mismo día cuando me la encontré? Es la típica pregunta a la que nunca solía responder.



Continuará….


viernes, 23 de mayo de 2014

LO MAS DURO QUE ESCRIBÍ: CAP 3

Eso es lo que me dijo el padre la primera vez que hablé con él después de que ella me volviera a dejar tras las tres semanas de haber salido absuelto. Tres semanas después de que me dijera que lo que más deseaba era que viviéramos juntos y que tuviéramos una verdadera relación.

Hace un par de meses el hermano de ella me denunció por mandarle mensajes. En los que él decía que yo le insultaba. Juicio. Resultado absuelto. Mentiras a un juez.  No aporta prueba alguna. Obvio. ¿Eso no se castiga?

Luego me denuncia el padre tras el fracaso anterior del hermano. Me denuncia por lo mismo. Por mandarle mensajes. Resultado. Hoy, precisamente hoy, recojo la sentencia.

Pero NO me van a meter en la cárcel por mandar unos mensajes pidiendo POR FAVOR que no se me haga sufrir, que no me hagan vivir esta pesadilla, que sientan, que piensen, que muestren empatía, que quiero a su nieta, que necesito verla, oírla y abrazarla. Recuerdo en un mensaje que le puse: ¿Daría usted su vida por su nieta? Seguro que sí, yo también. ¿Cuánta gente cree usted que daría su vida por su nieta”?
Pero por unos mensajes de este tipo no te meten en la cárcel, ¿Verdad?
Entonces hace dos semanas me encuentro en la playa con ella. Me acerco  y le pregunto si podemos hablar. Me dice que no. Le pregunto cuándo cree que podríamos hablar y me dice que de momento no. Le digo que esperaré el momento y me voy. ¡Y me voy! Mientras me marcho me dice “pica billete,  vete a tomar por el culo”

Yo me marcho y cuando subo las escaleras de la playa y estoy quitándome la arena de los zapatos veo cómo ella recoge las cosas rápidamente y se dirige a comisaria de policía…. No lo he expresado bien. ¡¡¡¡¡Se dirige a comisaria de policía!!!!!!!!! Esto lo sé porque ese trayecto ya lo hizo una vez, hace unos meses, cuando me metió entre rejas, antes de que se arrepintiera, claro está. Lo sé no porque la siguiera, sino porque me lo imaginé en ese momento cuando la vi recoger a toda prisa así que cuando con mi coche pasé por la puerta de comisaría dirección mi casa sólo tuve que girar el cuello para verla allí dentro hablando con un policía. Estuve junto a ella, sin tener ningún tipo de orden judicial que me lo impidiera, aproximadamente 30 segundos. ¿El precio de una denuncia? O quizás el precio fueran los mails que le mandaba rogándole para  que me diera la oportunidad de hablar, de ver a la peque.

Acojonado llamo a mi amigo S. y le pongo al tanto de la situación. Tengo miedo. Tengo miedo porque no existe en España la violencia de género, no existe en España la violencia contra el hombre. Existe la violencia contra la mujer. Y sí que es cierto que en muchas, muchísimas ocasiones, éstas necesitan protección (solo hay que ver las noticias cada día). Mi amigo habla con ella y le expone que estoy asustado por lo que ella pudiera hacer. El padre de ella llama a mi amigo. Sí, lo he dicho bien: ¡Llama a mi amigo! No entendemos muy bien por qué. El caso es que este hombre le dice a mi amigo de nuevo lo que ya me dijo a mí en su momento: “Voy a intentar meterlo en la cárcel por todos los medios” Al día siguiente ella me denuncia. Sí. No el día antes cuando me la encuentro en la playa y ella va a comisaría. No el día que me la encuentro, sino al día siguiente. Unas 15 horas después de que el padre hablara con mi amigo y repitiera la amenaza. Yo no sé qué pensar: O en comisaría le dijeron el día antes de la denuncia que los martes no vale denunciar o alguien interfirió para que ella me denunciara y así cumplir sus expectativas. ¿Qué mejor forma de cumplirlas?

 Me llaman de comisaria. Voy. Declaro. Y me citan para la mañana siguiente en los juzgados de violencia contra la mujer. No me he expresado bien. ¡¡¡¡¡Me citan en los juzgados de violencia contra la mujer!!!!! Tengo miedo porque ya viví eso… ¿Por qué me denuncia al día siguiente de encontrármela y no el mismo día?

Hablo con un abogado y me dice que ya, para empezar, antes que nada, cuente con que tengo una orden de alejamiento. Que eso es así. Que da igual lo que diga, que da igual lo que hayas hecho. “La orden te la llevas….” Me dice que vamos a intentar que no me caiga nada más.  Yo lo flipo…
 Había estado en la playa donde siempre íbamos los 3. Llegué antes que ella. Me di dos baños y al irme paré 30 segundos para preguntarle si podía, primero, y cuando podría, después, hablar con ella. Y se fue para comisaria. Pero no me denuncia por lo visto. Me denuncia al día siguiente. ¿Qué es lo que pasó para que fuera al día siguiente? Cuando mi amigo habla con ella ésta le dice que tiene miedo de mí y él le dice que miedo debería tener yo cuando se dirige a comisaría porque su ex pareja, con la que estuvo 8 años, quiere conversar con ella; cuando su ex pareja, que  jamás le ha puesto la mano encima a nadie, sí que ha recibido algún que otro…

Tengo que repetirlo todo un poco, tengo que repetirme porque mi incredulidad me lleva a ello.
Mi amigo recibe una llamada de su padre. Éste le dice a mi amigo lo que ya me había dicho en alguna ocasión: “Voy a intentar meterlo en la cárcel por todos los medios”. A la mañana siguiente ella sí me denuncia. ¿Se lo había pensado mejor? ¿Estaba temerosa? ¿O quizás alguien hubiera intervenido para cumplir un deseo profundo? No quiero la orden porque ésta sería el arma a utilizar, lo sé. Si el motivo de la denuncia fuera miedo me hubiera denunciado el día que me vio, cuando entró en comisaría, y no 15 horas después de esas amenazas, al día siguiente, mientras yo estaba en la universidad.

Acudo al juicio. La juez mujer, la fiscal mujer, la secretaria mujer. Ella declara que la sigo a la playa (yo estaba allí un buen rato antes y la playa es de todos, creo.) que le insisto y que incluso la espero arriba de la playa. MENTIRA. Y que le mando muchos mensajes de correo electrónico (verdad), insultándola (mentira).
Como ya sabemos que la orden de alejamiento va a ser un “sí o sí” llevamos a un testigo, el amigo común en cuestión, para que testifique y argumente si él cree que ella pudiera tener miedo de mí o, por el contrario, sería yo quién debiera tener miedo de ella debido a las agresiones físicas que sufrí en ciertas ocasiones, muchas de hecho. Alguna incluso en presencia de la niña. Quería que le contara al juez las amenazas telefónicas…

No dejan que el testigo hable. ¿Por qué? ¿POR QUÉ?

RESULTADO: orden de alejamiento de 6 meses. 8 día de arresto domiciliario y pagar los costes del juicio. GRATUITO


Continuará…

miércoles, 21 de mayo de 2014

LO MÁS DURO QUE ESCRIBÍ: CAP 2

PARTE DOS: QUIERO VER A LA NIÑA

Durante meses intento por todos los medios hablar con la niña. Nunca había pasado más de un par de semanas sin verla, y ya llevaba un mes. El día de reyes le mando a la madre decenas de mensajes con la intención de que me dejara llevarle un regalo de reyes a la cría. Nunca contestó. Mi amigo lo intenta también; trata de ponerse en contacto con ella para pedirle, por favor, que me deje llevarle un regalo que le había comprado. Estuve en todos sus Reyes desde que tenía 3 años. Recuerdo el primero, quería impresionarla, nos pusimos a las 1 de la madrugada a llenar globos para que al despertar se encontrara en un mundo de colores. Eran tan pequeña que le hizo más ilusión el colorido del salón que los juguetes. El día 6, a última hora de la tarde, después de estar todo el día esperando una respuesta, me acerqué a su casa y la madre aceptó que la cría bajara dos minutos. La niña bajó, me saludó como siempre (demasiado bien para esa situación en la que ella tiene que bajar a recoger un regalo mío). Debía ser raro e incómodo para ella como lo era para mí. Abrió el regalo, le gustó mucho, me abrazó y estuvo contándome qué le habían puesto los Reyes Magos. A los dos minutos, ni uno más ni uno menos, la voz de la madre, impetuosa y punzante, hizo que yo tuviera que decirle a la pequeña que se fuera para arriba, ya que ésta, al oír la orden, no sabía qué hacer. Comenzó a mirarme. Estoy seguro que sintió compasión hacia mí, estoy seguro que en su frágil interior había un pedacito de mí que ella quería mantener.  Le dije que me había encantado verla y que la quería, que escribiera en el diario todo cuanto viviera y sintiera, que eso le serviría para que en un futuro pudiera recordar todo lo bueno que le sucediera. Recuerdo cómo me miraba con cara de asombro cuando le dije: “ahora te van a pasar cosas; cosas muy muy buenas, y otras no tanto, pero va a ser genial” Ya no me dejó verla nunca jamás. Nunca supe si llegó a utilizar el diario que le había regalado para que pudiera escribir todas esas cosas maravillosas que le iban a comenzar a ocurrir ahora que se estaba haciendo una mujer. No soy padre, pero no puedo entender, no logro hacerlo por más que lo intento, cómo se puede tener odio a una persona que ama a tu hija y que daría tanto por ella. De hecho el odio es un sentimiento que nunca llegué a conocer.

Han pasado cinco meses desde aquel día de reyes y solo la vi hace un par de meses cuando nos encontramos en una zona de escalada que solemos frecuentar. Estuve unas horas con ella, le ayudé con la tarea. Tenía que ubicar los ríos más importantes de España en un mapa y yo trataba de acordarme, como si mi vida estuviera en juego. Quería poder ayudarla, aunque fuera la última vez, quería volver a ser parte de ella por unos minutos, aunque en el fondo sabía que, efectivamente, sería la última vez.  Ella, la cría, incluso me gastó alguna broma. La cogí en brazos, me acerqué a su oído y le conté un secreto: ¿Sabes que te quiero? Da igual lo que oigas y lo que te digan. Te quiero, y eso no lo cambiará nadie. Lo sabes verdad?…” Asintió con la cabeza. Ya no la he visto más, ni hablado con ella, ni oído su voz. Un día, hace unos meses, convencí a un amigo para que le dejara en el buzón de su casa un atril que la peque quería para estudiar. Junto al atril una carta dirigida a ella que nunca recibió y que seguramente nuca fue abierta antes de llegar al primer cubo de basura.

Durante todos estos meses he intentado por activa y por pasiva que me dejara verla, que me dejara hablar con ella. Me bloqueó del teléfono, de Wahtsapp, y solo me respondía a algunos mails. Y siempre las respuestas eran NO. “Tú no eres el padre y no eres nadie para pedir poder ver a la niña”.
Cierto que no soy el padre. No lleva mis genes. ¿Acaso son los genes lo que los niños recuerdan de su infancia o, sin embargo, son los momentos vividos al lado de la persona que estuvo ahí? Que se lo pregunten a Konrad Lorenz. ¿Sabéis por qué no tenemos recuerdos anteriores a los 3 años de edad aproximadamente? El hipocampo, una estructura cerebral encargada de que se almacenen los recuerdos en nuestra cabeza, no se termina de formar hasta esa edad. Ella no tiene recuerdos de su vida sin mí. Y eso es algo que la genética no puede igualar.

Mis intentos desesperados por no perder el contacto con la niña, sumando a lo que había pasado en el verano de 2013, me llevaron a intentar hablar con el padre ella. Quería que alguien intercediera, que le hiciera comprender a esta persona lo que me estaba haciendo, que la cría no tenía nada que ver. Supliqué, rogué, “me arrastré”… ¡Quería ver a la niña!! O, tan solo, hablar unos minutos con ella…
En una llamada telefónica con el padre éste me insulta. Le pido explicaciones sobre el por qué de esos insultos.”¿Cómo puede insultarme después de que su hija me metiera en la cárcel y todo lo demás”? La respuesta fue contundente: “Tú no has estado en la cárcel, en la cárcel te voy a meter yo”.


Continuará…..

domingo, 18 de mayo de 2014

LO MÁS DURO QUE ESCRIBÍ. CAP 1

Esta historia podría ser un hecho real o no. Podría ser mi historia o la de un amigo. También podría ser tu historia. La he dividido en unos cuantos capítulos porque es un poco larga. La intención de contarla no es más que soltar unas ideas, unos hechos y unos pensamientos que me inquietan. He intentado ser lo más objetivo posible, siguiendo mis principios. sin intentar engañaros ni engañarme a mí mismo. La intención es que la gente piense en este tipo de casos y en las circunstancias que hace que actuemos como lo hacemos en diferentes situaciones. ahí queda eso...

PRIMERA PARTE: LA CÁRCEL

En el verano de 2013, a finales de agosto de ese caluroso verano,  pasé 3 noches en los calabozos de la comisaría de policía de mi ciudad. Mi ex pareja, con la que llevaba una relación de 8 años, impuso una denuncia por acoso cuando yo, después de que ella me dejara por enésima vez, fui a la playa donde siempre íbamos los tres (ella, su hija y yo), con la intención de hablar con ella. Ella me amenazó con denunciarme mientras yo esperaba pacientemente, jugando a las palas con la pequeña, poder hablar con ella. Se ve que esa situación no le gustaba y se dirigió a la comisaría de policía. Yo la acompañé a las dependencias policiales, ya que no veía que pudiera ocurrir lo que, a posteriori, ocurrió. 

Ella impuso una denuncia por ACOSO y yo pasé 3 días en los calabozos sin poder decir nada. Nadie me preguntó si era cierto eso que ella dijo. Era viernes y allí me quedé hasta el lunes, cuando se celebró el juicio rápido. Recuerdo que mi amigo J. me preguntó, días después, por mi fin de semana, a lo que respondí con un irónico “genial”.

 Estar en la cárcel es como en las películas, pero con alguna diferencia. Te leen tus derechos, te hacen las fotos, te dan algún cigarrillo, hacen que te quite los cordones de los zapatos, el del bañador y te encierran. Lo que sí aprendí fue una cosa en esas 3 noches que pasé encerrado entre 3 paredes y una puerta de gruesos barrotes de acero. Y es que “la policía no es tonta”.

 Me trataron genial. “hacemos nuestro trabajo. ¿Acaso crees que no sabemos la diferencia entre  cuándo una tía está despechada y se beneficia de la ley de otra mujer que verdaderamente está sufriendo malos tratos y sufre?” Recuerdo que me tuvieron que llevar al hospital justo después de que la puerta se cerrara delante de mi cara porque me dio un ataque de ansiedad.  Vieron en mí “tanto peligro” que me llevaron sin esposas (que ellos llaman grilletes). Me dijeron que ella se contradijo en muchas ocasiones en su declaración, pero ellos, por ley, tenían que encerrarme hasta que se celebrara el juicio. No podían hacer otra cosa más que darnos cigarrillos y ánimos. ¡Hasta ellos me dijeron y advirtieron de lo que sucedería posteriormente, lo que voy a contar…

En el juicio rápido me pidieron un acuerdo al que no accedí (una orden de alejamiento y 6 meses de prisión que no cumpliría por no tener antecedentes penales). Al no haber acuerdo, en el plazo de un mes se celebraría un juicio más “formal”. En él pedían una orden de dos años o algo así y una pena de 9 meses de prisión (que no cumpliría por no tener antecedentes) Mientras tanto, mientras que no se celebraba el “gran juicio” me impusieron una orden de alejamiento hasta que no se celebrara el juicio. A los dos días de salir de los calabozos ella se puso en contacto conmigo a través de un amigo común, incumpliendo la orden. Se mostraba desconsolada, arrepentida. Me dijo que me amaba, lloró, me pidió disculpas. Estaba segura, eso decía, y eso me creía yo, ingenuo de mí, que había sido el mayor error de su vida y a mi amigo A. le llegó a decir que hubiera dado lo que hubiera hecho falta por cambiarse por mí en todas esas horas que yo pasé allí. Así que la perdoné. La quería, y sabía que necesitaba ayuda. Comenzamos a vernos y durante un mes estuvimos incumpliendo una orden de alejamiento. Recuerdo una conversación, de las poca que tuvimos en la vida, en la que le dije que por qué no iba a ver a un psicólogo. Quizás éste pudiera echarle una mano. Yo creía que no era normal que tuviera tantas incoherencias en sus pensamientos y actitudes. O hacía una semana o ahora estaba mintiendo. Me dijo que primero viviríamos juntos y si la cosa no iba del todo bien entonces iría a un psicólogo. Nunca llegamos a vivir juntos pues nuca fue a un psicólogo. Era como querer encadenar un 8b antes de empezar a entrenar. Yo encadeno el 8b y luego entreno, ¿vale? Porque eso que estábamos haciendo era como intentar un 8b, de adherencia, sin cuerda, con los gatos rotos y un día de calor.

Al mes se celebró el juicio y ella dijo que no quería testificar. Le dijo al juez que seguía siendo mi pareja y se acogía al derecho a NO declarar. Salí absuelto.

A partir de ahí hablamos. Era octubre, la orden de alejamiento se canceló y volvimos a ser pareja. En ese periodo me dijo, como ya he dicho, que quería que viviéramos juntos, que me amaba (una palabra un tanto grande y manipulativa). Me dijo que iba a hablar con sus padres (o que había hablado ya, no lo sé) y que éstos deberían aceptar que ella quería estar conmigo, pues como el padre argumentó en gran número de ocasiones yo no les caía bien. Nada nuevo. Lo del psicólogo parecía aparcado. A mí eso me convenció. ¡¡¡¡Me dijo que me amaba!!! Era algo que pocas veces había ocurrido en esos 8 años de relación. Creo que fueron más veces la que me puso la mano encima que las que me dijo que me amaba. ¿Podría haber cambiado?

Oficialmente, en octubre de 2013, habíamos retomado la relación. Exactamente el día 3 de octubre.
Pero el tiempo, ese tiempo que todo pone en su sitio, ese tiempo que le da significado a la palabra verdad, mostró lo que cada uno somos.

Durante la primera semana en la que volvimos a retomar la relación no nos vimos salvo el fin de semana para escalar. Eso no me acabó de gustar, ya que sus intenciones, como me argumentó en sus crisis de culpabilidad, era la de convivir juntos, que yo le ayudara con la cría, que fuéramos una pareja normal. Yo quería pasar tiempo con ella y con su hija, la que por aquel entonces tenía 10 añitos y a la que yo llevaba viendo desde que tenía 3 años. También era pronto. Solo había transcurrido una semana desde que se celebró el juicio. Ese primer fin de semana nos fuimos a escalar.

La segunda semana transcurrió igual que la primera. No quería que nos viéramos salvo el fin de semana…para escalar.  Eso estaba produciendo en mí ciertos desatinos mentales, obviamente. Recuerdo comentárselo, y  ésta siempre decía que no tenía tiempo de que nos viéramos. Nos fuimos el fin de semana a nuestro pueblo favorito, que por aquel entones celebraban la fiesta de “Los Bandoleros”.
A la tercera semana volvió a suceder lo mismo….

Entonces fue cuando le expuse, en una de las situaciones más difíciles de mi vida, que habláramos acerca de la situación, ya que esto no se correspondía con sus intenciones de convivir juntos que ella “tanto ansiaba”. Recuerdo que era viernes, recuerdo que era uno de los días en los que más tranquilo me encontraba. Y encontrarse tranquilo después de lo vivido, después de todo lo ocurrido, después de haber escuchado sus promesas, su arrepentimiento, haberla abrazado, perdonado, secado sus lágrimas y aceptado el hecho de que cualquier persona pudiera equivocarse, no era fácil. Recuerdo que ella no quería hablar conmigo y canceló, después de que yo le pidiera cordialmente mis intenciones de hablar con ella, el plan de ir a escalar ese fin de semana. El sábado hablamos.

Pero el sábado ella no era ella. O quizás ella no fuera ella en algún momento de las semanas pasadas cuando mostró su arrepentimiento. Intenté hablar y conversar. Pero vivimos en un mundo en el que discutir es un término que destruye el hecho de conversar. La diferencia es que en el primero de ellos no se muestra empatía, y en el segundo hay que escuchar a la otra persona, ponerse en su lugar y ser objetivo. Estamos muy lejos, a años luz, de poder acercarnos a conversar con humildad.

Me volvió a dejar…

Encajar eso no es que fuera fácil precisamente después de lo que había aconteció hacía tan solo un mes. Cárcel, falsas promesas, y el hecho de que me convenciera que su amor, palabra bien grande, era verdadero.

Un mes después aproximadamente…

Llegó un nuevo fin de semana. Y nos fuimos a escalar. Ahora como amigos, claro. Yo me agarraba a un clavo ardiendo para poder estar con ella. Volvimos a mantener relaciones sexuales. Cuando le pedí explicaciones sobre su actitud ella me dijo que si yo la calentaba… éramos amigos….

Habían pasado 4 semanas desde que estuve entre rejas. Era el tercer o cuarto fin de semana de octubre y llegaba el fantástico puente de noviembre. Yo cogí una casa en El Chorro. Hablé con ella y le invité a que pasáramos allí unos días. Me dijo que tenía que pensarlo, que tendría que ver cuánta tarea tenía la niña para esa semana. Le expuse que, como las tardes eran cortas, podríamos escalar y, después, podríamos estar en la casa, con la chimenea, y que ayudaría a la cría a estudiar. Ella accedió.

Un par de día antes, si no el mismo día, ella me dijo que iría un amigo de ella a escalar uno de los días, el sábado. Un amigo de esos virtuales que le regalaba los oídos y al que a mí no me gustaba demasiado.
Pero éramos “amigos”, ya que me había vuelto a dejar hacía una semana. Entonces recuerdo decirle que cuando el amigo estuviera allí, escalando, yo me iría a otro sector, pues no me gustaba la idea de echar un día con él. (Era lo único que podía hacer porque ya no éramos pareja. Ahora solo éramos amigos que escalaban juntos y tenían relaciones sexuales cuando quisieran. O sea. Éramos como antes, salvo que ahora lo llamábamos de otra forma). Eso a ella no le gustó (el hecho de que yo me fuera a otro sector el día que su “amigo” apareciera por allí), canceló nuestro plan, rompió todo tipo de comunicación conmigo y se fue con él a pasar el puente. Yo me quedé en casa los 4 días, desconsolado, traicionado, dolido y herido. Volviéndome loco (metafórica o literalmente, no estoy seguro). !!!Solo 4 semanas después del juicio y un mes después de que hiciera que me metieran entre rejas!!!


Jamás, después de aquel día, he tenido la oportunidad de hablar con ella.

continuará...