miércoles, 9 de abril de 2014

UN SECRETO INVIOLABLE...

El pensamiento de que uno es una víctima inocente o de que tiene derecho a indignarse es típico de aquellas personas que, de un modo u otro, tienden a la agresión.  Una vez que este tipo de pensamientos – como por ejemplo la justa indignación – se automatizan, desempeñan un papel autoconfirmante y, de este modo, la persona que se siente víctima acecha constantemente todo lo que hace el otro para poder confirmar su propia opinión de que está siendo atacado o menospreciado, ignorando, al mismo tiempo, todo acto mínimamente positivo que pueda cuestionar o contradecir esta visión “Daniel Goleman, en Inteligencia Emocional”

Es brillante y muy acertado como el bueno del señor Goleman describe el proceso que algunas personas tienen para permanecer en una posición en las que se encuentran relativamente cómodas. ¿Cómo salir de la estabilidad que proporciona el victimismo?

El otro día leí una frase muy graciosa que decía: “el cerebro tiene forma redonda para que los pensamientos puedan cambiar de dirección” Pero esto es una utopía, un ideal, todo hay que decirlo. Digamos que vivimos en una sociedad en la que es más fácil esforzarse para que nuestro cuerpo cambie y se nos marquen los abdominales que para que nuestros pensamientos nos encaminen a la objetividad y nos alejen del autoengaño que, paradójicamente, nos de la tranquilidad suficiente para podemos ir al gimnasio a lucir palmito. Eso se traduce en un hecho empírico: Los gimnasios están lleno de gente, mientras que las librerías se encuentran vacías. Culto al cuerpo y olvido de la mente pensante. Total, ¿para qué?

¿Quién quiere hacer un esfuerzo para alcanzar una meta que no se gratifica? No se recompensa un pensamiento lógico y sí un cuerpo armonioso. Esa es la cruel realidad que nos asola y que arrasa, y arruinará, nuestras relaciones interpersonales. Y si no, tiempo al tiempo.
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Y allí estabas tú, tumbada en tu colchoneta de color verde, protegiendo tu frágil cuerpo de las irregularidades del terreno, buscando la comodidad entre el bullicio de escaladores que, impulsados por las endorfinas primaverales, alterados, pelean por un trozo de roca caliente que sacien de dopamina sus fríos cuerpos. Allí estabas tú, como si no hubiera pasado el tiempo. Pero sí que ha pasado. Ahora estás más alta. Tu cabeza sobrepasa ya mis hombros, aunque sigues siendo realmente delgada, y sigues siendo realmente bella. Quizás mi percepción de la belleza sea subjetiva cuando se trate de tu persona y a través de mis pupilas solo entre magia cuando te miro. Todo apunta a que no transcurrirá mucho tiempo hasta que te desarrolles y te conviertas en una mujer y aún recuerdo el olor a bebé que  desprendías cuando te conocí. Tu mirada es tímida, como casi siempre. Me acerco a ti con recelo, temeroso de tu reacción. No es que te tema a ti princesa, sino el modo en el que pudieran haber sido alterados tus pensamientos en todo este tiempo, cómo pudieran haber moldeado tus sentimientos, pues eres frágil y moldeable, y pueden e intentan aprovecharse de eso. Pero modificar los pensamientos de una niña de once años es más fácil que cambiar sus sentimientos. Para esto último se necesita más tiempo. Los sentimientos están ligados a las emociones y éstas están implícitas en ti incluso antes de que aprendieras a hablar, incluso antes de que aprendieras que la realidad es moldeable al antojo de personas que buscan la tranquilidad del victivismo y juegan con los sentimientos y emociones de una niña frágil, maleable  y flexible como tú.

Me arrodillo a tu lado y ahora, de nuevo, parece que todo es como antes. No creo que hayan servido demasiado los esfuerzos de todas esas personas que han intentado hacerte creer que yo era mala persona. Me pongo en tu situación y debe ser difícil. Debe ser realmente complicado ver en mí maldad alguna. Sé que alguna vez te has dejado llevar por la impulsividad agresiva de las personas que tenías al lado, pero ahora estamos tú y yo, solos, en ese trocito de colchoneta verde. Y te susurro al oído. Froto mi mejilla contra la tuya y sonríes cuando te advierto que “no pincho”, pues me acabo de afeitar dos horas antes, como si predijera que este momento se produciría. Te doy la mano y te levanto con la excusa de poder comprobar una vez más cuán alta estás, pero es un pretexto para tenerte frente a mí, y así poder abrazarte y cogerte en mis brazos. Me hacía tanta falta este momento...

Durante toda la tarde te observo. Una sensación extraña recorre todo mi cuerpo. Es la imagen que siempre he tenido grabada en algún lugar de mi memoria y que ahora se repite haciendo que ésta se consolide aún más en mi cabeza.

Te marchas. Y esa sensación extraña adquiere carácter. Y toda la felicidad que he sentido al poder verte se difumina; y tristeza y alegría luchan por apoderarse de mi alma. Y cuanto más pasa el tiempo más gana una y más pierde la otra. Y te vuelvo a extrañar.

Pero tuve ese momento. El momento en que te susurré al oído. El momento en el que te conté un secreto que querías oír y, aunque quizás aún no seas capaz de darle significado y de colocarlo en el lugar preciso, un día, no dentro de mucho, podrás hacerlo. Y ese día estarás más cerca de esa realidad que te describí en nuestro secreto.


Y todavía algunos dicen que me olvide de ti porque no soy tu padre….

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