domingo, 20 de abril de 2014

GRAZIE BELLAS....

Imagínese una playa amplia y espaciosa, de arena blanquecina, típica de los mares del atlántico; o si lo desea, imagine también una playa de arena oscura del mediterráneo, pues al caso es lo mismo. Desde la distancia no dejan de ser grandes extensiones de arena homogénea, casi uniforme, sólo moldeada por las pisadas ingenuas de algunos turistas despistados e ignorantes o quizás de aquellos que, distraídos con un ritmo demasiado acelerado para discernir la verdadera esencia del lugar, no son capaces de percibir más que el continuo ir y venir de las olas.

 Ahora párese un momento. Tiéndase en la arena. No utilice toalla alguna, solo usted y la arena. Túmbese boca abajo con los brazos extendidos y con las palmas de las manos abiertas en contacto con la arena. Sienta el calor de ésta, su tacto, su textura e incluso su olor. Agarre un puñado de arena, acérqueselo, obsérvelo desde cerca  y descubrirá que, entre cada uno de esos cientos de granos de arena que antes parecían  iguales, hay muchos que se diferencian de la gran mayoría. Una vez que hemos sido capaces de detenernos, de parar un momento, de querer darnos cuenta y de observar desde cerca, es cuando hemos podido percibir que, en un mar de arena, no todos los granos son iguales. Y son esos, los que se salen del molde, los que pasan desapercibidos, los que en este océano de arena no son capaces de alterar el colorido de la playa, los granos más bellos.

Imagínese ahora una visión de nuestro planeta desde el espacio. Imagínese que tiene una cámara de fotos con un teleobjetivo tan grande que puede llegar a ver todos los rincones del planeta. Podría pensar que, al fin y al cabo, todos somos iguales. Pero al igual que en la blanca arena del atlántico, o la oscura arena del mediterráneo, hay rincones en esta playa que merecen ser contemplados por su belleza.

Ahí, todo recto, en algún lugar entre Moclín y la nada, en algún lugar que parece no existir, los granos de arena se tornan pepitas de oro y el silencio se rompe con cinco sonrisas.

Desde la lejanía el lugar parece frío, sin vida, quieto, inerte, muerto. A medida que subes las escaleras metálicas se oye una suave y placentera melodía y, de repente, aquel tétrico lugar se vuelve hogar. Como si por algún motivo desconocido para nosotros dos ángeles quisieran regalarnos unos minutos en el paraíso. El nirvana en todo su esplendor.

¿Y ahora qué?

Ahora podemos creer lo que queramos, pues es indiferente. Podemos vivir engañados creyendo que todos somos iguales, creyendo que solo hay un camino válido, creyendo que no hay más belleza que las que nos quieren imponer. Creemos vivir en libertad en un mundo que para ser libre tienes que no tener alas. Podemos coger el camino fácil, aquel camino que ya sabemos dónde nos lleva y que nos traerá de vuelta al principio. Podemos vivir frenéticamente para tener un poco más, cuando ahora sabemos que más puede significar menos, cuando sabemos que para ser feliz basta con estar en el momento adecuado, con las personas correctas, con ustedes dos, ya sea en un palacio de metal, en un carruaje viejo dando vueltas en círculos por una ciudad fantasma, tocando el vacío a doscientos metros del suelo o, simplemente, dando rienda suelta a nuestro ser creativo y, por unas horas, haciendo desaparecer cualquier brizna  de lógica en un mundo totalmente carente de ella.


Gazie bellíssimas

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