viernes, 25 de abril de 2014

EN MIS SUEÑOS...

Hoy he soñado que iba a verte y cuando llegué a la habitación estabas metida en la cama. Estabas tiritando, temblorosa. Al entrar en la habitación tú me miraste. No mostrabas el más mínimo síntoma en tu mirada de todo ese miedo que te han intentado incitar hacia mí. Tu rostro no era el de ahora, sino el de hace algunos años. Quizás tuvieras seis o siete años en este sueño. Estabas muy arropada y, aún así, tiritabas de frío. Te destapé momentáneamente y me metí contigo en la cama. Recuerdo bien que una de las mantas tenías estampados de vaquita. Es curioso esto de los sueños, porque es tu almohada de dormir en el campo la que tiene ese tipo de estampados. Mamá no estaba. Debía haber salido brevemente, quizás para ir a por medicinas para ti. Quizás no estábamos en casa. La sensación era que estábamos en alguno de esos pueblos que solíamos visitar cuando íbamos a escalar cualquier fin de semana. Quizás fuera grazalema, o algún otro pueblo. ¿Montefrío quizás?

Toqué tu frente y estabas ardiendo. Al principio decías que no era nada. Supongo porque sabías que te ibas a perder todo ese jaleo que tanto te gusta cuando de una feria se trata. Quizás fuera la fiesta de los bandoleros de grazalema. Segundos después te resignaste y admitiste que estabas malita, y que quizás debieras dormir un poco para poder recuperarte. Yo te prometí que si dormías un poco, a la mañana siguiente, seguro que estarías mejor y yo te llevaría a montar en todas las atracciones de la feria al despertar. Olías como tú. A Siani…

(Esto lo escribí a las 7:15 de la mañana del 25 de abril de 2014. Justo después de despertar, pues no quería que ese momento tan tierno a tu lado se borrara de mis recuerdos para siempre. Ahora tengo otro momento "vivido" a tu lado grabado para siempre en mis recuerdos, aún sin ser real, por lo menos esta vez)

Te echo de menos gordita. Te quiero

domingo, 20 de abril de 2014

GRAZIE BELLAS....

Imagínese una playa amplia y espaciosa, de arena blanquecina, típica de los mares del atlántico; o si lo desea, imagine también una playa de arena oscura del mediterráneo, pues al caso es lo mismo. Desde la distancia no dejan de ser grandes extensiones de arena homogénea, casi uniforme, sólo moldeada por las pisadas ingenuas de algunos turistas despistados e ignorantes o quizás de aquellos que, distraídos con un ritmo demasiado acelerado para discernir la verdadera esencia del lugar, no son capaces de percibir más que el continuo ir y venir de las olas.

 Ahora párese un momento. Tiéndase en la arena. No utilice toalla alguna, solo usted y la arena. Túmbese boca abajo con los brazos extendidos y con las palmas de las manos abiertas en contacto con la arena. Sienta el calor de ésta, su tacto, su textura e incluso su olor. Agarre un puñado de arena, acérqueselo, obsérvelo desde cerca  y descubrirá que, entre cada uno de esos cientos de granos de arena que antes parecían  iguales, hay muchos que se diferencian de la gran mayoría. Una vez que hemos sido capaces de detenernos, de parar un momento, de querer darnos cuenta y de observar desde cerca, es cuando hemos podido percibir que, en un mar de arena, no todos los granos son iguales. Y son esos, los que se salen del molde, los que pasan desapercibidos, los que en este océano de arena no son capaces de alterar el colorido de la playa, los granos más bellos.

Imagínese ahora una visión de nuestro planeta desde el espacio. Imagínese que tiene una cámara de fotos con un teleobjetivo tan grande que puede llegar a ver todos los rincones del planeta. Podría pensar que, al fin y al cabo, todos somos iguales. Pero al igual que en la blanca arena del atlántico, o la oscura arena del mediterráneo, hay rincones en esta playa que merecen ser contemplados por su belleza.

Ahí, todo recto, en algún lugar entre Moclín y la nada, en algún lugar que parece no existir, los granos de arena se tornan pepitas de oro y el silencio se rompe con cinco sonrisas.

Desde la lejanía el lugar parece frío, sin vida, quieto, inerte, muerto. A medida que subes las escaleras metálicas se oye una suave y placentera melodía y, de repente, aquel tétrico lugar se vuelve hogar. Como si por algún motivo desconocido para nosotros dos ángeles quisieran regalarnos unos minutos en el paraíso. El nirvana en todo su esplendor.

¿Y ahora qué?

Ahora podemos creer lo que queramos, pues es indiferente. Podemos vivir engañados creyendo que todos somos iguales, creyendo que solo hay un camino válido, creyendo que no hay más belleza que las que nos quieren imponer. Creemos vivir en libertad en un mundo que para ser libre tienes que no tener alas. Podemos coger el camino fácil, aquel camino que ya sabemos dónde nos lleva y que nos traerá de vuelta al principio. Podemos vivir frenéticamente para tener un poco más, cuando ahora sabemos que más puede significar menos, cuando sabemos que para ser feliz basta con estar en el momento adecuado, con las personas correctas, con ustedes dos, ya sea en un palacio de metal, en un carruaje viejo dando vueltas en círculos por una ciudad fantasma, tocando el vacío a doscientos metros del suelo o, simplemente, dando rienda suelta a nuestro ser creativo y, por unas horas, haciendo desaparecer cualquier brizna  de lógica en un mundo totalmente carente de ella.


Gazie bellíssimas

miércoles, 9 de abril de 2014

UN SECRETO INVIOLABLE...

El pensamiento de que uno es una víctima inocente o de que tiene derecho a indignarse es típico de aquellas personas que, de un modo u otro, tienden a la agresión.  Una vez que este tipo de pensamientos – como por ejemplo la justa indignación – se automatizan, desempeñan un papel autoconfirmante y, de este modo, la persona que se siente víctima acecha constantemente todo lo que hace el otro para poder confirmar su propia opinión de que está siendo atacado o menospreciado, ignorando, al mismo tiempo, todo acto mínimamente positivo que pueda cuestionar o contradecir esta visión “Daniel Goleman, en Inteligencia Emocional”

Es brillante y muy acertado como el bueno del señor Goleman describe el proceso que algunas personas tienen para permanecer en una posición en las que se encuentran relativamente cómodas. ¿Cómo salir de la estabilidad que proporciona el victimismo?

El otro día leí una frase muy graciosa que decía: “el cerebro tiene forma redonda para que los pensamientos puedan cambiar de dirección” Pero esto es una utopía, un ideal, todo hay que decirlo. Digamos que vivimos en una sociedad en la que es más fácil esforzarse para que nuestro cuerpo cambie y se nos marquen los abdominales que para que nuestros pensamientos nos encaminen a la objetividad y nos alejen del autoengaño que, paradójicamente, nos de la tranquilidad suficiente para podemos ir al gimnasio a lucir palmito. Eso se traduce en un hecho empírico: Los gimnasios están lleno de gente, mientras que las librerías se encuentran vacías. Culto al cuerpo y olvido de la mente pensante. Total, ¿para qué?

¿Quién quiere hacer un esfuerzo para alcanzar una meta que no se gratifica? No se recompensa un pensamiento lógico y sí un cuerpo armonioso. Esa es la cruel realidad que nos asola y que arrasa, y arruinará, nuestras relaciones interpersonales. Y si no, tiempo al tiempo.
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Y allí estabas tú, tumbada en tu colchoneta de color verde, protegiendo tu frágil cuerpo de las irregularidades del terreno, buscando la comodidad entre el bullicio de escaladores que, impulsados por las endorfinas primaverales, alterados, pelean por un trozo de roca caliente que sacien de dopamina sus fríos cuerpos. Allí estabas tú, como si no hubiera pasado el tiempo. Pero sí que ha pasado. Ahora estás más alta. Tu cabeza sobrepasa ya mis hombros, aunque sigues siendo realmente delgada, y sigues siendo realmente bella. Quizás mi percepción de la belleza sea subjetiva cuando se trate de tu persona y a través de mis pupilas solo entre magia cuando te miro. Todo apunta a que no transcurrirá mucho tiempo hasta que te desarrolles y te conviertas en una mujer y aún recuerdo el olor a bebé que  desprendías cuando te conocí. Tu mirada es tímida, como casi siempre. Me acerco a ti con recelo, temeroso de tu reacción. No es que te tema a ti princesa, sino el modo en el que pudieran haber sido alterados tus pensamientos en todo este tiempo, cómo pudieran haber moldeado tus sentimientos, pues eres frágil y moldeable, y pueden e intentan aprovecharse de eso. Pero modificar los pensamientos de una niña de once años es más fácil que cambiar sus sentimientos. Para esto último se necesita más tiempo. Los sentimientos están ligados a las emociones y éstas están implícitas en ti incluso antes de que aprendieras a hablar, incluso antes de que aprendieras que la realidad es moldeable al antojo de personas que buscan la tranquilidad del victivismo y juegan con los sentimientos y emociones de una niña frágil, maleable  y flexible como tú.

Me arrodillo a tu lado y ahora, de nuevo, parece que todo es como antes. No creo que hayan servido demasiado los esfuerzos de todas esas personas que han intentado hacerte creer que yo era mala persona. Me pongo en tu situación y debe ser difícil. Debe ser realmente complicado ver en mí maldad alguna. Sé que alguna vez te has dejado llevar por la impulsividad agresiva de las personas que tenías al lado, pero ahora estamos tú y yo, solos, en ese trocito de colchoneta verde. Y te susurro al oído. Froto mi mejilla contra la tuya y sonríes cuando te advierto que “no pincho”, pues me acabo de afeitar dos horas antes, como si predijera que este momento se produciría. Te doy la mano y te levanto con la excusa de poder comprobar una vez más cuán alta estás, pero es un pretexto para tenerte frente a mí, y así poder abrazarte y cogerte en mis brazos. Me hacía tanta falta este momento...

Durante toda la tarde te observo. Una sensación extraña recorre todo mi cuerpo. Es la imagen que siempre he tenido grabada en algún lugar de mi memoria y que ahora se repite haciendo que ésta se consolide aún más en mi cabeza.

Te marchas. Y esa sensación extraña adquiere carácter. Y toda la felicidad que he sentido al poder verte se difumina; y tristeza y alegría luchan por apoderarse de mi alma. Y cuanto más pasa el tiempo más gana una y más pierde la otra. Y te vuelvo a extrañar.

Pero tuve ese momento. El momento en que te susurré al oído. El momento en el que te conté un secreto que querías oír y, aunque quizás aún no seas capaz de darle significado y de colocarlo en el lugar preciso, un día, no dentro de mucho, podrás hacerlo. Y ese día estarás más cerca de esa realidad que te describí en nuestro secreto.


Y todavía algunos dicen que me olvide de ti porque no soy tu padre….