jueves, 6 de marzo de 2014

NUESTRO ÁLBUM... PARTE PRIMERA

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“Un escritor, no recuerdo cuál, decía que el dolor siempre hay que ponerlo sobre la mesa, saborearlo, hacerlo tangible; porque si hay algo peor que el dolor es la nada. Ese momento que, aunque ahora creas que no llegará, lo hará, y no sentirás nada, porque el tiempo pasa para todo el mundo. Ese momento en el que descubres que ya no te duele es el peor. Así que saborea el dolor un poco mientras dure. Es bonito el momento en el que todo te hace sangre” (Mi amiga Penélope)


Me hace sangre recordarte, mucha. Me hiere revivir cada uno de esos momentos vividos a tu lado. Están tan presentes en mí que no hace falta ni que cierre los ojos para que afloren desde todos los rincones de mi mente. Cada uno de esos instantes creó un estrecho vínculo en mi memoria, y seguramente perduren para siempre en ella. No encuentro mejor forma de llenar ese espacio de mi mente que con los de alguno de estos momentos.

Mamá bajó al coche a por algo que se le había olvidado, como de costumbre. Era la primera vez que tú y yo nos quedábamos solos, por lo menos sin que estuvieras dormida. Yo estaba sentado en aquella butaca ochentera y tú permanecías de pie, perdida, en mitad del salón. Yo te miraba y, de algún modo, llamé tu atención. Eras tan pequeña, bella y dulce por fuera que jamás pensé que pudieras ser tan sutilmente perversa y malvada. Me mirabas con eso ojitos recién horneados y, poco a poco, te acercabas. Callada y sigilosa te colocaste a escasos centímetros de mí. Sin quitarme ojo en ningún momento, tu pequeño pie derecho comenzó a moverse y se posó justo encima de mi pie izquierdo. Entonces apretaste con fuerza, claro que con toda la fuerza que podías tener a los tres años de edad. Quitabas el pie y, segundos después, volvías a pisarme. Así repetidas veces. Siempre sin quitar tu dulce y descabellada mirada sobre mí. Así hasta que llegó mamá…..

Un día, al despertar, como todos los días en los que no había cole, fuiste a nuestra habitación con toda esa energía que podía tener una niña de tres años después de haber dormido durante doce horas. Yo estaba de viaje en Estados Unidos en aquel momento y mamá aún se peleaba con las sábanas a esas horas, como de costumbre, nada nuevo. Entonces tú preguntaste: “Mamá, ¿y Jose?”. Mamá te dijo que yo estaba escalando y ahí fue cuando tú dijiste esa frase elocuente: “¡pero si de noche no se escala!” Con los años comprenderías que de noche también se escala, ¿recuerdas?

Otro día estábamos escalando en el sector La Bóveda de Grazalema. Hacía tanto calor que los camellos se estaban suicidando en el parking para camellos. Menos mal que nosotros aún teníamos la furgo. Entonces yo cogí y me quite el arnés, los gatos, la magnesera, la camiseta, los pantalones y los calzoncillos. Tu reías sin parar y mamá también. Lo de tus risas lo entiendo, no tanto las risas de mamá. En fin.. El caso es que te dije que no te rieras, que hacía tanta calor que iría de esa forma hasta el coche (para llegar al coche había que andar unos 200 metros por una carretera frecuentada de coches). Entonces te pregunté si te animabas. ¡¡Te animaste!!. Sí gorda, sabes que lo hiciste porque aún lo recuerdas, ¿verdad? Allá íbamos, tú y yo, desnudos, con la mochila en la espalda (imagen bochornosa) y mamá haciéndonos fotos mientras los coches tocaban el claxon. Podría haber acabado en tragedia…

Recuerdo cuando nos fuimos tú y yo solos a la feria de San Fernando y me sacaste una gran cantidad de dinero en pocas horas. Nos montamos en un cacharro de esos que dan más vueltas que mi cabeza en estos momentos. Estuve durante un rato intentando negociar contigo para que eligieras alguna atracción en la que no hiciera falta la compañía de un adulto. Negociar contigo venía a ser como negociar con mamá, derrota asegurada. Y allí estábamos, los dos montados. Tú flipándolo y yo acojonado. Eso empezó a moverse y yo te dije que tampoco era para tanto. Tú me miraste con esa sonrisa perversa que ya me enseñaste en nuestra primera “quedada” y dijiste: “No Jose, esto aún no ha empezado”. De repente, el puto cacharro comenzó a girar y a dar botes a toda velocidad. La barra de… “seguridad” parecía ser menos segura de lo que yo lo estoy siendo al escribir estas palabras, y el tipo encargado de animar el cotarro me decía que agarrara bien a la cría, cuando era la cría, eras tú, quién me tenía agarrado y se burlaba de mi miedo. Hala niña, a la noria pequeña... Lo peor fue cuando se te acabaron las pilas y tuve que llevarte en brazos hasta el coche, situado a más de dos kilómetros de la feria. Vaya paseíto. Aun te recuerdo en la cama esa noche. Con el pijama, despeinada, en estado de coma, pero con los labios perfectamente pintado de rojo pasión de gitana. Antes muerta que sencilla…

Recuerdo cuando te hacía el juego del pajarito (no seáis mal pensados) para que comieses y te encantaba. También cuando yo comenzaba a hacer guarradas en la mesa (he dicho que no seáis mal pensados) y te daba fatiga, pero eras incapaz de eliminar de tu mente el morbo que te producía  contemplar qué sucedía cuando yo hacía el “molinillo”. Recuerdo cuando te enseñaba los dedos, de uno en uno, y te preguntaba si el dedo índice picaba, y tú decías que no. Luego te preguntaba si el dedo incide y el anular juntos picaban, y tú decías que no. Más tarde te preguntaba si el dedo índice, el anular y el corazón juntos picaban, y tú me decías que no. Posteriormente te preguntaba si el dedo índice, el anular, el corazón y el meñique juntos picaban, y tú respondías que no. Y ahí es cuando te ponías a temblar, porque sabías que luego, todos juntos, con el dedo gordo, sí que picaban. Y entonces comenzaba la guerra de cosquillas…. Eso aún te lo hacía…

Tengo tantos recuerdos que no sé qué pensar cuando la gente me dice que lo mejor es que me olvide de ti. Me asusta que la gente diga y piense eso, ¿sabes? Qué sabrán ellos, ¿verdad? Pero sé que la memoria es traicionera gorda, y más aún cuando es alterada y manipulada por gente… Pero aquí estás a salvo, ¿sabes? En mis recuerdos, dentro de mi cabeza, en mi corazón desgarrado por tu ausencia. Un día serás lo suficientemente mayor para, por ti misma, poder poner en orden esa caja de los recuerdos que es tu mente, y entonces, ese día, encontrarás nuestro álbum. Te tumbarás en la cama, cerrarás los ojos y empezarás a pasar las hojas que hemos rellenado juntos. Verás algunas de estas historias y, seguramente, otras muchas que yo no sea capaz de recordar. Nuestro álbum contado por ti. Me encantaría verlo… Buenas noches princesa…. Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y TE AMO, a saco…

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