domingo, 9 de marzo de 2014

NADIE DIJO QUE FUERA JUSTO, PERO DEBERÍA SERLO...

La verdad es que no era consciente de que fuera hace ya casi quince años. Una imagen, unos minutos que siempre quedarán grabados en mi memoria. De hecho, que pareciera que fue hace menos tiempo es una clara muestra de que realmente quedó impregnado en mí aquel desenlace. A menudo lo recuerdo cuando pienso en la injusticia implícita que a menudo veo reflejada en nuestras vidas. En la mía y en la de muchas personas que a lo largo del tiempo he visto que lo dieron todo y, por caprichos del destino, aun así, perdieron “el partido”.

Corría el año 1999 y se disputaba la final de Champions League en un escenario sin igual, el majestuoso Camp Nou, estadio de mi  equipo favorito. Dos de los equipos de más renombre de la historia del fútbol, uno inglés, el Manchester United, y otro alemán, el Bayer de Munich,  se disputaban el título de mejor equipo de Europa. Cuando el partido tocaba a su fin, allá por el minuto noventa, el Bayer ganaba por la mínima (1-0) al Manchester U. Los hinchas alemanes ya celebraban el tan agraciado galardón y los cánticos de victoria se podían oír al unísono en el coliseum blaugrana. Pero antes de pitar el final del encuentro, el árbitro tenía, y debía, dejar algunos minutos de descuento por el tiempo perdido en el transcurso del choque. En ese tiempo, en esos minutos en los que el Bayer se sentía campeón y en los que solo debía correr el reloj, el equipo inglés se encontró con un saque de esquina a su favor. Beckham lanzó el corner y, después de varios rebotes, el balón llegó a Sheringhan y éste empató el partido bajo la mirada incrédula del guardameta alemán Oliver Kahn. Pero no hubiera sido tan épico, desastroso, único, malvado e injusto, sino hubiera ocurrido lo que aconteció un minuto después. El Bayer saca de centro, el partido ahora está en tablas y, casi sin darnos cuenta, de nuevo, un minuto después, otro saque de esquina a favor del equipo inglés. Beckhan saca de nuevo y, otro jugador del Manchester, Solskjaer, marca de nuevo a Oliver Kahn. En un minuto y medio, en el tiempo de descuento, mientras que los hinchas alemanes se veían campeones, el Manchester United remonta el partido y se convierten en campeones de Europa.

Recuerdo esa imagen de los jugadores alemanes tirados por el césped, apáticos, abatidos, incrédulos, mirando al cielo del coluseum blaugrana en busca de alguna explicación lógica del porqué de esa situación. El árbitro intentaba, en balde, consolar a los jugadores alemanes y trataba, no de manera exitosa, que éstos se levantaran del césped, pues debía pitar el final del encuentro. Es una imagen que nunca olvidaré.

Habían sido mejores, lo habían demostrado durante los noventa minutos en los que “fueron” campeones y, sin embargo, lo perdieron todo en un instante.

Recuerdo los días posteriores, las conversaciones con muchos amigos, las noticias que recorrían todo el mundo y que hablaban sobre lo que en aquellos dos minutos ocurrió. Recuerdo las portadas de los periódicos deportivos sensacionalistas, las burlas de los ingleses “polites” y la desconsolación alemana. Notaba un cierto tono de burla en el aire enrarecido de aquella semana, un tono de sarcasmo e ironía, de chufla y cachondeo, de mofa y recochineo por la sociedad en general sobre los alemanes y cómo éstos, creyéndose campeones, habían sufrido en sus carnes la penetrante sensación de la frustración de la mano de aquel tópico que dice que “nadie dijo que fuera justo”. Como la vida misma…

Hay veces que me siento así. Ahora me siento así. Como aquellos jugadores alemanes que permanecieron inertes, indiferentes y pasivos sobre la moqueta verde del coliseum blaugrana, pero con menos dinero, encima eso.

Y al igual que hicieron ellos, no podría hablar tanto de frustración como de injusticia, porque yo vi el partido, lo viví, y no fue justo. Al igual que ellos no puedo reclamar ante ningún árbitro, ni ante ningún juez, porque las normas establecidas, con sus agujeros nos guste o no, son así, lamentablemente para mí. Y eso es lo que hace que a veces me encuentre, tirado en la hierba, apático, incrédulo y abatido; mirando al cielo de cualquier coliseum en el que me encuentre intentado recibir una señal que me pudiera explicar el porqué de esta injusticia tan atroz, inhumana, sanguinaria y dura.

Tú te fuiste como se marchó aquel equipo inglés, y contigo te llevaste aquel trofeo que pude saborear durante esos noventa minutos, o esos ocho años, ¡¡¡qué más da!!! y fue tan doloroso como injusto; tan tremendamente injusto que hoy sigo tirado en la hierba.


El amor no se goza de la injusticia, no se alegra de la desgracia ajena, ni propaga murmuración maliciosa ni inmoral, sino se goza de la verdad, su delicia es practicar el bien e impartir la justicia y destacar la firmeza.

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