viernes, 21 de marzo de 2014

GESTIONAR LAS EMOCIONES

"Dadme una docena de niños sanos bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -medico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón-, prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”.  J. Watson

Claro que esa controvertida afirmación que realizó  el “bueno” de Watson se refería a otro modo de entender el aprendizaje, diferente del que hoy quiero hablar. Aunque, en definitiva, es cierto que no dista demasiado sobre la idea de Rousseau acerca de cómo venimos al mundo.  Éste se refería al entorno, al ambiente y  a las experiencias vividas como la causa principal de nuestra conducta y el moldeado que ésta sufre a lo largo de nuestra vida.

¿Qué ocurre biológicamente cuando aprendemos? Pongamos un ejemplo sobre uno de los muchos estudios que la neurociencia ha realizado. Lo explicaré de la forma más breve y simple posible.

Existen varias partes de nuestro cerebro que se encargan de las funciones de coordinación motriz. El experimento consistiría en realizar tres resonancias magnéticas estructurales a una serie de individuos voluntarios en tres momentos determinados: antes, justo después y un tiempo después de realizar una tarea. La tarea consistía en un entrenamiento para la realización de malabares. Durante un tiempo los voluntarios estuvieron entrenando diferentes ejercicios que requerían una habilidad motriz y de coordinación elevada. Los resultados fueron los esperados. Justo después del periodo de entrenamiento las áreas cerebrales implicadas en la realización de las habilidades requeridas para la tarea eran más grandes y las conexiones neuronales de dichas áreas eran más solidas que antes del periodo de entrenamiento. Por otro lado, después de un tiempo de la finalización del entrenamiento (tiempo en el que los voluntarios dejaron de realizar esa actividad por completo), las estructuras implicadas había vuelto a disminuir en tamaño y las conexiones entre las neuronas de las áreas implicadas presentaban menor activación, volviendo casi por completo al tamaño que presentaba antes del entrenamiento. Esto es un claro ejemplo de la plasticidad de nuestro cerebro y cómo se modifica en función de cómo lo trabajemos.

Y, entonces… ¿Y las emociones?

Esto que hemos explicado es lo que marca la diferencia entre una persona con habilidad de otra que no la tiene. Está claro que no podríamos obviar los factores genéticos, cierto. Pero, si Michael Jordan nunca hubiera entrenado, ¿se habría convertido en el mejor jugador, probablemente, de todos los tiempos? Lo dudo. Es obvio que la genética interviene pero, ¿en qué medida?

Llevo un tiempo pensando si esta argumentación se puede trasladar al mundo de las emociones.
¿Por qué existen personas más sensibles que otras? ¿Se pueden trabajar las emociones para llegar a ser una persona más empática de la misma forma que se adquiere destreza con un juego de malabares? Yo creo que sí. Al igual que en el caso de los malabaristas entrenados, otros estudios revelaron las diferencias estructurales propias que presentaban un grupo de psicópatas en las áreas implicadas en las emociones respecto a unos individuos sin dicha psicopatía.

Si no entrenas la memoria las conexiones neuronales implicadas en ella no se fortalecen, si no entrenas tu coordinación motora pasa exactamente lo mismo ,que no adquieres, por ejemplo, la habilidad necesaria para hacer que las tres pelotitas no caigan al suelo, y si no entrenas las emociones puede que dejes de sentir, o incluso que no llegues a hacerlo de una forma socialmente aceptada.

Y esto es por lo que nos alarmamos o, por lo menos yo, me alarmo. De una forma similar a lo que hablaba en el último post lanzo otra pregunta al aire, ¿estamos descuidando nuestro entrenamiento emocional? Y peor aún, ¿estamos pasando por alto el hecho de educar emocionalmente a las nuevas generaciones? ¿Es por esto por lo que diferenciamos entre gente "mala" y gente "buena"?


Un niño que encuentra un rompecabezas frustrante puede pedir ayuda a su ocupada madre. El niño recibe un mensaje si su madre expresa placer claro en su solicitud, y otro mensaje muy diferente si mamá responde con un lacónico: “no me molestes, tengo trabajo importante que hacer. “Daniel Goleman, autor de Inteligencia Emocional”

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