viernes, 7 de marzo de 2014

AGRESIÓN EN TIEMPOS DE HOY...

Hace unos días, mientras tomaba una cervecita social en una terraza del paseo marítimo, contemplé una situación que, aunque puede parecer de lo más normal, a mí me hizo pensar más de la cuenta, como de costumbre. Para ser sincero no sé cuán bueno es pensar más de la cuenta, pero es lo que hay. Pues solo con un pensamiento podemos llegar a tener una opinión y eso nos hace un poco más libres.

El caso es que junto a mí se encontraba una pareja de abuelos que habían llevado a pasear a su nieta en ese caluroso día primaveral y habían decidido, como yo, sentarse a contemplar el mar durante un rato tomando un aperitivo. La nieta se acerca a la abuela, ésta la abraza y le dice: “Eres la mejor…” 

No. Sinceramente no creo que seas la mejor. Además, ¿la mejor en qué? No sé si es del todo bueno que nuestros hijos crezcan creyendo que son los mejores, porque raramente será así. Y cuando crezcan, cuando se conviertan en adolescentes y descubran que hay gente más guapa, más inteligente, mejores estudiantes y mejores deportistas, en el niño se producirá un altercado emocional, porque las expectativas a las que había sido inducido desde pequeñito habrán sido trastocadas por la inevitable realidad. “Eres muy guapa, eres muy inteligente, buena estudiante y buena deportista, pero debes aceptar siempre que haya gente tan buena o mejor que tú” De esta forma eliminamos en buena parte el afán de competición, que no de ser competitivo, ya que esto último es muy necesario para que el individuo saque de sí mismo todo su potencial. Mejorar, que no ser mejor que los demás.

¿Qué puede ocurrir cuando las expectativas de un niño no se cumplen? Que la frustración aparezca por no haberse alcanzado la meta esperada y con ella, con la frustración, probablemente también florezca una conducta agresiva. No necesariamente claro está, pero no podemos obviar que uno de los factores por el que la agresividad puede aparecer y expresarse en un individuo es por la frustración de unas expectativas no cumplidas.

Puede parecer todo un tanto rocambolesco, cierto, pero analizaremos más detalladamente algunas cuestiones.

Vivimos en una sociedad consumista que diariamente nos alienta para que poseamos más, para que tengamos el mejor coche, el mejor trabajo, para que le demos envidia al vecino y al compañero de trabajo al que no podemos ver, todo sea dicho. En definitiva, para ser los mejores. A una edad ya está claro que está todo el “pescao vendio”. Es obvio que la chica del anuncio de George Clooney no se va a liar conmigo por mucho capuccino que tome. Pero, ¿y mi hijo? ¿Cuántas veces hemos visto convertida la frustración de unos padres en las expectativas de un niño?

Otra cuestión importante es que ahora los padres no pueden dedicar el tiempo suficiente y necesario en la correcta educación de sus hijos. De este modo, en muchas ocasiones, intentan paliar esa falta de atención o bien con regalos materiales, los cuales nunca van a mantener satisfecho al niño porque siempre llegará un producto mejor, o bien siendo permisivos el rato que puedan pasar juntos cada día.

Los niños de hoy pasan mucho tiempo al día pegados a la pantalla de un ordenador, de un teléfono móvil o de la televisión. La información al instante, manipulada y sensacionalista la mayoría de las veces, hace que el niño no tenga tiempo de procesar tanta información y éstos carecen, en muchos casos, de una figura que pueda gestionar toda la que recibe.

Todo esto es un sumatorio de factores que me llevan a pensar en las causas por las cuales una niña de catorce años le pegue una paliza a una compañera de clase mientras que los demás compañeros graban con los teléfonos móviles para, posteriormente, subirlo a las redes sociales.

La normalización de la agresividad. ¿Cuál creen que es la reacción de un niño o adolescente al contemplar un acto violento en televisión? No nos engañemos. Nos hemos acostumbrado a la violencia, tanto que podemos seguir mojando las patatas en salsa ali-oli mientras vemos como un francotirador le vuela la cabeza a Kennedy. Y eso también lo ven los niños. Pero ellos, a diferencia de nosotros, están aprendiendo a gestionar sus emociones. Cuando un niño ve un acto agresivo, que no tiene que ser necesariamente violento (digamos que la distinción entre agresividad y violencia es que ésta última se instrumentaliza) y no muestra ningún tipo de sentimiento empático por la víctima es que algo está pasando, algo grave y desastroso de las que seguramente veamos consecuencias en unos años.

Expectativas no cumplidas, frustración, agresividad o violencia y normalización de éstas sumadas a una forma de vida desestructurada y una educación pobre son las causas, desde mi humilde formade verlo, de que la empatía sea una palabra en vía de extinción.


Mi madre, al ver las imágenes y la noticia en televisión dijo: “Qué miedo tener, en esta época, un hijo adolescente” Pero yo me quedo en que los niños siguen naciendo igual que hace cuarenta, cincuenta o quinientos años. Más bien la cosa sería: “Qué miedo ser hijo de unos padres de esta época”

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