domingo, 16 de febrero de 2014

TE ECHO DE MENOS...

Te necesito. Me acabo de dar cuenta...

Son muchos días sin ti, quizás demasiados días. Nunca había pasado tanto tiempo alejado de ti, y es una sensación difícil de describir. A veces cierro los ojos y te recuerdo. Recuerdo todos esos momentos inolvidables, grabados a fuego en mi memoria. Cierro los ojos y me sudan las manos al recordar todas esas sensaciones que he vivido durante todos estos años en tu compañía,a tu lado. Inseparables. No eras algo que simplemente estaba ahí, eras algo más. Eras una forma de vida, un estilo armonioso de fantasía que inundaba mi imaginación a cada instante. Eras mi salvación diaria ante un mundo que no acababa de gustarme lo suficente. Eras mi recurso, mi guarida, y contigo estaba seguro, sobre todo por las noches. Cuando cerraba los ojos.

Han pasado casi cuatro meses desde que noté que te estabas yendo. En todo este tiempo acaso he podido acariciarte en un par de ocasiones, levemente, sabiendo que de una forma u otra eso no era lo mismo. Te ibas y yo sentía que no podía hacer nada por impedirlo. Y esa sensación me atravesaba al alma, dividía mi cuerpo partiéndolo en dos, como un ilusionista a la más atrevida de sus víctimas. En este tiempo no he dejado de pensar en ti. No sabía de qué forma actuar para recuperarte, para que volvieras a mi lado. O quizás era yo quien debiera acercarme a ti de nuevo, poco a poco, con la esperanza de que, de nuevo, me volvieras hacer vibrar, para que de nuevo pudieras sacar lo mejor de mí, como solías hacer antes, como tú sólo sabías hacer. Lo echo de menos. 

Cierro los ojos e intento recordar…

Las imágenes persisten en mi memoria y dudo que, ni el más insignificante recuerdo, ni el más efímero de cada uno de esos momentos que viví a tu lado puedan desvanecerse en algún lugar del cajón del olvido. 

Pero, de repente, me asusto. Un sudor frio recorre todo mi cuerpo y mis manos comienzan a temblar. Noto mi respiración acelerada y la sensación mas desgarradora que nunca imaginé se apodera de mí. Noto cómo la saliva de mi boca se agarra a mi dolorida garganta que no para de gritar, una y otra vez, y que no deja de aclamarte, de echarte de menos y de necesitarte. Me asusto porque con los ojos cerrados, pensando en ti, teniendo cada uno de esos momentos, cada una de esas imágenes que componen mi vida contigo, me he dado cuenta que he dejado de recordar tu olor.

¡No recuerdo tu olor, joder! 

Las imágenes siguen ahí, pero no puedo recordar tu olor. Y con esta sensación, con esta angustia me doy cuenta de cuánto me gustaba, de cuánto lo necesitaba. 

Intento tragar saliva y aprieto mis párpados fuertemente. Intento relajar mis húmedas manos. Las coloco sobre mis piernas, agarrotadas, y dejo que se sequen con la mínima presión que unas manos asustadas puede ejercer sobre mis viejos vaqueros, los mismos que siempre llevaba cuando iba contigo. Froto mis dedos, unos con otros, mientras no dejo de apretar mis párpados fuertemente, mientras no dejo de centrar toda mi atención en ti. 

Intento recordar tu tacto. Y lo hago, lo recuerdo. Noto como ahora mis pulsaciones disminuyen y una calma repentina y agradable me invade. Sigues ahí, has estado ahí todo este tiempo, latente, oculto, disfrazado ante este torbellino que se ha apoderado de mí. Quizás yo he sido el que te haya alejado. Pero sigues aún en mis recuerdos y eso me tranquiliza, me da esperanza.

Tu tacto es algo inherente a tu esencia, a cada una de las sensaciones que producías en mí. Recuerdo cada una de las sacudidas que experimentaba cuando te tocaba, cuando te acariciaba, cuando te apretaba. No siempre era igual esa sensación de tocarte, de palparte, de acariciarte. Eras diferente en cada situación, en cada circunstancia. Recuerdo el tacto suave y húmedo del verano con tanta intensidad como la seca, áspera e incluso, a veces, dolorosa sensación de tocarte en el gélido invierno. Pero eso lo era todo. Sentirte en las yemas de mis dedos hacía que me estremeciera  a cada instante, cada vez que tenía la oportunidad de hacerlo. Y me siento feliz por ello. No solo porque lo tengo aquí de nuevo en mi mente, sino porque acabo de recordar cuánto lo valoraba mientras lo tenía. Recuerdo esos instantes, cuando te tocaba y lo sentía. Tú notabas que yo lo valoraba, notabas que lo sentía, notabas lo que en mí producías, en lo que me convertía cuando lo hacía, y por eso me llevaste contigo tanto tiempo, por eso me dejaste llegar hasta lo más alto de ti.

Mis ojos siguen cerrados, pero ahora de una forma distinta. Siento la suavidad de mis pestañas y oigo mi respiración que rompe el silencio de una nueva noche en la que mis pensamientos están de nuevo contigo, allá a lo lejos, tan lejos.

Hoy tengo ganas de ti. Quizás porque he podido recuperarte en mis pensamientos, aunque no sea de una forma plena, porque ya olvidé tu olor. Pero una gran parte de ti sigue estando aquí, conmigo. Con eso me quedo. Me quedo con que no has desaparecido por completo y tengo cada imagen, cada instante y el recuerdo de tocarte.

Llevo cuatro meses sin escalar… lo echo de menos...




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