viernes, 21 de febrero de 2014

IMPEPINABLE...

“Lo que llamamos casualidad no es, ni puede ser, sino la causa ignorada de un efecto desconocido” Voltaire

¿Quizás alguien, aparte de nosotros dos, se diera cuenta de lo que allí estaba sucediendo?  

Carecía de realidad esa situación, ¿verdad? Era como cuando despiertas de un sueño y descubres que en él estaban entrelazadas un sinfín de circunstancias e historias, cada cual más extraña, cada cual más absurda e ilógica. Y no nos queda más remedio que sonreír, porque lo que en el sueño tenía sentido y coherencia, aquí y ahora, parece pertenecer a un guion malo de película barata.

Te has dado cuenta tan rápido como yo. Estamos sentados uno al lado del otro, pegados, casi piel con piel, y no quiero mirarte, ni ver la expresión de tus ojos, ni escuchar lo que piensas sobre lo que acaba de ocurrir. Sé que en estos momentos tu mente ha salido disparada a cualquier lugar en busca de algo de lógica y sentido común, en busca de alguna razón que pueda dar una pizca de sensatez a ese momento. A mí me ocurre igual, y lo sabes. Sé que no lo vamos a encontrar ahí fuera, que nadie, salvo nosotros, nos va  poder hacer entender por qué ha ocurrido. Rápidamente noto como ahora nuestras mentes se han fusionado, salvándose la una a la otra de esta locura, como si se necesitaran para sobrevivir. Puedo sentirlo. Se requieren la una a la otra para poder encontrar un apoyo, quizás un momento de lucidez, una explicación coherente que no termina de llegar nunca. Y entonces es cuando te miro, y sonríes, y me gusta ese momento. Porque ese segundo se ha hecho nuestro de repente,  nos lo hemos ganado, es nuestro instante, y nadie lo sabe, solo tú y yo, y eso me gusta aún más. Podría, de hecho lo hago, decir que me ha dado miedo, pero en realidad me ha encantado, y sé que a ti también. ¿A quién no le gusta que un sueño se convierta en realidad? O mejor aún, ¿a quién no le gusta que la realidad se convierta en un sueño?

Pero todo no acaba ahí; vuelve a ocurrir una segunda vez, y después una tercera, y no salimos de nuestro asombro. Seguimos inmóviles y perplejos ante esa extraña situación. ¿De qué va todo esto?

Hasta tres veces ha sucedido. Tan solo con que se hubiera producido una de esas tres circunstancias, cualquiera de ellas, solo una, ya me hubiera dado que pensar, ya hubiera herido mi razón. Pero, ¿qué hacer con las tres?

Nos limitamos simplemente a seguir ahí, callados, juntos, casi piel con piel, oyendo las voces perdidas de los actores secundarios de esta comedia que estamos viviendo y que nos ha llevado a un espacio atemporal e inexistente, divertido y único, especial, sin lugar a dudas. Porque es nuestro, es lo que lo hace único, casi perfecto. 

Nos toca buscar una explicación. ¿Acaso la vamos a encontrar en la distancia? No creo en el destino, y lo sabes. Porque creer en el destino es no tener el control de la situación, estar sometidos a los deseos de alguna fuerza superior, a los caprichos de la naturaleza, o quizás a las voluntades de los dioses. Más bien, como dice Voltaire, quizás no nos hayamos dado cuenta de lo que está ocurriendo hasta ahora. ¿La causa ignorada de un efecto desconocido?

Joder Voltaire, tú no estabas allí. No puede ser. Los tiempos han cambiado desde que nos dejaste, ¿no crees? Quizás ahora sí…

¿Debiéramos hacer caso a las señales aun cuando éstas parecen no decir absolutamente nada y solo sirvan para hacernos volar a una realidad ilusoria?


Seguramente sepas ya lo que voy a decir porque, entre otras cosas, quizás desde aquel mágico momento donde tu mente y la mía, aunque fuera por un instante, fueron solamente una, puedes leer mis pensamientos. Sabes que la única forma de averiguar el significado de esas señales es permanecer despiertos y seguir estando ahí, caminando, rodeando ese muro de ladrillos una y otra vez esperando que alguien se nos acerque y nos aleje de la realidad, y haga que nos miremos, y sonriamos, y esperemos juntos de nuevo otro antojo de eso que muchos llaman destino y otros causa ignorada de un efecto desconocido.

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