viernes, 21 de febrero de 2014

IMPEPINABLE...

“Lo que llamamos casualidad no es, ni puede ser, sino la causa ignorada de un efecto desconocido” Voltaire

¿Quizás alguien, aparte de nosotros dos, se diera cuenta de lo que allí estaba sucediendo?  

Carecía de realidad esa situación, ¿verdad? Era como cuando despiertas de un sueño y descubres que en él estaban entrelazadas un sinfín de circunstancias e historias, cada cual más extraña, cada cual más absurda e ilógica. Y no nos queda más remedio que sonreír, porque lo que en el sueño tenía sentido y coherencia, aquí y ahora, parece pertenecer a un guion malo de película barata.

Te has dado cuenta tan rápido como yo. Estamos sentados uno al lado del otro, pegados, casi piel con piel, y no quiero mirarte, ni ver la expresión de tus ojos, ni escuchar lo que piensas sobre lo que acaba de ocurrir. Sé que en estos momentos tu mente ha salido disparada a cualquier lugar en busca de algo de lógica y sentido común, en busca de alguna razón que pueda dar una pizca de sensatez a ese momento. A mí me ocurre igual, y lo sabes. Sé que no lo vamos a encontrar ahí fuera, que nadie, salvo nosotros, nos va  poder hacer entender por qué ha ocurrido. Rápidamente noto como ahora nuestras mentes se han fusionado, salvándose la una a la otra de esta locura, como si se necesitaran para sobrevivir. Puedo sentirlo. Se requieren la una a la otra para poder encontrar un apoyo, quizás un momento de lucidez, una explicación coherente que no termina de llegar nunca. Y entonces es cuando te miro, y sonríes, y me gusta ese momento. Porque ese segundo se ha hecho nuestro de repente,  nos lo hemos ganado, es nuestro instante, y nadie lo sabe, solo tú y yo, y eso me gusta aún más. Podría, de hecho lo hago, decir que me ha dado miedo, pero en realidad me ha encantado, y sé que a ti también. ¿A quién no le gusta que un sueño se convierta en realidad? O mejor aún, ¿a quién no le gusta que la realidad se convierta en un sueño?

Pero todo no acaba ahí; vuelve a ocurrir una segunda vez, y después una tercera, y no salimos de nuestro asombro. Seguimos inmóviles y perplejos ante esa extraña situación. ¿De qué va todo esto?

Hasta tres veces ha sucedido. Tan solo con que se hubiera producido una de esas tres circunstancias, cualquiera de ellas, solo una, ya me hubiera dado que pensar, ya hubiera herido mi razón. Pero, ¿qué hacer con las tres?

Nos limitamos simplemente a seguir ahí, callados, juntos, casi piel con piel, oyendo las voces perdidas de los actores secundarios de esta comedia que estamos viviendo y que nos ha llevado a un espacio atemporal e inexistente, divertido y único, especial, sin lugar a dudas. Porque es nuestro, es lo que lo hace único, casi perfecto. 

Nos toca buscar una explicación. ¿Acaso la vamos a encontrar en la distancia? No creo en el destino, y lo sabes. Porque creer en el destino es no tener el control de la situación, estar sometidos a los deseos de alguna fuerza superior, a los caprichos de la naturaleza, o quizás a las voluntades de los dioses. Más bien, como dice Voltaire, quizás no nos hayamos dado cuenta de lo que está ocurriendo hasta ahora. ¿La causa ignorada de un efecto desconocido?

Joder Voltaire, tú no estabas allí. No puede ser. Los tiempos han cambiado desde que nos dejaste, ¿no crees? Quizás ahora sí…

¿Debiéramos hacer caso a las señales aun cuando éstas parecen no decir absolutamente nada y solo sirvan para hacernos volar a una realidad ilusoria?


Seguramente sepas ya lo que voy a decir porque, entre otras cosas, quizás desde aquel mágico momento donde tu mente y la mía, aunque fuera por un instante, fueron solamente una, puedes leer mis pensamientos. Sabes que la única forma de averiguar el significado de esas señales es permanecer despiertos y seguir estando ahí, caminando, rodeando ese muro de ladrillos una y otra vez esperando que alguien se nos acerque y nos aleje de la realidad, y haga que nos miremos, y sonriamos, y esperemos juntos de nuevo otro antojo de eso que muchos llaman destino y otros causa ignorada de un efecto desconocido.

domingo, 16 de febrero de 2014

TE ECHO DE MENOS...

Te necesito. Me acabo de dar cuenta...

Son muchos días sin ti, quizás demasiados días. Nunca había pasado tanto tiempo alejado de ti, y es una sensación difícil de describir. A veces cierro los ojos y te recuerdo. Recuerdo todos esos momentos inolvidables, grabados a fuego en mi memoria. Cierro los ojos y me sudan las manos al recordar todas esas sensaciones que he vivido durante todos estos años en tu compañía,a tu lado. Inseparables. No eras algo que simplemente estaba ahí, eras algo más. Eras una forma de vida, un estilo armonioso de fantasía que inundaba mi imaginación a cada instante. Eras mi salvación diaria ante un mundo que no acababa de gustarme lo suficente. Eras mi recurso, mi guarida, y contigo estaba seguro, sobre todo por las noches. Cuando cerraba los ojos.

Han pasado casi cuatro meses desde que noté que te estabas yendo. En todo este tiempo acaso he podido acariciarte en un par de ocasiones, levemente, sabiendo que de una forma u otra eso no era lo mismo. Te ibas y yo sentía que no podía hacer nada por impedirlo. Y esa sensación me atravesaba al alma, dividía mi cuerpo partiéndolo en dos, como un ilusionista a la más atrevida de sus víctimas. En este tiempo no he dejado de pensar en ti. No sabía de qué forma actuar para recuperarte, para que volvieras a mi lado. O quizás era yo quien debiera acercarme a ti de nuevo, poco a poco, con la esperanza de que, de nuevo, me volvieras hacer vibrar, para que de nuevo pudieras sacar lo mejor de mí, como solías hacer antes, como tú sólo sabías hacer. Lo echo de menos. 

Cierro los ojos e intento recordar…

Las imágenes persisten en mi memoria y dudo que, ni el más insignificante recuerdo, ni el más efímero de cada uno de esos momentos que viví a tu lado puedan desvanecerse en algún lugar del cajón del olvido. 

Pero, de repente, me asusto. Un sudor frio recorre todo mi cuerpo y mis manos comienzan a temblar. Noto mi respiración acelerada y la sensación mas desgarradora que nunca imaginé se apodera de mí. Noto cómo la saliva de mi boca se agarra a mi dolorida garganta que no para de gritar, una y otra vez, y que no deja de aclamarte, de echarte de menos y de necesitarte. Me asusto porque con los ojos cerrados, pensando en ti, teniendo cada uno de esos momentos, cada una de esas imágenes que componen mi vida contigo, me he dado cuenta que he dejado de recordar tu olor.

¡No recuerdo tu olor, joder! 

Las imágenes siguen ahí, pero no puedo recordar tu olor. Y con esta sensación, con esta angustia me doy cuenta de cuánto me gustaba, de cuánto lo necesitaba. 

Intento tragar saliva y aprieto mis párpados fuertemente. Intento relajar mis húmedas manos. Las coloco sobre mis piernas, agarrotadas, y dejo que se sequen con la mínima presión que unas manos asustadas puede ejercer sobre mis viejos vaqueros, los mismos que siempre llevaba cuando iba contigo. Froto mis dedos, unos con otros, mientras no dejo de apretar mis párpados fuertemente, mientras no dejo de centrar toda mi atención en ti. 

Intento recordar tu tacto. Y lo hago, lo recuerdo. Noto como ahora mis pulsaciones disminuyen y una calma repentina y agradable me invade. Sigues ahí, has estado ahí todo este tiempo, latente, oculto, disfrazado ante este torbellino que se ha apoderado de mí. Quizás yo he sido el que te haya alejado. Pero sigues aún en mis recuerdos y eso me tranquiliza, me da esperanza.

Tu tacto es algo inherente a tu esencia, a cada una de las sensaciones que producías en mí. Recuerdo cada una de las sacudidas que experimentaba cuando te tocaba, cuando te acariciaba, cuando te apretaba. No siempre era igual esa sensación de tocarte, de palparte, de acariciarte. Eras diferente en cada situación, en cada circunstancia. Recuerdo el tacto suave y húmedo del verano con tanta intensidad como la seca, áspera e incluso, a veces, dolorosa sensación de tocarte en el gélido invierno. Pero eso lo era todo. Sentirte en las yemas de mis dedos hacía que me estremeciera  a cada instante, cada vez que tenía la oportunidad de hacerlo. Y me siento feliz por ello. No solo porque lo tengo aquí de nuevo en mi mente, sino porque acabo de recordar cuánto lo valoraba mientras lo tenía. Recuerdo esos instantes, cuando te tocaba y lo sentía. Tú notabas que yo lo valoraba, notabas que lo sentía, notabas lo que en mí producías, en lo que me convertía cuando lo hacía, y por eso me llevaste contigo tanto tiempo, por eso me dejaste llegar hasta lo más alto de ti.

Mis ojos siguen cerrados, pero ahora de una forma distinta. Siento la suavidad de mis pestañas y oigo mi respiración que rompe el silencio de una nueva noche en la que mis pensamientos están de nuevo contigo, allá a lo lejos, tan lejos.

Hoy tengo ganas de ti. Quizás porque he podido recuperarte en mis pensamientos, aunque no sea de una forma plena, porque ya olvidé tu olor. Pero una gran parte de ti sigue estando aquí, conmigo. Con eso me quedo. Me quedo con que no has desaparecido por completo y tengo cada imagen, cada instante y el recuerdo de tocarte.

Llevo cuatro meses sin escalar… lo echo de menos...




viernes, 14 de febrero de 2014

Tienes miedo?? EXPONTE....

Nuestro cerebro. Ese entramado mundo de conexiones neuronales que nos hacen partícipe de nuestra propia existencia, de lo que somos. Nuestro cerebro empezó a formarse a las tres semanas de que fuéramos concebidos y, hoy en día, nos guste o no, sigue modificándose con cada acción, con cada pensamiento, con cada sentimiento  y emoción. Lo “otro”, esa masa gelatinosa con diferentes estructuras compuesta de materia gris, y a lo que  muchos llaman cerebro es el encéfalo. Allí se reúnen, por así decirlo, todas esas conexiones de las que hablaba, para dar origen a nuestro comportamiento, nuestros deseos, nuestros miedos. En definitiva, nuestra conducta. Somos lo que somos regidos por la máquina más sofisticada y compleja del universo. Sí, más incluso que el IPhone5  y el Ipad2 al mismo tiempo. Cien mil millones de neuronas que se conectan entre sí, más de cien billones de estas conexiones que conforman nuestra personalidad, nuestra conducta, nuestra identidad.

El encéfalo está formado por un montón de partes diferentes, muchas de ellas similares a las de otras especies animales. Otras, en cambio, evolucionaron a lo largo de nuestra historia, e  hicieron de nosotros  esos seres “pensantes” que somos hoy  en día. A saber…

Mientras escribo estas palabras hay una mosca revoloteando entre mi cara y la pantalla del ordenador. No sé exactamente qué está buscando. Se posa una y otra vez en mi mano izquierda, donde tengo una pequeña herida aun sin cicatrizar. Busca alimento ajena del peligro que pueden generar sus acciones para su supervivencia. Por otro lado, esta criatura, tan diminuta y frágil como molesta, es la que me ha hecho escribir estas palabras. 

Alentado por una mosca....

Tengo su vida en mis manos. Puedo decidir ahora mismo si matarla o, por el contrario, abrir la ventana de mi escritorio, armarme de paciencia y esperar que emprenda su marcha en busca de algún excremento que haya dejado mi perra Luna por el jardín esta mañana.

Existe una región en nuestro encéfalo que se llama cortex prefrontal. Es la última zona encefálica que se ha desarrollado en cualquier especie. Esta zona es la encargada de lo que se conoce como Funciones Ejecutivas. Esto quiere decir que es la zona que ejerce el control de nuestra conducta, la inhibición de acciones que pudieran ejercer algún tipo de peligro para nuestra supervivencia o, en menor medida, cualquier tipo de conducta que pudiera tener consecuencias indeseadas en nuestras vidas. Si mato a la mosca podría sentirme mal, porque decidí por su vida, pudiéndole haber dado unas horas más de libertad.

“El hombre no reacciona pasivamente a la información que recibe, sino que crea intenciones, forma planes y programas de sus acciones, inspecciona su ejecución y regula su conducta para que esté de acuerdo con estos planes y programas; finalmente, verifica su actividad consciente, comparando los efectos de sus acciones con las intenciones originales, corrigiendo cualquier error que haya cometido. (Luria, 1979)”

Hay otra región más primitiva en nuestro encéfalo y que es vital para la supervivencia de cualquier ser vivo. La amígdala. Una región más interna compuesta por diferentes estructuras, entre ellas la amígdala, que se llama sistema límbico. Allí están las amígdalas, porque realmente son dos (cuatro si contamos las de la garganta, pero No tienen nada que ver). La amígdala, la del encéfalo, es la que controla el miedo, las emociones, el aprendizaje de estas situaciones de peligro. Ante un estímulo amenazante, la amígdala se activa. Esta activación desencadena una serie de mecanismos fisiológicos que nos disponen para realizar una de estas dos acciones: Luchar o huir. Nuestra frecuencia cardíaca se dispara, el corazón bombea más sangre a los músculos esqueléticos para que éstos estén preparados para luchar o para correr, para realizar una acción defensiva que garantice nuestra supervivencia.

Algo muy interesante, y sobre lo que realmente quiero hablar, es de las conexiones existentes entre estas dos regiones mencionadas anteriormente. El cortex prefrontal y la amígdala.

Estás escalando. Eres principiante y algún imprudente amigo te ha convencido para que te metas en una vía de primero.  Al principio parece que todo está controlado, pero cuando llegas a la sección clave de la vía notas que te estás quedando sin fuerzas y que no vas a ser capaz de resolver esa secuencia de movimientos. Miras hacia abajo y la última chapa queda allí, lejos, muy por debajo de tus temblorosos pies. El corazón se dispara, un sudor frío recorre todo tu cuerpo y no sabes qué cojones hacer. Tu amígdala se ha activado a tope.

Tienes miedo, quieres que eso acabe, pero no puedes controlar la situación. Tu corazón late más y más deprisa. Y caes. Gritas horrorizado ante la situación más peligrosa de tu vida. Un segundo después todo ha acabado, la cuerda ha detenido la caída. No ha pasado absolutamente nada y estás bien. Quizás un poco furioso al escuchar las carcajadas de tu asegurador algunos metros por debajo tuya,  en el confortable suelo; firme y horizontal. Capullo...

Como dije al principio, nuestro cerebro se modula y modifica a lo largo de nuestra vida. Con cada situación, con cada acción; en definitiva, con nuestra experiencia. Es ésta la que hace que nuestras conexiones vayan cambiando día a día y, por lo tanto, nosotros también.

Ese mismo día ves como otros escaladores más experimentados que escalan cosas más difíciles caen una y otra vez. No muestran horror ni miedo alguno. Se han visto expuestos a esa misma situación infinidad de ocasiones. En sus mentes algo funciona de forma diferente. Incluso tienes la sensación de que llegan a disfrutar en esas situaciones en las que tú te has hecho, metafórica,  o literalmente me atrevería a decir, caquita.

¿Qué es lo  que ocurre?

Cuando existe una situación de peligro la amígdala se activa. Sí o sí. Rápidamente ocurren todos esos mecanismos fisiológicos descritos anteriormente para garantizar nuestra supervivencia. Pero la amígdala también está interconectada con esa otra parte de nuestro encéfalo; la parte pensante, el cortex prefrontal. Éste es el encargado de sopesar si realmente la amenaza existe. Si es así, la amígdala seguirá con su trabajo de preparación para “lo peor”. De lo contrario, si nuestro cortex prefrontal decide que la situación carece de peligro, la amígdala se “desactivará”. Es este el mecanismo por el cual tú te has hecho caquita y el escalador experimentado no. Como mucho, éste habrá sentido un pequeño y fugaz subidón de adrenalina.

Así que, si eres escalador principiante, o llevas mucho tiempo escalando pero siempre lo haces con la  cuerda por arriba, tengo una mala noticia. No te vas a levantar una mañana sin miedo. No vas a dejar de pasar miedo por mucho que te pongas a mirar desde el pie de vía las chapas y la distancia existente entre ellas. No vas a dejar de sentir  miedo porque te pongas el casco (cosa que está muy bien que hagas) o porque tires treinta y ocho veces de la cuerda de tu asegurador antes de subir para comprobar que el Grigri frena bien la cuerda. El Grigri frena bien la cuerda, a no ser que esté mal puesto (eso es otra historia), solo bastaría con comprobarlo un par de veces (los lumbares de tu compañero te lo agradecerán)

La única forma que el miedo se vaya es exponiéndote una y otra vez a esa situación. De esa forma tu cerebro se modificará, aprenderá a que tal situación no entrama peligro alguno y dejarás, poco a poco, de percibir esa situación como amenazante. Cuando la amígdala se active, tu  cortex prefrontal le dará la orden de parar porque la situación carece de peligro.

¿Recuerdas la primera vez que condujiste por las serpenteantes curvas que te llevan a ese sector  de escalada? ¿Recuerdas la primera vez que te montaste el aquella atracción de  feria? ¿Recuerdas la primera vez que tuviste relaciones sexuales?


Si tienes miedo exponte. Sé objetivo, contrólalo todo. Una vez que el nudo esté bien hecho, el Grigri bien colocado, el asegurador preparado y tú estés con ganas, escala, exponte, haz que tu “cerebro” se modifique y que aprenda. El miedo desaparecerá….

Continuará....

martes, 11 de febrero de 2014

LA BELLEZA DE TUS OJOS...


¿Qué te sugiere esta mirada? ¿Te parece bella y tierna?, ¿ Quizás acompañada de rencor e ira? ¿De sufrimiento tal vez?. ¿Te parece una mirada dolorosa quizás?. ¿Son bellos sus ojos?

Mi mamá siempre me dijo que tenía unos ojos muy bonitos. Desde pequeñito. Me lo decía a todas horas, tanto que llegué a restarle valor a tal cariñoso cumplido. ¿Qué no te va a decir una madre acerca de los órganos de nuestro cuerpo que más emociones transmiten? A través de unos ojos se puede ver reflejada la bondad, la alegría, la ternura, la inspiración, la magia y el amor. Pero también la tristeza, el rencor, el odio, la furia y el dolor quedan reflejados en unos ojos que están sufriendo.

Mis ojos son bonitos. Ya lo decía mi madre y muchas otras personas que han tenido la ocasión de verlos; eso sí, en determinadas circunstancias y momentos de la vida. Porque, ¿qué es lo que hacen bellos unos ojos? ¿La luz del sol reflejada en ellos quizás? Hay veces que pueden parecer verdes, un verde intenso, salpicado de unos diminutos y oscuros puntos repartidos caprichosamente por toda la superficie del iris. 

Otras en cambio parecen ser más oscuros, con menos brillo, más apagados, como si necesitaran de nuevo de un toque mágico de energía para que volvieran a su punto álgido de intensidad. Pero, ¿es solo el color de los ojos los que los hacen bellos, o por el contrario es el conjunto, la simetría quizás, de su forma y ubicación en el rostro de las personas?

Siento defraudar a mi madre, o a mí mismo, o a todas y cada una de las personas que algún día me dijo que mis ojos eran bonitos.  Porque no creo que mis ojos sean más bonitos que los ojos de cualquier otra persona, porque si de algo estoy seguro es que la belleza es algo subjetiva. Y esas personas que ratificaron la opinión de mi madre estaban en una situación de querer ver la belleza en ellos. 

Quizás la controversia sea eso de lo que hablaba al principio. No existe parte del cuerpo alguna que refleje más unos sentimientos y unas emociones que los ojos. No podemos saber el estado de ánimo, o la dulzura, o la ternura, o la rabia, o la ira y el rencor mirando los otras partes del cuerpo de una persona. Ni unos tersos glúteos, ni tampoco unos abdominales exuberantes o un voluminoso pelo nos podrán transmitir tanto como una mirada.  Somos animales “visuales” y evolutivamente son éstos, los ojos, los que nos han servido como principal medio de supervivencia. Gracias a ellos estamos aquí. Pero de ahí a aseverar que unos ojos son bonitos o no existe un abismo.

He visto en mi vida muchos ojos que cumplen con los requisitos estandarizados belleza. Ojos grandes, de colores indescriptibles para mí, simétricos a la perfección, en una perfecta sintonía con los demás componentes del rostro humano. Muchos de ellos no me dijeron ni transmitieron nunca nada.

¿Acaso los ojos azules son los más bellos, o quizás sean los verdes, o negros, o marrones? A mí, sinceramente, me gustaban muchos los ojos rojos de las películas de vampiros, quizás a muchas personas son los que mejor le vendrían…

La belleza física es algo subjetiva, o por lo menos así es como pienso que deberíamos comenzar a entenderla. No creo que mis ojos te gusten a ti si no estás dispuesto a ver la belleza en ellos, y eso vas más allá de las diferentes tonalidades, de la simetría con las demás partes que componen un rostro. Día tras día nos están vendiendo una belleza de papel que se descompondrá y desvanecerá con inevitable paso del tiempo, con alguna moda absurda o, simplemente, nos cansaremos de ella. Pero lo peor es lo que dice mi amiga Marisol: “Nos la están vendiendo y nosotros la estamos comprando”. (Se refería a la moto, claro)

La belleza está en el interior. Típico, ¿no?

Pero cuando alguien te habla desde lo más profundo, y te mira de verdad, no existen tonalidades, pues sus ojos se mostrarán de una belleza que jamás hayas podido observar. Cuando alguien te mira de verdad y ves aquello que siempre anduviste buscando en el resto de personas es cuando despiertas y te das cuenta de dónde realmente reside la belleza del Don. Eso es así. Y quién piense de una forma diferente merece nuestra compasión, porque querrá decir que nunca pudieron acercarse a la Verdad. (párrafo compartido con mi amiga Bea)


Mientras, podemos seguir buscando ahí afuera, en esos trozos de papel pintados de vanidad con el que cada mañana salimos a exponernos al mundo. Esos trozos de tela que ocultan nuestro verdadero ser. Y la única forma de que aflore esa belleza interior que tanto nos cuesta mostrar al mundo y que todos, TODOS llevamos dentro, es con una mirada verdadera, llena de luz, de bondad, de ternura, que haga que nuestros pasos caminen al son de tanta belleza, independientemente del color de ojos que tengamos cada uno.

Dedicado a mis fuentes de inspiración (o expiración) de hoy.. Sharon y Bea

sábado, 8 de febrero de 2014

MEMORY

Llevo un tiempo pensado en ello. Quizás demasiado tiempo, o quizás demasiado poco tiempo. Ando en la línea que subyace en cada uno de nosotros y que divide lo real de lo ficticio. Una línea oculta que no podemos ver, de la que no nos podemos dar cuenta de que existe porque somos incapaces de darnos cuenta de nada. ¿Cómo darte cuenta de algo si no tienes la capacidad de darte cuenta de las cosas?

Como decía el psicólogo Daniel Goleman, autor de Inteligencia Emocional, respecto a esto último, respecto a nuestra situación colectiva: “ ¿Cómo despertar, cómo darnos cuenta?

Yo, personalmente, creo que lo primero que tenemos que hacer para despertar, y para posteriormente darnos cuenta, es percatarnos de la forma peculiar en la que estamos dormidos.

El rango de lo que pensamos y hacemos
está limitado por aquello que no advertimos.
Y debido precisamente a que no advertimos
aquello que no advertimos,
hay muy poco que podamos hacer
para cambiar esto,
a menos que advirtamos
el modo en que nuestro fracaso en advertir
determina nuestras acciones y nuestros pensamientos.
“R.D. Laiding”

Recientemente hablaba sobre un hecho empírico del que nunca había prestado atención. “Somos lo que somos porque tenemos memoria.” Y es ésta la que nos ha traído hasta aquí y la que nos irá marcando el camino venidero. El pasado forma parte de las páginas que quedaron atrás, las páginas pasadas de nuestro libro personal, de nuestra historia que un día se escribió, que un día escribimos nosotros mismos, con más o menos gloria, sin duda de la mejor forma que supimos, y es inalterable. Solo podemos esforzarnos encrear, desde ahora, buenos recuerdos para el futuro.

La memoria tiene interferencias, se desvanece, se altera, tiene agujeros. Nuestra mente trata de rellenar esos agujeros de cualquier forma y, a veces, nuestros recuerdos no son tal  como creemos, o queremos creer. Como siempre, nuestro cerebro busca el camino fácil y va a rellenar esas historias, esos huecos abstractos desvanecidos en el tiempo para siempre, de la forma más cómoda para él.

Hay muchos estudios relacionados con la memoria. La neurociencia trata de poner remedio a  una de las enfermedades más trágicas que puede padecer el ser humano. Hablo del Alzheimer. Cuando se tiene Alzheimer se pierden los recuerdos, y se hace de una forma gradual. Puedes empezar por no acordarte en qué año vives, desorientarte en la calle e incluso no recordar si tu piso es un segundo o en un quinto. Luego la cosa se pone cada vez más y más complicada, olvidando todo cuanto  ha vivido, olvidando su historia, su primer amor, su primer beso, el nombre de sus hijos, su último trabajo, si le gusta o no su comida favorita, el olor del pelo de aquella persona con la que solía dormir, y a la que cada noche, entre las sábanas,  introducía la mano derecha a través de su ropa interior de seda, para luego quedarse dormido, con la mano entre la suave seda y la suave piel de la nalga de ella. Todo, lo olvida todo. Toda la memoria explícita, hasta que en su estado más avanzado, el enfermo de Alzheimer pierde la totalidad de su identidad. No se reconoce como ser humano, como persona, nada existe. Él ya no existe. No hay memoria por lo que no hay vida.

No sé si te podrías parar por unos instantes a pensar en ello. ¿Qué pasaría si no pudieras recordar ni tu propia existencia, ni tu propia identidad?

Entonces, si tan aterrados suena, ¿por qué tratamos de poner barreras a nuestros recuerdos? ¿Por qué vivir seleccionando unos y descartando otros como si fueran simples fotografías de tu teléfono de ultima generación? Recuerdo aquel famoso discurso de Steve Jobs a un grupo de universitarios que se acababan de graduar. Jobs hablaba de "unir los puntos". Cada una de las situaciones vividas a lo largo de su vida, las buenas y las malas, son las que le habían llevado a convertirse en lo que fue. Esas situaciones, todas y cada una de ellas, son las que le hizo tener los hijos de los que tan orgulloso estaba. Cada una de las situaciones de nuestra vida son las que nos han hecho que ahora, tú y yo, estemos aquí leyendo estas líneas. Cada una de las circunstancias vividas hasta ahora, con las que comiences a crear recuerdos desde este preciso instante, son las que van a determinar qué clase de persona serás mañana.

Tú  formas parte de la historia. No puedes hacer nada por desear no haber leído estas líneas porque acabas de hacerlo. Quizás haberlo hecho te sirva para tomar la decisión y la drástica determinación de no volver jamás a pinchar sobre el enlace que te ha traído hasta aquí. Eso es todo lo que puedes hacer.

Yo te recuerdo princesa.  Te echo de menos mucho.  Porque aún te recuerdo. Y como sé que los recuerdos se desvanecen  y se deterioran tengo miedo. Tengo miedo que las fibras de mi mente que conectan nuestras vidas se desvanezcan, o que cojan sendas diferentes, o que sean cortadas por aquellos que no tienen memoria.

Cada día cierro los ojos un rato. Tumbado en mi cama intento recordar ese millón y medio de recuerdos. Los dedos en forma de pinza, tu sonrisa, tus lágrimas, las mías. La sonrisa de esta foto y cómo protestabas cundo te decía que te pusieras así, como estás en la foto.  Pero, ¿sabes qué nunca olvidaré? Aquella mano sobre mi espalda, ese consuelo que tú solo fuiste capaz de darme en aquel momento cuando más lo necesitaba.

Me da pena tener que esforzarme ahora para poder recordar el sonido de  tu voz. Es lo que más cuesta Siani. TQ