jueves, 2 de enero de 2014

Erase una vez...

Quedan pocas horas para que acabe el año…

 El espacio de tiempo dividido y fraccionado. Inventado quizás por alguien que necesitaba ordenar  lo acontecido, poner principio y final; un punto de  partida y otro donde poder poner a cero de nuevo el reloj. Como si desde esa línea ilusoria que marca el nuevo año hubiera un antes, el cual ya no importa; y un después, independiente de todo lo anterior.

Pero importa. Somos lo que somos porque tenemos memoria, para lo bueno y para lo malo. Nuestra identidad, nuestra personalidad y nuestra actitud; todo viene determinado por un pasado.

El presente se convierte en pasado en el preciso instante en el que nos damos cuenta de que estamos aquí y ahora. Ya ha sucedido. Lo que vivimos en cada instante es solo producto de un tiempo que quedó atrás, en algún lugar de ese tiempo dividido y fraccionado. La buena noticia es que, aquí y ahora, podemos construir un pasado excepcional, sorprendente y extraordinario. Un pasado que haga que el futuro sea así como queramos. Ese futuro se hará presente cuando menos nos demos cuenta y, del mismo modo, tan rápidamente como este momento, se transformará en pasado. Y es este pasado, del que hablábamos hace un instante, el que hará que seamos, aquí y ahora, un poco mejor. Porque no somos más que el resultado de una historia ligada a un poco de herencia biológica.

Ya quedan pocas horas para que acabe el año…


Una imagen se queda impresa en mi retina gracias a los últimos rayos de Sol. Un trozo de roca inerte, testigo ésta de infinidad de historias diferentes. Muchas de ellas mías, que habrán quedado guardadas entre las sinuosas formaciones de esta mole caliza. Ese serpenteante camino arenoso que llevaba, entre el fantasmagórico bosque de pinos, entre sus recovecos, hasta ese mágico lugar donde un día quise permanecer.


Ya quedan pocas horas para que acabe el año…

Y recorro esa habitación fría una y otra vez, y enciendo el fuego en busca de calidez, y suena el timbre,  y la calidez llega transformada en sonrisas, transformada en abrazos y en historias absurdas.  Historias tan absurdas que durante unas horas el tiempo deja de existir para nosotros. Dejan de tener valor el tiempo, las campanadas, el año pasado y el que viene. El reloj de la cocina marca la una y media desde hace horas. Quizás se detuvo cansado contar historias, o quizás lo hizo para que las historias no tuvieran principio o final.

Ya quedan pocas horas para que acabe el año…

Y preparamos la cena, el postre y las uvas a la vez que ocurren las historias más absurdas y divertidas. Abrir la primera de las botellas de vino, separar las yemas de las claras con las manos, historias veganas, traer más comida, abrir un libro de recetas de repostería que solo nos acompañó mientras restregábamos con las manos, y con cariño y sutileza una pizca de mantequilla.Pasar la bayeta, una bayeta que seguro tiene tantas historias como esa mole de roca caliza, buscar el saca corcho una y otra vez, ¿Qué botella de vino abrirías primero de entre un buen vino y otro no tan bueno?

Ya quedan pocas horas para que acabe el año…

Y te voy a contar un cuento. Un cuento que hará que tus sentidos se desarrollen y que tu vida se centre en este momento. En la búsqueda de las rayas que perdió la cebra mágica y que nosotros tratamos de encontrar una y otra vez, sin éxito, pero con pasión. Un cuento que solo acababa de empezar en un año que estaba a punto de culminar.

Eran siete personas, una personita, tres perros y una cebra sin su traje de rayas que, de repente, se unieron en un tiempo que dejó de existir por unas horas. Tres eran zurdos. Otra era una chica rubia, tan neurótica como encantadora y sonriente, capaz siempre de sacar lo mejor de mí, a cada momento, a cada instante. A pesar del coraje que me produce que tenga ese dominio abrumador sobre mi estado anímico no puedo disimular la sensación de seguridad que me produce tenerla cerca, llegando a hacer que desaparezca por completo mi incesante timidez. Otra es una chica morena y alta. Tan alta que seguro fue tocada por algún ángel y éste le dio el poder de transportarnos con su mirada a un mundo diferente, un mundo que quizás se pueda cambiar. Tres eran zurdos. Otro era un chico moreno que descubrió que se podía hacer música sin tener idea de música por el simple hecho de estar en un lugar donde el tiempo se detiene, donde lo neurótico es sinónimo de felicidad y donde las personas que son tocadas por los ángeles pueden cambiar el mundo. Tres eran zurdos. Otra era una chica morena, tranquila, muy tranquila. Tanto que a veces pienso que seguramente fuera ella la encargada de hacer que el tiempo se detuviera. La personita era inquieta, enérgica y llena de vida. La personita era la sabiduría de este cuento de locos, y así lo demostraba apegándose a cada instante allá donde viera que hacía falta un poco de ternura. Con la chica alta tocada por un ángel, con la chica neurótica pero encantadora e incluso, creo recordar, hasta conmigo en alguna ocasión.

Eran  tres zurdos, a las tres de la mañana, en un momento que no es momento, en un lugar perdido entre un año que se fue y otro que aún no ha llegado. Tres zurdos, una chica neurótica y encantadora, una chica alta tocada por un ángel, un músico que no es músico, una chica que para el tiempo, una personita con tanta vida como hubiera en una selva y tres perros…..

¿Comienza un nuevo año?

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