viernes, 10 de enero de 2014

EFECTO MARIPOSA

Y ahí estaban, cuarenta años después, los dos, de la mano, metidos en la piscina, realizando unos ejercicios físicos que el fisioterapeuta le había mandado a ella para combatir, ralentizar, calmar o, en cualquier caso, disimular los dolores que una enfermedad traicionera le producían a ella constantemente. Una de esas enfermedades incomprendidas incluso para aquellos que han oído hablar de ella en algún momento. El agua calmada acariciaba sus pechos y refrescaba a la vez la monotonía de de una vida de plena dedicación.

Ese día, al contemplar esa imagen, comprendí que tú no serías la persona que treinta años después acariciara mi mano por debajo del agua. Hasta el momento, quién sabe si por mi redundante osadía o por mi ignorancia ilimitada, jamás me había detenido a contemplar la posibilidad de que una acción como aquella,  tan incondicional y llena de amor, se produjera en algún momento de mis siguientes tres décadas de vida. Un futuro vacío y oscuro recorrió todo mi cuerpo en el momento en el que iba a cruzar esa puerta. La puerta que me regaló una visión tierna y tan lejana como próxima en el tiempo, pues la tenía delante de mí.  La misma imagen hizo que me girara y contemplara ese camino de tierra seca y polvorienta que me había llevado hasta donde me encontraba en este instante. Un lugar mágico, una línea ilusoria que dividía mi vida en pasado y futuro. Me quedé inmóvil por unos instantes. Era un regalo de un tiempo en el que no creo, pero que allí estaba. Podía contemplar dos visiones de esa imaginaria línea, la cual  separaba dos tiempos carentes de sentido.

 Hacia adelante el piso era de color verde y de un aspecto esponjoso. Entre las palmeras revoloteaban una pareja de mirlos, mientras que Luna, mi inteligente y cariñosa perra, correteaba como podía de un lado a otro,  desorientada, inducida por algunas de sus historias perrunas. Ese día no se acercó a mí como suele hacer cuando atravieso esa puerta. Parecía como si comprendiese que yo necesitaba ese momento. O quizás se acercara y yo no me diera cuenta, absorto en mi línea atemporal. Más allá de las palmeras y tras la valla de madera oscura y vieja estaba la piscina. Podía escuchar el sonido del agua producido por los suaves y leves movimientos de las manos de ella. La hierba habría sido regada no demasiado tiempo atrás, pues aún podía sentir es frescor que emanaban sus raíces. Podía oler la tierra y unas pequeñas florecillas amarillas asomaban con timidez en busca de la calidez de una tarde que comenzaba a caer.

Hacia atrás la tierra se convertía en arena. El terreno era tan árido y estéril que me costaba imaginar alguna forma de vida. Hacia atrás aún podía oler la nada, el vacío. La huella oscura que las heridas de mi viejo coche ha ido dejando con el paso del tiempo, y el olor a motor chamuscado de quien dio más de lo que pudo, incondicionalmente, como buen compañero.

En ese momento, cuando di ese paso hacia adelante en busca de la fresca hierba, en el instante en el que me dirigí a mi perra Luna para saludarla, en aquel momento me di cuenta. Comprendí que no serías tú quien treinta años después estarías acariciando mi mano por debajo del agua con una sonrisa de amor eterno.

Una vez oí una frase que decía: “si caes te levanto, y si no puedes me tumbo contigo”

Eso es el amor, ¿No crees? Y en ese momento solo tenía un camino polvoriento de arena y piedras a mis espaldas. Somos el pasado y el presente es el que dará forma al futuro. En ese presente solo debía dar un paso consciente hacia adelante, pero una vez más engañé a mi conciencia. Doy el paso, sonrío y olvido lo que quedó atrás. Olvido la esencia, los componentes del producto que llegarés a ser treinta años después.
En cuestión de horas marcho por el camino polvoriento en busca de mi Efecto Mariposa. Intento una y otra vez desafiar la Teoría del Caos en la que me encuentro. Marcho y vuelvo continuamente, una y otra vez. Y siempre que llego a esa línea divisoria de dos mundos contradictorios veo las mismas imágenes. Nada cambiado, nada distinto, todo igual. Me resisto a ello. Vuelvo y cambio algo, sutilmente, con delicadeza, con intención y pasión, para ver si el efecto ha cambiado. La imagen es la misma. Frustración que me lleva a la ira, al desasosiego y a la desesperanza. Aquí estoy de nuevo. Mirando hacia detrás y hacia adelante una y otra vez hasta que comprendo que nada de esto cambiará. Haga lo que haga la visión en este punto en el que me encuentro será siempre la misma.

No es el lugar donde me encuentro lo que me produce esa sensación incierta, sino el momento en el que me he parado a contemplar esas imágenes. No se trata de volver a lo conocido una y otra vez e intentar cambiar las cosas. Empiezo a entender que más bien  se trate de coger otro camino, otra dirección  de vuelta a ese lugar. Y cuando esté en éste y mire la hierba fresca, el agua cristalina y a mi perra Luna correteando sin sentido aparente, de un lugar a otro, y me detenga en esa línea, y mire hacia detrás y vea algo más que la oscura herida de mi coche y un camino de arena, polvo y tierra, entones estaré preparado para dar ese paso de una forma consciente, sin miedos y expectante ante la posibilidad de que una mano acaricie la mía por debajo de la quietud del agua dentro de unos treinta años.


No hay comentarios:

Publicar un comentario