jueves, 30 de enero de 2014

AUSENCIA OBLIGADA

Aún soy capaz de recordar el olor de tu niñez; la niñez que me cogió de sorpresa, con la que no contaba y con la que fui agraciado. Un regalo de esos que gustan, de los que no esperas, de los que sorprenden y dejan huella. ¡Y qué huella!

Recuerdo tu mirada inocente que aún hoy debes conservar aunque no pueda ver.  

Eras tan bella...

Recuerdo ese momento en que te llevaba en brazos a la cama y tú rodeabas mi cuello con tus pequeños y suaves brazos. Yo te quitaba el uniforme del colegio, ¡tan pequeño! Te desabrochaba los zapatos, te metía en la cama y te arropaba. En ese proceso a veces solías abrir los ojos débilmente, desorientada, inmersa en tu cansancio de un día entero de batalla en el colegio. Yo te acariciaba el entrecejo a la vez que tú estirabas una mano, o las dos, hasta alcanzar tu pelo, y con esos frágiles dedos que parecía gomitas de caramelo hacías tirabuzones en tu cabello. Así hasta que mamá venía con tu mezcla favorita de leche, cereales y gofio. Era increíble ver como succionabas el biberón en una estrepitosa carrera entre el hambre y el sueño. Los ojos se cierran a la vez que te terminas la cena y caes rendida, sin más, en un profundo sueño. En un sueño que solos los infantes tienen, en un sueño que yo ya hace mucho olvidé y que hoy rememoro al escribirte estas palabras.

Recuerdo la historia de las nubes y la nieve, los trucos de magia y las cosquillas. Recuerdo la primera vez que te levantaste por la mañana y preguntaste a mamá que dónde estaba yo, y ella te respondió que estaba escalando. ¿De noche también se escala? –dijiste- 
No sé. Son tantos recuerdos que se me viene a la mente… No pretendo describir cuántos de ellos tengo grabados en mi memoria. Mi memoria episódica, para mí, para siempre. Lo mágico de ello es que siempre estarás en ella y eso nadie podrá evitarlo.
Tengo que confesarte algo. Al principio no te quería mucho. Tú eras únicamente ese molesto y pequeño "bhá". Olías bien -la mayor parte del tiempo- pero no parecías tener mucho interés en mí, lo cual por supuesto encontré un tanto insultante. Erais tú y tu madre contra el mundo. Es curioso cómo algunas cosas nunca cambian. Así que anduve sin rumbo fijo, a mi rollo, actuando como un idiota, sin comprender realmente cómo te transforma tener la posición que tenía respecto a ti, lo más parecido a un padre, aunque no lo fuera realmente. Y no recuerdo el momento preciso en el que todo cambió. Sólo sé que lo hizo. 

Un minuto antes era impenetrable. Nada me afectaba. Al siguiente, de alguna manera, mi corazón se me salía del pecho, expuesto a los elementos. Quererte ha sido una de las  experiencias más profundas, intensas y dolorosas de mi vida. De hecho, lo ha sido tanto que por poco he podido soportarlo. Un día hice un voto secreto de protegerte del mundo. Sin darme cuenta jamás de que a veces sería yo el que acabaría haciéndote daño.

Cuando miro hacia delante mi corazón se rompe, sobre todo porque no puedo imaginarte hablando de mí con orgullo, porque no te han enseñado a sentirte orgullosa de mí. ¿Cómo vas a hacerlo? No me han dado la opción pequeña, de verdad que no. Si tuvieras la oportunidad de leer esta carta; si tuvieras la oportunidad de entenderla, de sentirla, quizás la cosa fuera diferente. Pero eso no va a ocurrir. Ha de pasar tiempo, quizás demasiado. Tanto que puede ser que nos perdamos por ahí y que tus recuerdos se debiliten, o que se distorsionen, o lo que es peor aún gorda, que te lo distorsionen. Te echo de menos.

Me gustaría sentarme a tu lado, darte un regalo y poder explicarte cómo de diferente puede ser la vida que te espera a partir de ahora, ahora que comienzas a hacerte una mujer. Me gustaría enseñarte todo cuanto esto aprendiendo cada día. Me gustaría poderte enseñar que en la vida existen grises, que tu culo no es el único que hay que lavar cada mañana, y que una moneda está compuesta por una cara y una cruz. Y que no siempre sale cara. Que cara no es la parte buena de la moneda, es simplemente la parte contraria de la cruz. Y ambas partes son dependientes de la otra. Sin alguna de ellas no hay moneda mi pequeña.

No quiero que tu mente se pierda por los caminos marcados y que cuando descubras que también existían otros sea tarde mi vida. Porque si hay una cosa que sea real y objetiva es el paso del tiempo y la imposibilidad de recuperarlo. Siempre quise lo mejor para ti y siempre lo querré. Y no habrá barrotes que encierren este sentimiento gordita. Sé que me quieren alejar de ti y no lo entiendo. No llego a entender cómo puede ser tu ausencia el arma arrojadiza que usen contra mí en una batalla que unos se han creado y, a la vez, recreado en ella.

Algo tiene que cambiar, algo tiene que pasar. Está oscureciendo, demasiado para ver...



lunes, 27 de enero de 2014

Tengo miedo...

“Harlow introdujo muchas variantes: Algunas damas de hierro duchaban a sus crías con agua helada, otras los acuchillaba. El científico observó que, fuera cual fuese la tortura,  las crías no la soltaban. Nada las disuadía. No se dejaban frustrar. Dios mío, qué fuerte es el amor. Nos vapulean y volvemos arrastrándonos. Nos congelan y volvemos buscando calor donde no lo vamos a encontrar. No hay refuerzo parcial que refuerce esa conducta, solo el lado oscuro del contacto, la realidad de las relaciones de los primates, que es que son capaces de matarnos al tiempo que nos sostienen en brazos… y es triste.

Con todo, una vez más encuentro cierta belleza:

Somos seres con una gran fe. Construimos puentes, los construimos contra todo pronóstico, desde aquí hasta allí, entre uno y otro. Nos acercamos”

Elizabeth Loftus, “Cuerdos entre locos”

Realmente me da miedo, mucho miedo. Temo de lo que somos capaces. No son los primates del estudio de Harlow quienes me aterran. Temo de ti. Temo de mí.  Temo de aquellos que dieron descargas eléctricas porque alguien se lo ordenó. Quizás una autoridad, quizás alguien con cierto poder. Pero no fue el quien accionó la palanca que haría que alguien inocente se estremeciera de dolor, aun cuando todo fuera un montaje.  Me da miedo como una persona puede asesinar a otra en medio de la calle, en tres ataques diferentes, que, entre los tres, duraron más de media hora, mientras que más de treinta y ocho personas fueron testigos desde las ventanas de sus cálidos pisos. Me asusta tanto que busco el calor de mi cama. Me giro y flexiono mis piernas adoptando posición fetal. Como si quisiera volver a la seguridad de un mundo más seguro. Me asustan aquellos que etiquetaron como locos a quienes demostraron que los locos, de ser alguien, serían ellos. Me asusto. Tanto que echo mi edredón por encima de mi cabeza buscando oscuridad. No quiero que nadie me encuentre.

Me asusto que no pueda volver a verte porque te estén utilizando para hacerme daño. Están decidiendo por ti, te están adoctrinado y tú no lo estás eligiendo. Ni tan siquiera te estás dando cuenta.

Temo terriblemente tener que luchar constantemente contra creencias y conductas. Pero lo que más miedo me da es que, ante la incongruencia entre mis creencias y mi conducta, decida escoger el camino equivocado. Racionalizar para quedarme tranquilo y no tener que hacer nada. Porque quien no hace nada vive en la seguridad de las masas. Y cuanto más dentro de ellas estemos, cuanto más fuerte la hagamos, más seguro nos sentiremos. Así sin sentir. Vacíos, sin hacer nada, pero seguros.

Me da miedo. Me da miedo acercarme a ti y no saber a quién tengo delante. Me da miedo mirar a unos ojos que oculten crueldad. De no saber de lo que puedes llegar a ser, de lo que puedes llegar a hacer.
Reniego de ser humano si para ello tengo que ser como tú. Reniego de escoger el camino de la racionalización de mis creencias para adaptarlas a mis actitudes. Prefiero la revisión, de verdad que lo prefiero. Y si un día tengo que agachar la cabeza lo haré porque nadie es perfecto, nadie tiene la razón absoluta. Existen grises.

Diré NO una y otra vez. Todas las veces que sea necesario. Caminaré por senderos ocultos y oscuros antes de la someterme a ello. Antes de ser como tú, antes de quedarme inmóvil tras la seguridad y la calidez de mi hogar mientras acuchillan a esa pobre mujer. ¡Por qué joder! No quiero ser así. Quiero ser libre. Pero la libertad va más allá de lo que nos dicen los demás, de los patrones que seguimos día a día. ¿Cómo ser libres si ellos nos muestran cuál es la libertad? La libertad es tener conciencia, principios propios y decir NO. Decir que eso no está bien. Romper los moldes es la libertad. Salirse de lo que se supone que debemos hacer,  y hacemos, vaya si lo hacemos, una y otra vez por miedo a quedarnos fuera.
Así no….

Reniego de ser humano. Exijo pasaporte de pájaro.


viernes, 10 de enero de 2014

EFECTO MARIPOSA

Y ahí estaban, cuarenta años después, los dos, de la mano, metidos en la piscina, realizando unos ejercicios físicos que el fisioterapeuta le había mandado a ella para combatir, ralentizar, calmar o, en cualquier caso, disimular los dolores que una enfermedad traicionera le producían a ella constantemente. Una de esas enfermedades incomprendidas incluso para aquellos que han oído hablar de ella en algún momento. El agua calmada acariciaba sus pechos y refrescaba a la vez la monotonía de de una vida de plena dedicación.

Ese día, al contemplar esa imagen, comprendí que tú no serías la persona que treinta años después acariciara mi mano por debajo del agua. Hasta el momento, quién sabe si por mi redundante osadía o por mi ignorancia ilimitada, jamás me había detenido a contemplar la posibilidad de que una acción como aquella,  tan incondicional y llena de amor, se produjera en algún momento de mis siguientes tres décadas de vida. Un futuro vacío y oscuro recorrió todo mi cuerpo en el momento en el que iba a cruzar esa puerta. La puerta que me regaló una visión tierna y tan lejana como próxima en el tiempo, pues la tenía delante de mí.  La misma imagen hizo que me girara y contemplara ese camino de tierra seca y polvorienta que me había llevado hasta donde me encontraba en este instante. Un lugar mágico, una línea ilusoria que dividía mi vida en pasado y futuro. Me quedé inmóvil por unos instantes. Era un regalo de un tiempo en el que no creo, pero que allí estaba. Podía contemplar dos visiones de esa imaginaria línea, la cual  separaba dos tiempos carentes de sentido.

 Hacia adelante el piso era de color verde y de un aspecto esponjoso. Entre las palmeras revoloteaban una pareja de mirlos, mientras que Luna, mi inteligente y cariñosa perra, correteaba como podía de un lado a otro,  desorientada, inducida por algunas de sus historias perrunas. Ese día no se acercó a mí como suele hacer cuando atravieso esa puerta. Parecía como si comprendiese que yo necesitaba ese momento. O quizás se acercara y yo no me diera cuenta, absorto en mi línea atemporal. Más allá de las palmeras y tras la valla de madera oscura y vieja estaba la piscina. Podía escuchar el sonido del agua producido por los suaves y leves movimientos de las manos de ella. La hierba habría sido regada no demasiado tiempo atrás, pues aún podía sentir es frescor que emanaban sus raíces. Podía oler la tierra y unas pequeñas florecillas amarillas asomaban con timidez en busca de la calidez de una tarde que comenzaba a caer.

Hacia atrás la tierra se convertía en arena. El terreno era tan árido y estéril que me costaba imaginar alguna forma de vida. Hacia atrás aún podía oler la nada, el vacío. La huella oscura que las heridas de mi viejo coche ha ido dejando con el paso del tiempo, y el olor a motor chamuscado de quien dio más de lo que pudo, incondicionalmente, como buen compañero.

En ese momento, cuando di ese paso hacia adelante en busca de la fresca hierba, en el instante en el que me dirigí a mi perra Luna para saludarla, en aquel momento me di cuenta. Comprendí que no serías tú quien treinta años después estarías acariciando mi mano por debajo del agua con una sonrisa de amor eterno.

Una vez oí una frase que decía: “si caes te levanto, y si no puedes me tumbo contigo”

Eso es el amor, ¿No crees? Y en ese momento solo tenía un camino polvoriento de arena y piedras a mis espaldas. Somos el pasado y el presente es el que dará forma al futuro. En ese presente solo debía dar un paso consciente hacia adelante, pero una vez más engañé a mi conciencia. Doy el paso, sonrío y olvido lo que quedó atrás. Olvido la esencia, los componentes del producto que llegarés a ser treinta años después.
En cuestión de horas marcho por el camino polvoriento en busca de mi Efecto Mariposa. Intento una y otra vez desafiar la Teoría del Caos en la que me encuentro. Marcho y vuelvo continuamente, una y otra vez. Y siempre que llego a esa línea divisoria de dos mundos contradictorios veo las mismas imágenes. Nada cambiado, nada distinto, todo igual. Me resisto a ello. Vuelvo y cambio algo, sutilmente, con delicadeza, con intención y pasión, para ver si el efecto ha cambiado. La imagen es la misma. Frustración que me lleva a la ira, al desasosiego y a la desesperanza. Aquí estoy de nuevo. Mirando hacia detrás y hacia adelante una y otra vez hasta que comprendo que nada de esto cambiará. Haga lo que haga la visión en este punto en el que me encuentro será siempre la misma.

No es el lugar donde me encuentro lo que me produce esa sensación incierta, sino el momento en el que me he parado a contemplar esas imágenes. No se trata de volver a lo conocido una y otra vez e intentar cambiar las cosas. Empiezo a entender que más bien  se trate de coger otro camino, otra dirección  de vuelta a ese lugar. Y cuando esté en éste y mire la hierba fresca, el agua cristalina y a mi perra Luna correteando sin sentido aparente, de un lugar a otro, y me detenga en esa línea, y mire hacia detrás y vea algo más que la oscura herida de mi coche y un camino de arena, polvo y tierra, entones estaré preparado para dar ese paso de una forma consciente, sin miedos y expectante ante la posibilidad de que una mano acaricie la mía por debajo de la quietud del agua dentro de unos treinta años.


jueves, 2 de enero de 2014

Erase una vez...

Quedan pocas horas para que acabe el año…

 El espacio de tiempo dividido y fraccionado. Inventado quizás por alguien que necesitaba ordenar  lo acontecido, poner principio y final; un punto de  partida y otro donde poder poner a cero de nuevo el reloj. Como si desde esa línea ilusoria que marca el nuevo año hubiera un antes, el cual ya no importa; y un después, independiente de todo lo anterior.

Pero importa. Somos lo que somos porque tenemos memoria, para lo bueno y para lo malo. Nuestra identidad, nuestra personalidad y nuestra actitud; todo viene determinado por un pasado.

El presente se convierte en pasado en el preciso instante en el que nos damos cuenta de que estamos aquí y ahora. Ya ha sucedido. Lo que vivimos en cada instante es solo producto de un tiempo que quedó atrás, en algún lugar de ese tiempo dividido y fraccionado. La buena noticia es que, aquí y ahora, podemos construir un pasado excepcional, sorprendente y extraordinario. Un pasado que haga que el futuro sea así como queramos. Ese futuro se hará presente cuando menos nos demos cuenta y, del mismo modo, tan rápidamente como este momento, se transformará en pasado. Y es este pasado, del que hablábamos hace un instante, el que hará que seamos, aquí y ahora, un poco mejor. Porque no somos más que el resultado de una historia ligada a un poco de herencia biológica.

Ya quedan pocas horas para que acabe el año…


Una imagen se queda impresa en mi retina gracias a los últimos rayos de Sol. Un trozo de roca inerte, testigo ésta de infinidad de historias diferentes. Muchas de ellas mías, que habrán quedado guardadas entre las sinuosas formaciones de esta mole caliza. Ese serpenteante camino arenoso que llevaba, entre el fantasmagórico bosque de pinos, entre sus recovecos, hasta ese mágico lugar donde un día quise permanecer.


Ya quedan pocas horas para que acabe el año…

Y recorro esa habitación fría una y otra vez, y enciendo el fuego en busca de calidez, y suena el timbre,  y la calidez llega transformada en sonrisas, transformada en abrazos y en historias absurdas.  Historias tan absurdas que durante unas horas el tiempo deja de existir para nosotros. Dejan de tener valor el tiempo, las campanadas, el año pasado y el que viene. El reloj de la cocina marca la una y media desde hace horas. Quizás se detuvo cansado contar historias, o quizás lo hizo para que las historias no tuvieran principio o final.

Ya quedan pocas horas para que acabe el año…

Y preparamos la cena, el postre y las uvas a la vez que ocurren las historias más absurdas y divertidas. Abrir la primera de las botellas de vino, separar las yemas de las claras con las manos, historias veganas, traer más comida, abrir un libro de recetas de repostería que solo nos acompañó mientras restregábamos con las manos, y con cariño y sutileza una pizca de mantequilla.Pasar la bayeta, una bayeta que seguro tiene tantas historias como esa mole de roca caliza, buscar el saca corcho una y otra vez, ¿Qué botella de vino abrirías primero de entre un buen vino y otro no tan bueno?

Ya quedan pocas horas para que acabe el año…

Y te voy a contar un cuento. Un cuento que hará que tus sentidos se desarrollen y que tu vida se centre en este momento. En la búsqueda de las rayas que perdió la cebra mágica y que nosotros tratamos de encontrar una y otra vez, sin éxito, pero con pasión. Un cuento que solo acababa de empezar en un año que estaba a punto de culminar.

Eran siete personas, una personita, tres perros y una cebra sin su traje de rayas que, de repente, se unieron en un tiempo que dejó de existir por unas horas. Tres eran zurdos. Otra era una chica rubia, tan neurótica como encantadora y sonriente, capaz siempre de sacar lo mejor de mí, a cada momento, a cada instante. A pesar del coraje que me produce que tenga ese dominio abrumador sobre mi estado anímico no puedo disimular la sensación de seguridad que me produce tenerla cerca, llegando a hacer que desaparezca por completo mi incesante timidez. Otra es una chica morena y alta. Tan alta que seguro fue tocada por algún ángel y éste le dio el poder de transportarnos con su mirada a un mundo diferente, un mundo que quizás se pueda cambiar. Tres eran zurdos. Otro era un chico moreno que descubrió que se podía hacer música sin tener idea de música por el simple hecho de estar en un lugar donde el tiempo se detiene, donde lo neurótico es sinónimo de felicidad y donde las personas que son tocadas por los ángeles pueden cambiar el mundo. Tres eran zurdos. Otra era una chica morena, tranquila, muy tranquila. Tanto que a veces pienso que seguramente fuera ella la encargada de hacer que el tiempo se detuviera. La personita era inquieta, enérgica y llena de vida. La personita era la sabiduría de este cuento de locos, y así lo demostraba apegándose a cada instante allá donde viera que hacía falta un poco de ternura. Con la chica alta tocada por un ángel, con la chica neurótica pero encantadora e incluso, creo recordar, hasta conmigo en alguna ocasión.

Eran  tres zurdos, a las tres de la mañana, en un momento que no es momento, en un lugar perdido entre un año que se fue y otro que aún no ha llegado. Tres zurdos, una chica neurótica y encantadora, una chica alta tocada por un ángel, un músico que no es músico, una chica que para el tiempo, una personita con tanta vida como hubiera en una selva y tres perros…..

¿Comienza un nuevo año?