viernes, 27 de septiembre de 2013

Sí Sí...lo que tú digas....

Era un caluroso día de verano. De esos días que vas a escalar como por inercia, como si fuera la única cosa que pudieras hacer con un mínimo de recompensa psicológica. Es sábado, y los sábados se escala, no? Yo intento una vía bastante larga. Realmente no es una vía como tal, sino una de esas conexiones que los locales de algunas escuelas se inventan para tener su mente ocupada en el enésimo proyecto. La vía tiene dos partes bien diferenciadas. La primera de ésta es bastante desplomada, salpicadas de innumerables volúmenes de roca en forma de chorreras, bolas y estalactitas. Pero la segunda parte es todo lo contrario; agarres ínfimos tanto para las manos como para los pies. El calor no me deja "tragar" aire; y digo tragar porque ese es el recuerdo de la sensación que tenía en ese momento. Necesitaba aire a bocanadas brutas. Recuerdo que en el reposo, antes de enfrentar el segundo tramo de la vía, mi visión, nublada por las gotas de sudor, se centraba en una higuera que había unos metros a mi derecha, mientras que mi mente suplicaba que ésta comenzara a moverse por alguna ligera brisa que nunca llegó. Así que, desesperado, cansado, sudoroso, temeroso comencé a escalar ese dichoso segundo tramo. Eso sí, motivado, como siempre....

Desde el aparcamiento, esa placa tiene la apariencia de un espejo, salvo que es imposible verte reflejado en ella. Pero en esa ocasión sí tenía la sensación de poderlo hacer. O era quizás una artimaña de mi mente para que contemplara mi cara de agotamiento y sintiera lástima de mí mismo y detuviera la escalada? Inocente-mente. Nosotros, inducidos por algún tipo de endorfina escaladora, no solemos detener una escalada por mucho que veamos reflejada en la roca nuestra cara "lipotímica". Hace falta más que eso. Hace falta que nuestras manos no sean capaces de agarrar ni un vaso de agua, que nuestros pies tiemblen como los de un bailador de jotas (permitidme la horrible comparación) y nuestros codos se peguen mucho, quizás demasiado, a nuestras orejas. Nada más lejos de la realidad, es exactamente lo que ocurrió. El intento fue muy bueno pero acabé cayendo extasiado y, como no, satisfecho por, una vez más, haberlo dado todo.

Mientras mi buen amigo Enri me bajaba al suelo, lugar donde hacía tanto o más calor pero donde se encontraba mi garrafa de agua de cinco litros, intercambiábamos opiniones. Recuerdo (aunque no estoy muy seguro de ello pero no importa demasiado) que le dije algo así como que creía que sin ese calor extremo podría haberla encadenado. Pero lo que sí fue importante fue su respuesta; y ésta la que me hizo, y aún hoy lo sigue haciendo, reflexionar. Me dijo: "A mí me puedes engañar, pero a ti mismo no".

Cuánta razón amigo. Creo que la mayor mentira es la que se hace uno a sí mismo porque desde que esa mentira sale de nuestra cabeza, incluso antes de que salga de nuestra boca,  ya estamos cogiendo al mentiroso; mucho antes que al cojo, sin duda.

Pero en estos día he estado reflexionando (cosa que hago cuando no puedo entrenar ni tengo proyecto
debido a una lesión en mi biceps braquial y que yo no sabía ni que tenía de eso...) sobre el tema.

La afirmación de mi amigo era del todo certera? no podemos engañarnos a nosotros mismo?

Cuando mentimos, y sabemos que estamos mintiendo, nuestro cuerpo puede reaccionar de diferentes formas. Para evitar, de alguna forma, la ansiedad producida por esa mentira (nos produce ansiedad porque estamos en "riesgo" de que nos descubran) solemos tender a elevar el tono de voz, nuestras manos pueden comenzar a moverse de forma descontrolada e incluso llegamos a sudar (dependiendo de lo experto mentiroso que seamos). Pero, y si un mecanismo de defensa para que eso no ocurra fuera creernos nuestras propias mentiras? Si nos creyéramos nuestras propias falsas afirmaciones sería mucho más fácil engañar a los demás, sin duda. El autoengaño, en parte, es un mecanismo de defensa para poder ir un poco más rápido que el cojo; de ello estoy convencido. Pero hay más, mucho más, acerca del arte de la auto mentira. Otra de las más usadas es para quedarnos en una de los sitios más de moda en los últimos tiempos. Y no, no me refiero al bar de copas de moda, ni a una cala de las playas de Roche, me refiero a la Zona de Confort. Si me convenzo a mí mismo de que estoy bien en mi trabajo (aunque sea denigrante para mi cuerpo y mente), no tendré que realizar el temendísimo esfuerzo de "despedirme" y buscar otra cosa.


El auntoengaño existe, y mucho. Más de lo que nunca me hubiera imaginado. Podemos verlo a diario, solo tenemos que pensar en ello un momento.

Si te fueras a un MacDonald, te pusieras en la puerta y a todo aquel que fuera a entrar le preguntaras sobre la opinión que tiene acerca de la comida que allí ofrecen, ¿Qué crees que contestarían?

Ah, por cierto, la vía la encadené al siguiente pegue, con mi amigo Jesús. Pero fue otro día, aún más caluroso si cabe....

Hu Ha......