lunes, 17 de junio de 2013

"TALENTO VERSUS HABILIDAD"

En primavera de 1999 - creo recordar que fue en esa fecha - un amigo me llevó a una escuela de escalada gaditana - ahora un poco olvidada por los escaladores – para que probara por primera vez en qué consistía eso de subirse por las paredes. Recuerdo que solo probé una vía. Era una vía de quinto grado muy  cortito y, para su dificultad, un tanto “explosivo”. He de decir que desde entonces he podido ver a muchos escaladores en su primer día de escalada. He visto a gente que se le dio genial en su primer día y a otros que lo hicieron de una forma nefasta. Con el tiempo me di cuenta de que yo fui del grupo de los que lo hicieron de forma lamentable ese primer día. Pero desde entonces, desde aquel instante, después de hacer esa vía de quinto grado, supe que lo que quería hacer en mi vida era escalar. Lo supe, sin más. Por mi cuerpo recorría una sensación indescriptible en aquel momento. Estaba feliz, muy feliz. Pero lo más curioso es que no estaba tan feliz con lo que había ocurrido ese día como con lo que iba a ocurrir desde ese momento hacia adelante. Y eso que en aquel instante no fui consciente de que aquello iba a cambiar tanto  mi vida.

Desde entonces no he parado de estar en la montaña. Si bien es verdad que en los primeros años alterné mucho la escalada deportiva con otras facetas de la montaña. Quería conocerlo todo, quería estar en la montaña, conocer esos bellos paisajes que nos ofrece cada rincón natural de nuestra geografía. En esos primeros años aprendí sobre las montañas en general y sobre la escalada en particular. Aprendí de una forma autodidacta, preguntando, leyendo e investigando. Me encantaba todo lo relacionado con el aprendizaje acerca de los diferentes aspectos de la montaña; técnica, seguridad, peligros objetivos, subjetivos…

Así pasaron los años hasta que en 2004 vino la segunda revelación de mi vida. La escalada en roca se apoderó de mí y comencé a vivir la escalada deportiva de una forma diferente. Construimos un pequeño plafón y comenzamos a entrenar en un diminuto garaje de tamaño poco mayor que un Ford Fiesta. Si ya pensaba que eso de la montaña y la escalada me encantaba, en ese año 2004, mi fascinación por la escalada aumentó exponencialmente.

Desde entonces no he parado de escalar y de conocerme a mí mismo como persona y como escalador. Sin dejar nunca de progresar, sin dejar nunca de aprender…

Desde entonces hay una palabra que comienza a estar presente de una forma más o menos constante en mi cabeza. Motivación. Digamos que parece que esa palabra adquiere un novedoso significado; el más estricto significado posible.

Hace unos días, mientras veía un vídeo en internet, reflexioné sobre una idea que éste ofrecía. Era la diferencia entre talento y habilidad. Decía así:

“El trabajo duro vence al talento cuando el talento no se está esforzando. Existe un defecto generalizado que es no saber diferenciar entre talento y habilidad. El talento es algo con lo que nacemos. La habilidad es algo que se crea con determinación y con esfuerzo. Con horas y horas de dedicación a lo mismo. Y no importa cuánto talento tengas. Tu talento te va a fallar como no trabajes en tus habilidades. Hay muchísima gente genial que se acomoda en ese talento y no tiene éxito en un campo porque eso no es suficiente. Deja de lado tu negatividad y deja de ponerte excusas para no salir de tu zona de confort. Ayer era tarde. Ya tendrás tiempo después de volver, cuando lo hayas conseguido, y decirles a todos lo que te están diciendo que no es posible que ya lo has hecho”

Yo nunca fui talentoso con esto de la escalada. Físicamente no reunía esas cualidades innatas, envidiables, o cuanto menos admirables, que he visto en algunas personas que al final, con el paso del tiempo, han dejado la escalada. Siempre me he preguntado hasta dónde podría llegar, cuán “alto” podría escalar con los ingredientes genéticos que poseo. No poner excusas es sinónimo para mí de poner toda la…”verdura en el asador”. Hacer que esos ingredientes genéticos tomen forma y se combinen para formar el plato más delicioso posible. Me motiva darlo todo y poner todo mi esfuerzo, me motiva mucho intentarlo. Sobre todo porque esa motivación de la que hablo me hace disfrutar de cada sesión de entrenamiento y, del mismo modo, hace que me encuentre perdido en esta semana en la que me toca descansar. No importa qué niveles escale la élite, ni qué nivel escale mi compañero de cordada, ni qué nivel pensé en aquel año 2004 sería capaz de alcanzar. Los límites nos lo ponemos nosotros. Eso es lo que me motiva. Pensar que no existen esos límites, que podemos escalar cualquier cosa, aunque para ello no valen las excusas.

Todo es verdad y todo es mentira en la medida que nosotros permitamos que lo sea.

Y tú, que quieres hacer…???


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