jueves, 7 de marzo de 2013

HOY ME ESCAPO...


Hoy no tengo ganas de estudiar.

La sensación es parecida a esa que tienes cuando pasa un fin de semana, de esos de buen tiempo, y no vas a la roca. Una sensación de culpa que siempre va ligada a un cargo de conciencia excesivo. A decir verdad, no ocurre nada cuando no vas un día de sol espléndido a la roca. No pasa nada más allá de que no vas a disfrutar del sol, de la pared, de los amigos, del olor calizo que te invade y se apodera de ti en el reposo de esa vía que intentas una y otra vez. No pasa nada salvo eso; salvo el haber perdido la oportunidad de vivir otra experiencia más como a ti te gusta. Pero no por eso eres peor escalador, ni tus músculos se aflojan haciéndote volver a los principios de tus días de escalador. No pasa nada porque un día de sol espléndido no vayas a la roca. Simplemente no te apetece y tienes todo el derecho del mundo a actuar así.

Hoy, como cada mañana, sonó el despertador a las 6:45 am. Todo comenzó igual: El silencio era inquietante y lujurioso hasta que el silbido del  viento entre las ventanas lo convertía en algo tétrico y funesto. Luna tumbada a  mi lado, inmóvil, tranquila, con su alargada respiración, que en estos momentos se fusiona con la mía, me relaja. No hace excesivo frío, incluso he de destaparme y  tengo la sensación de que necesito una ducha. Todo comenzó igual que otros días salvo que hoy parecía que la gravedad tirara de mi tanto que fuera imposible levantarme de la cama hasta pasadas dos horas. Dos horas en las que no dormí, dos horas en las que solo ocurrió que mis pensamientos se separaron tanto de mi cuerpo que perdí la noción del tiempo.  Fueron dos horas geniales.

Creo que mi mente necesitaba unas vacaciones pagadas de forma urgente y viajó más allá del viento, de las nubes y de las lluvias que estos días azotan las ventanas de mi casa.

Mi mente divagaba...

Se dedicó a viajar por sectores soleados con paredes de roca tan altas que parecían acariciar el cielo. Estas paredes llenas de chorreras recorrían la totalidad de su longitud transportando vida, del mismo modo que las venas de nuestro cuerpo transportan nuestra vida alrededor de nosotros.  El piso verde, fresco y suave invitaba a descalzarse y a tumbarse sobre él para contemplar esa belleza y, ya de paso, imaginar las mejores escaladas por tan maravillosas líneas.

A ratos era consciente del viaje tan  gratuito como necesario que mi mente se había tomado la libertad de realizar en esta mustia mañana. Sabía de mi necesidad de volverme a sentar, como cada mañana, en ese escritorio, con la luz del flexo como único acompañante hasta que, tímidamente, la luz del día comenzara iluminar mis folios.


Pero hoy no quería realidades ni responsabilidades. Porque hoy era uno de esos días en los que tienes los antebrazos hinchados, la piel de los dedos muy desgastada y, aunque sabes que hoy deberías escalar porque el día es apropiado para ello, no tienes ganas y prefieres darte una tregua hasta que estés recuperado totalmente. 

Quizás esto sea tan metafórico que ni yo mismo entienda de qué  esté hablando. Quizás he perdido la noción de la realidad y tal vez no sepa si el día es gris o de un azul radiante. El caso es que vuelvo a sentir  esa melancolía infantil de tener la seguridad de que todo está controlado y nosotros estamos a salvo.

Quizás también hoy me he levantado más consciente y me ha dado tanto miedo que  he querido escapar por unas horas a un rincón seguro, donde nadie pueda hacerme daño. Lejos, bajo las paredes salpicadas de chorreras que hacen cosquillear al cielo, sobre la verde y fresca hierba, sintiendo el calor del sol de la primavera que se acerca, con un cielo azul radiante y ese olor tan característico a placidez.

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