sábado, 5 de enero de 2013

FINAL DE AÑO EN EL MAKI...

Un año más que paso las navidades en El Chorro....

 Esta vez han sido diecisiete días en la escuela malagueña por excelencia, en el que ha habido muchos días de sol, muchos días de escaladas, de caminatas, de encadenes, de paisajes, de luces, de frío y calor, de sol de invierno andaluz y, como no, de Makinódromo…

Para mí, El Maki, es el mejor muro de Andalucía para el invierno, sin lugar a dudas.  Sus vías infinitas, sus sugerentes líneas, sus grandes desplomes, el paisaje que rodea a ese lugar, su aproximación. El hecho de que para llegar hasta el Maki  haya que andar una hora y subir un empinado sendero, un sendero que parece que te eleva hasta el mismísimo cielo azul de El Chorro, lo hace aún más especial.


Pero si El Maki tiene algo que lo hace único e inigualable es su ambiente, su atmósfera, el aire a fanatismo y a motivación que allí se respira día tras día, desde que el sol comienza a iluminar semejante obra de arte calcárea con la que la caprichosa naturaleza nos obsequió miles de años atrás, y que ha estado esperando a que llegáramos nosotros para poder disfrutar de tanta belleza, hasta que se marcha por la espalda del cañón que se encuentra a nuestros pies, el Desfiladero de Los Gaitanes.

Suena el despertador poco antes de las ocho de la mañana. Aún no ha amanecido del todo en El Chorro. A esas horas, como de costumbre, una brisa proveniente del primer cañón rompe el silencio del lugar. Cuesta levantarse de la cama. Mi perra, Luna, me mira de reojos, como esperando que me quede entre las sábanas un poco más y no la saque aún para que haga sus necesidades. La verdad es que cuesta levantarse de la cama, pero hay que aprovechar las escasas horas de luz que tenemos en diciembre.

El desayuno se convierte en uno de los momentos más especiales del día. El menú pasa por pan de centeno o de avena tostado, con aceite,  tomate cortado a rodajas finas y salpicado con sal, queso fresco, miel, mermelada de arándanos y hojas de espinacas. Para beber zumo de naranja con una cucharadita de polen granulado.

Después del espectacular desayuno, y de convencerme a mí mismo de que hay que ponerse en marcha en lugar de volver a meterme en la cama para hacer la digestión bajo mi cálido edredón de plumas, se prepara la mochila. Material de escalada, fruta, ropa de abrigo, frontal, agua.. Todo listo. Go on!!

Con las pesadas mochilas emprendemos la primera parte del camino de aproximación al sector. Desfilamos por el camino del camping, donde están todas las furgos aparcadas. Es imposible hacer ese recorrido de 200 metros sin tener que parar a hablar con los “vecinos” y preguntar dónde van a escalar ese día. Allí no importa nada más. No importa a qué te dedicas, cuanto ganas, de donde eres, nada importa. Solo se hace una pregunta: a dónde vas hoy a escalar? A nosotros no nos dejan responder nunca, porque ya saben cuál es nuestra respuesta: “vamos al Maki”.

Luego llegamos a la vía del tren. Caminamos por su incómodo piso lleno de piedras, pero con unas vistas inmejorables de El Caminito de El Rey. Después de unos veinticinco minutos aproximados llegamos al segundo puente verde. Ahí acaba el tramo de las vías y hora podemos ver El Maki allá arriba, a nuestra derecha, cerca del cielo, con un color rojizo espectacular al recibir los primeros rayos de sol de la mañana. Ahora nos quitamos algo de ropa, bebemos un poco de agua y comenzamos la empinada pendiente de subida. “Hiking up is shit” decía un amigo americano que pasó por las paredes de El Maki hace un par de años y que quedó fascinado por sus vías. Cada vez que comienzo ese sendero sus palabras rondan mi mente. Pero creo que en realidad disfruto de esa subida también. De hecho creo  que te vuelve más comunicativo; me explico: mientras subes, buscas en los confines de tu mente cualquier excusa para pararte a decirle algo aa tu compi de cordada. A él parece interesarle muchísimo lo que le dices y no duda en parar y ponerse a hablar contigo. Así va sucediendo a intervalos de tiempo. Cada diez minutos se para y se habla de algún “importantísimo” tema el cual no puede esperar. Un ejemplo de conversación puede ser el siguiente:
Escalador cansado 1: “illoooooo, ta wapo eh?”
Escalador cansado 2: “si tío, wapo, wapo"
Escalador cansado 1: “No veas….”
Escalador cansado 2: “ya vé…”
Escalador candado 1: “que wapo canijo”
Escalador cansado 2: “flipa canijo”

Así, poco a poco, acabas llegando al sector.

Lo primero es dejar la mochila, cambiarse de ropa y  descansar un poco. Después de esto, ya no hay marcha atrás. Ese aire se ha metido en tus pulmones, miras las paredes y ves las cintas colgando de las vías, dibujando trazados sorprendentes, esperando al escalador que pase su cuerda por el  frio metal….
Allí están los de siempre..

La pareja francesa probando “Lourdes” hasta el agotamiento. Él parece que eso de escalar no lo quita el sueño, pero ella es totalmente diferente. Una y otra vez pone a prueba su propia paciencia, su resistencia, su motivación. Parece que la vía aún le queda “grande” pero con esa casta, con ese empuje, con esa fuerza interior acabará haciéndola.

Una cordada eslovaca formada por una madre y una hija. La dedicación de una madre por sus hijos no tiene límites. La madre se limita a asegurar atentamente a la adolescente escaladora. Solo de vez en cuando, intenta alguna de las pocas vías “´fáciles” que tiene el sector. La hija lo prueba todo. Insaciable, supongo que por su joven edad, por su energía inagotable.

Un inglés con cara de dibujo animado, con pinta de todo menos de escalador. Que se mea los octavos y para finiquitar nos regala a los allí presente un encadene impresionante. El de la cara de dibujo animado, con pinta de eso, de gustarle mucho las pintas, se merienda “Cous Cous, 8c” en un pegue memorable. Verlo escalar hacía que a los allí presente se nos escapara una sonrisa de incredulidad. Creemos que no le dio más de tres pegues. Amazing dude, it was amazing…

Y nosotros, “los de allí”, con nuestras vías con nuestros pegues, con nuestras risas.

Yo me llevo una vía que siempre quise hacer, “Pepe El Boludo, 8a” y dejo a punto, muy a punto (tanto que le di un tercer pegue el último día porque creí que aun tan cansado como estaba podría hacerla) “Porrot, 7c+/8a”. Una pena… o una excusa para volver y darle otro pegue y disfrutar de su bella línea?  Me quedo con lo segundo.

Pero lo que más me sorprendió de estos días en El Maki no fue el encadene del inglés con cara de dibujo que comentaba antes. Lo más impresionante fue conocer  a un humilde y amable chico de 24 años que se hace los octavos en dos pegues de una forma insultantemente fácil y que ha llegado a encadenar 8b+. Y ustedes pensaréis… “de esos los hay a montones ¡” Y es verdad. Lo único es que ese chico lleva escalando dos años…

Eso es el Maki…

Eso y bajar la cuesta con frontal, con una oscuridad que se esfuma con la aparición de una luna llena que nos regaló El Maki de finales de año, iluminándolo todo por completo. Nosotros nos sentamos en una piedra, en mitad de la noche, tranquilos. Apagamos los frontales y el tiempo se detiene. Nos paramos a contemplar esa belleza, esa lugar, ese silencio… Todo parece encajar a la perfección…






Y tú… dónde escalas mañana..??

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