viernes, 19 de octubre de 2012

Pequeña Princesa Para Siempre



Le daba pena la cría.
Por las mañanas, sobre todo. Porque él -él
ya tenía una edad- debía trabajar para ganarse la vida, pero ¿la cría?
Apenas cinco añitos de mocosa rubia y había que sacarla de la cama antes de
que amaneciera para llevarla al colegio. Se recordó a sí mismo con su edad.
El pelo corto y moreno, las rodillas moradas y cubiertas de costras y una
incapacidad patológica para quedarse quieto. El colegio era una especie de
cárcel obligatoria que no entendía. Podía enterarse bastante rápido de las
cosas cuando le interesaban, pero le parecía que a aquel tormento, sentado en un pupitre incómodo,le sobraban horas.

Karen y él se despertaban con la alarma del móvil. Él se levantaba despejado,
casi hiper activo. Aveces, de hecho, para cuando sonaba la alarma ya
llevaba un rato con los ojos abiertos. Karen permanecía quieta y gruñía un
poco, así que, normalmente, era él quien se acercaba al cuarto de Sandra para
despertarla.

A veces se quedaba un rato apoyado en la puerta mirando a la niña. Sandra
se movía mucho durante la noche y siempre amanecía con las sábanas en el
suelo o el edredón enredado entre las piernas. Apoyaba la cabeza en la
almohada con un apego que él envidiaba: jamás se despertaba antes de
tiempo. Mirándola se daba cuenta de que ya hacía tiempo desde que había dejado de ser
un bebé: al principio los cambios habían sido pequeños, como quitar el
pañal de día o dejar definitivamente los biberones. Pero ahora podía
distinguir perfectamente su cuerpecito espigado de niña debajo de las
sábanas. No es mía, pero como si lo fuera, se decía a veces; y, sin
embargo, sabía que no era cierto. Sabía que entre Karen y Sandra fluía una
corriente mucho más poderosa que la que él podría nunca establecer con
ninguna de ellas. Casi podía sentirlo ahora, como si incluso desde sus
respectivos sueños profundos, cada una en una cama, Karen y Sandra se miraran
con los ojos cerrados sin ser capaces de torcer la cabeza en otra
dirección.

Entonces suspiraba y pensaba en el quicio de la puerta, y se preguntaba a
qué habitación pertenece: a la de dentro o a la de fuera. Se decía que es
un sitio sin sitio, y que él en realidad estaba bien allí debajo. Después
se acercaba y despertaba a Sandra con toda la suavidad de la que era capaz.
“Vamos, pequeña, te espera el mundo. Lo siento, ojalá fuera de otra manera,
pero es así como son las cosas”
***

Por la tarde iba a recoger a la cría a casa de su abuela. Karen trabajaba
hasta tarde, y aunque él también tenía que comer fuera de casa, podía salir
antes y hacerse cargo de la niña hasta por la noche. Él también se daba un
poco de pena cuando comía fuera de casa, en la escasa hora que le permitían
para tragar el tupper que Karen le preparaba por las noches. Le había
propuesto un par de veces que quedaran para comer. Ella tenía más tiempo al
mediodía y no tardaba mucho en llegar a la obra en la que él estaba
trabajando. Sabía que Karen prefería almorzar con la niña en casa de sus padres
porque era más cómodo, pero todos los días le entraba una ilusión estúpida
por imaginarse comiendo con ella en un banco cualquiera, en tuppers gemelos
con tortilla de patatas o filetes empanados. La escena era mucho más bonita
en su mente que en la realidad: Karen y él sentados en un banco, apoyados en el respaldo, mirándose a los ojos, charlando, sonriendo. Ajenos a todo, en una especie de burbuja
donde no sólo no cabía nadie más, sino que no les hacía la más mínima falta. Pero él sabía perfectamente que en la realidad Karen y él siempre acababan estropeándolo todo.

Sandra estaba jugando con el ordenador en la mesa del salón. Estaba
entusiasmada, y a él le hizo gracia darse cuenta de la soltura con que
movía el cursor del ratón por la pantalla. "Es otra generación", se dijo, y
se preguntó si para ellos mover un ratón sería tan intuitivo y básico como
para él escribir con un lápiz.
- Vámonos, peque - se acercó por detrás a la niña y la agarró de las
axilas, levantándola en volandas. Sandra protestó y comenzó a hacer
pucheros.
- “¡No quiero irme!”
- “Pues nos tenemos que ir.”
- “¿Está mamá en casa?”
- “No, Sandra, mamá no está. Estoy yo.”

Se enfadó un poco, siempre lo hacía cuando llegaba este momento. Sabía que el llanto no tenía que ver con el ordenador.
Sabía que él era la frontera entre la bondad de los abuelos y la bondad de
mamá. Otra vez el quicio de la puerta. Sabía que Sandra le quería, y
también que prefería estar con los demás a estar con él. Intentaba ponerle
ciertos límites. Intentaba educar. Pero de alguna forma sabía que no estaba
en la posición más adecuada, así que hacía lo que podía. Agarró a la niña
prácticamente a la fuerza, se despidió de los padres de Karen  y se metió en el
coche.

De camino a casa, a Sandra se le pasó la llantina, eso también siempre ocurría así. Él le preguntó por el colegio y por sus amigos. La casa estaba lejos, ¿cuánto puede uno estirar
una conversación con una niña de cinco años? Echaba mucho de menos a Karen,
aunque supiera que quizás, solo quizás, verse poco tiempo al día era el ingrediente
principal de la receta que les estaba permitiendo vivir juntos. La niña se
quedó callada, y cuando él volvió de sus pensamientos se dio cuenta de que
se estaba quedando dormida. Mierda, se dijo. Si había algo peor que Sandra
enfadada era Sandra medio dormida. Se la podía imaginar llorosa en sus
brazos de camino al piso y pataleando luego sin dejar que le pusiera el
pijama.
-“ Sandra.”
-“ Mmm...”
-“ Sandra, no te duermas.”
- “Tengo sueño...”
- “¡Sandra!”
- “Queeee...”
-“ Venga, va, no te duermas... ¡Mira, gorda, mira la nieve! - y señaló al
exterior con un dedo.”
-“ ¿Dónde, dónde?”

Por el retrovisor central podía ver los ojos soñolientos de la cría
abriéndose esforzados en dirección al mar.
- “¡No la veo!”
- “Búscala bien, de verdad, verás como la encuentras.”


Sandra estiraba el cuello y oteaba en todas direcciones, mientras él
procuraba acelerar un poquito, lo justo, y acortar un poco el tiempo que
quedaba para terminar el recorrido. Mientras la miraba buscar pensó que,
quizás, lo de educar no se le daba tan mal. Y así, a lo mejor, llegamos a casa,
pensó...buscando cosas que no existen para mantenernos despiertos.
Al cabo de un rato, mientras le ponía el pañal de la noche y el pijama, reían porque él, “sin querer”, rozaba aquellas partes de su cuerpo las cuales hacían que la pequeña estallara en carcajadas.
Mientras él se peleaba con las medidas de los cereales para el biberón (tres cucharaditas de cereales, una de Gofio, etc) ella intentaba luchar contra el cansancio para poder ver algún capítulo de sus dibujos preferidos en el portátil. A veces, cuando él llegaba de la cocina ya estaba dormida. Ese momento era increíble. Su lenta respiración, la suave piel de su cara reposando sobre la blanca almohada y el olor de la niñez, de su pura e inocente niñez. Él, por aquel entonces, ya sabía lo que tenía que hacer. Derramaba un poco del contenido del “bibi” en su mano derecha para comprobar la temperatura, y luego acariciaba los labios de ella con la tetilla del biberón. En ese momento Sandra entraba en un bello “trance”. Abría la boca y dirigía, sin abrir los ojo ni por un instante, sus manos hacia el “bibi”. Se lo tomaba de un tirón y, cuando había terminado, lo dejaba caer libremente. Era increíble…
En el tiempo que duró esa etapa dejó de ser importante si compartían la misma sangre o no, y si tenían los mismos genes o eran prestados. En esa estapa comenzó a amar a Sandra, para siempre…
Luego ella comenzó a crecer, y ahí fue cuando él se dio cuenta de que sus presagios, acerca de que Sandra era una niña especial, eran certeros. Su forma de sacar de sus casillas tanto a Karen como a él contrastaba con la forma que tenía de impresionarlos con su belleza, con su pureza y sensibilidad. Claro que, no todo fue fácil…
La primera noche de Reyes Magos:
Karen y él estaban atacados, porque en ese momento Sandra tenía 3 años. Eso fue antes incluso de los viajes en coche en busca de la nieve de Cádiz.
Pero, qué regalar a una niña de 3 años para que sienta lo especial de ese día? Juntos, Karen y él recorrieron jugueterías y tiendas de regalos. Pero era tan pequeña que un “buen” regalo igual no iba a ser apreciado por la pequeña princesita. Entonces él recordó los días de Reyes de su infancia. Compraron globos y colorearon el salón con ellos. Y envolvieron copiosamente muchos pequeños regalos. La idea no era el regalo en cuestión, sino que Sandrita sintiera la magia de un día especial. Karen y él disfrutaron muchísimo aquella noche mientras preparaban los regalos de Sandrita. Me atrevería a decir que fue mucho más especial para ellos que para la pequeña. Ella, a la mañana, cuando despertó, quedó impresionada por los globos de colores que inundaban el salón. Disfrutaba correteando tras ellos y Karen y él se llevaron algún susto cuando Sandrita conseguía explotar alguno.

Cuenca, (Cuando drogaron a Sandra):
Si hoy le preguntas a la pequeña princesa que dónde está Cuenca, no sabría qué responder exactamente. Lo que sí te diría es que está realmente lejos.
Sandra duerme. Quizás más que Karen. Después de escalar siempre él la subía en la mochila para bebés y, al cabo de pocos minutos, notaba como su cuerpo se mecía en el habitáculo. Quedaba rendida dentro de la mochila. A él eso le encantaba.
A quién se le ocurre hacer la fiesta de cumpleaños de su hijo un viernes por la tarde? Pues seguramente a algún padre no escalador. El caso es que tras la fiesta, él y Karen lo tenían todo preparado. Recogieron a Sandra y partieron hacia Cuenca. Sandrita no llego despierta ni al Puente Carranza. Mientras, él y Karen disfrutaban del viaje. Eran las 19 horas y aún quedaba muchoooo día. A eso de las 12 de la noche él y Karen decidieron que ya estaba bien. Quedaban un par de horas para llegar y estaban agotados. Sandra llevaba ya 5 horas de profundo sueño. Mientras él terminaba de preparar la cama de la furgoneta Sandra despierta de repente. “bueno, no pasa nada, es Sandra, dormirá otra vez”. La niña parecía que había dormido la siesta. Estaba espabilada por completo. Entonces Karen cayó en que llevaba en su botiquín unas gotas que venden en farmacia para ayudar a conciliar el sueño a los niños (totalmente legal eh?). El caso es que había que echarle una gota por kilo de peso del niño. Karen, con su instinto protector de madre, y menos mal que fue así, echó 4 gotas!!!!!!! En el biberón de la criatura. Le debió poner como 12 gotas según las instrucciones. El caso es que siguieron conduciendo un rato más y cuando llevábamos una hora mas o menos Sanra cayó dormida. Eran las 1 de la mañana y debía quedar una hora para llegar. Aprovechando que la pequeña estaba dormida decidieron para y descansar ellos también. Karen y él despertaron a las 10 de la mañana y Sandra seguía durmiendo. Desayunaron y Sandra seguía durmiendo. Partieron hacia Cuenca mientras Sandra seguía durmiendo. Llegaron a Cuenca y Sandra no despertaba. La despertaron y Sandra estaba colocada. Fueron a un sector y Sandra se llevó todo el día sentada en su sillita, tapada con una mosquitera y, supongo que, viendo dragones y arañas con tres cabezas…..

Podría contar mil historias sobre Sandra y sobre lo especial que ella fue para él. Quizás tardaran en darse cuenta de la importancia que el uno tenía en la vida del otro. Pero cada vez que él hablaba de ella podía reflejarse el amor en sus verdes ojos.
Entre los dos había una conexión especial. A veces enfrentados por ver quien obtenía el privilegio detener a Karen en sus brazos. Una lucha que casi siempre ganaba la pequeña, obviamente. Él lo aceptaba, a veces más resignado y a veces más indignado. Él también requería la atención de Karen y Sandra siempre estaba ahí para recordarle quienes compartían sangre. Pero cuando estaban solos era diferente. Gastaban bromas a los demás, tenían su propio código para pasárselo bien. Compartían miradas de complicidad, como cuando una vez, una dependienta le dijo a él que la niña era muy guapa y que se le parecía. Ambos rieron sabiendo que la pobre dependienta había fracasado en su intento de quedar bien…
Aunque, a decir verdad, a él se le caía la baba y se llenaba de orgullo cuando alguien, aunque fuera una dependienta despistada o desesperada, le otorgaba a él la figura paternal. Porque el corazón no entiende de genes, ni el amor de sangre…
Junto a ella él aprendió muchas cosas.
Las cosas habían que tomárselas con más calma, porque ahora, uno más uno eran tres…. Que no importaba cuántas vías hiciera en el día si podía sentarse en una piedra y ver como Sandra tragaba con cara de estreñimiento, el puré de lentejas mientras él, pacientemente, le hacía el juego del pajarito. Que daba igual salir un viernes por la noche o un sábado por la mañana si Sandra tenía que ir a una actividad del colegio. Que no importaba de qué material estuvieran hechos los sueños, si en esos sueños estaban ellas…
Quizás él tardó demasiado en darse cuenta de que quizás un día, por eso de la sangre y los genes, no iba a poder disfrutar más de Sandra. Quizás si lo hubiera sabido hubiera estado aún más tiempo con ella. Quizás no hubiera protestado cuando en algunas ocasiones Sandra lo despertaba a las 3 de la mañana gritando “bibi, bibi!!”, Quizás hubiera sido más paciente cuando Sandra se distraía con el rastro de una mosca cuando él le explicaba la lección de matemáticas, quizás hubiera estado presente el día en el que Karen la enseñó a montar en bici. Quizás hubiera visto más películas de dibujos junto a ella en el estrecho sofá de la casa. Quizás hubiera cambiado algún viaje de ecalada por otro diferente. Quizás, de haberlo sabido, eso de la sangre y los genes, hubiera estado más alerta….

Pero así no se juega a esto de la vida, verdad Sandra?
Porque tú iempre recordarás cuando caminastéis por la carretera, desde el sector de escalada hacia el choche, ambos desnudos y con las mochilas puestas, mientras todos los coches aminoraban la marcha y tocaban el claxon atónitos ante lo que veían.. Tu siempre recordarás cuando él te hacía reír con “este pica, y este pica, y este pica…” Siempre tendrás en mente el juego del pajarito, y cuando seas madre, y tu hijo no quiera comer, le recordarás y le harás el juego a tus hijo. Tú recordarás para siempre quién es Chris Sharma y cómo se dice en inglés. Recordarás, sin duda, como se coge el volante de un coche a partir de los 60 km/h y qué se debe hacer si llevas a tu hijo de 10 años, llevando el volante y se cruza contigo un coche de policía. Recordarás tu primera tabla de surf, tu primera bicicleta, tu primeros pies de gatos, tu primera vía ferrata, y le recordarás a él…






Porque esto no va de sangre y de genes verdad princesa? Esto va de amor… y eso, Nadie nos lo podrá quitar.. Él te quiere...Como tu nombre, para siempre....

2 comentarios:

  1. Muy bonito relato, en especial porque refleja un amor que va más allá de los lazos de sangre. Saludos.

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