miércoles, 7 de marzo de 2012

Todo lo necesario....

Ya tenemos todo lo necesario para que cuando cerremos los ojos cada noche nuestra mente vuele a ese pedazo de roca desplomada. Tenemos la ilusión por conquistar de nuevo nuestros límites, tenemos la vía que hará posible esa realización, tenemos la motivación necesaria para llevarla a cabo. Y cuando todo eso ocurre solo tenemos que hacer una cosa. Darlo todo. Eso es lo que nos gusta. Sentir que los brazos nos pesan tanto que nos asalte la duda de si seremos capaces de conducir los cien kilómetros de vuelta a casa, sentir el escozor de nuestras heridas cuando nos cae el agua caliente bajo una ducha relajante después de un día de escalada.

Pienso por qué caí de nuevo. Quizás me falte resistencia o fuerza, quizás no tenga del todo asimilada esa secuencia y mi cuerpo necesite adaptarse aún más a esos exigentes movimientos, quizás tengo que ser más preciso en la colocación de pies, pegar más el cuerpo a la pared en ese giro de caderas y apretar el estómago para que mi cuerpo no se deje llevar por la gravedad. Maldita gravedad!!! Quizás hiciera demasiado frío?

Me sudan tanto las manos como minutos antes del último pegue. Mientras esperaba a que Sergio y Enri acabaran de hacer una vía, una treintena de metros más a la izquierda, sentado en ese rinconcito, al calor de una hoguera a la que por algún motivo que desconozco nadie salvo yo se acerca, observaba la vía con detenimiento. Parecía tenerlo todo caro. Normalmente cuando tengo un proyecto en esa fase -esa fase en la que ya se cómo van todos los pasos y simplemente tengo que darlo todo y apretar A MUERTE- me pongo nervioso. Es una sensación extraña, como si quisiera que eso acabara ya, con el resultado que fuera, no importa, pero que ese angustioso momento lleno de presión finalizase. Ese día fue diferente. No es que no me presionara la situación, que lo hacía, sino que tenía ganas de estar ahí, subido a ese pedazo de roca inerte. Tenía ganas de sentir el tacto de la roca en mis manos, el movimiento de mi cuerpo entre esas chorreras perfectas, esculpidas en la imaginación de algún ser poderoso y colocadas ahí por él para que nosotros disfrutáramos escalándolas.

Volví a caer. No importa, porque esa fase de la que hablaba es el momento más mágico de la escalada. Cuando todo es posible, cuando te asaltan las dudas, cuando tienes esos diez minutos trascendentales donde parece que se detiene el tipo solo para ti. Donde la banda sonora de éste cortometraje es el sonido de tu respiración y los ánimos de tu asegurador. Gritas exhausto, caes y sonríes porque lo has dado todo, porque no era el momento y lo aceptas con resignación. En realidad no importa porque sabes que así podrás intentarlo de nuevo. No es el fin el objetivo, es disfrutar del camino, de intentarlo.

Luego marchas a casa. No antes sin echar un vistazo atrás. Observas ese grandioso muro calcáreo que parece vigilar la pequeña villa que es La Muela. Hace tan solo unos minutos que estaba dejándome la piel en cada agarre, en cada reposo de rodilla. Ahora, sentado en el cómodo sillón de mi furgo se ve todo diferente, como una película. De verdad he estado subiéndome por ahí? Sí, y por eso amo esto que hago, simplemente por eso...

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